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Necrológica:

Roque Gastón Máspoli, el portero del 'maracanazo'

Ha muerto Roque Gastón Máspoli. A los 86 años, tras 12 días hospitalizado por una enfermedad no revelada, en su Montevideo natal. Ha muerto el portero del maracanazo, la mayor sorpresa de la historia del fútbol: la derrota (1-2) de Brasil ante Uruguay en el estadio de Maracaná, en Río de Janeiro, en el último partido de la liguilla final por la Copa del Mundo de fútbol de 1950, la del gol de Zarra a Inglaterra -España quedó la cuarta-. Ha muerto también quien en 1997, a sus 79 años, se convirtió al frente de la selección de su país en el entrenador más viejo en activo. Ha muerto una leyenda del deporte.

"Mi compañero Gambetta tocó el balón con las manos dentro de nuestra área y todo el campo clamó por el penalti. Pero lo que el árbitro acababa de pitar era el término del encuentro. Ya éramos los campeones. Nos pusimos a correr como locos gritando '¡Uruguay, Uruguay!'. El público enmudeció". Así recordaba Máspoli aquel sueño hecho realidad contra todo pronóstico un 16 de julio.

La tragedia ahogó a Brasil, a la torcida, que hacía rebosar los graderíos; a los casi 200.000 enfervorizados seguidores de la canarinha, a la que, siendo el desenlace por puntos, le habría bastado el empate para alzarse con el título, pero que, fiel a su estilo, quiso ganar y... perdió cuando su gol inicial, de Friaca, fue respondido por los de los celestes Schiaffino y Ghiggia, quien, a diez minutos de la conclusión, condenó a la hoguera eterna a Barboza. "Una injusticia. Era un gran guardameta", apelaba siempre Máspoli por su colega, aunque el mejor para él fuese "el ruso Yashin".

El caos organizativo se enseñoreó del panorama. El propio presidente de la FIFA, Jules Rimet, fue una de sus víctimas: "Todo estaba previsto para la cantada victoria de Brasil. Tras su derrota, en plena consternación, ya no hubo ni guardia de honor, ni himno, ni discursos ni entrega solemne del trofeo. Me hallé en medio de la multitud, empujado por todos los costados, con la Copa en mis brazos y sin saber qué hacer. De pronto, descubrí al capitán uruguayo y, casi a escondidas, sin poder decirle ni una sola palabra, se la di". "Esperamos y esperamos en la cancha y nadie nos la daba", rememoraba Máspoli, "pero, con ella o sin ella, nos sentíamos igual de felices".

Fue el día mágico de Máspoli, que resistió como un héroe el acoso de sus desesperados rivales. Fue la apoteosis de su carrera, siempre en casa, entre los tres palos: Nacional, Liverpool y Peñarol, bautizado como La Máquina en 1949 y con el que ganó ocho Ligas. "Al día siguiente fuimos a una recepción a nuestra Embajada. Caminamos el kilómetro que nos separaba de ella desde el hotel. Íbamos cantando. Y la gente, aun llorando todavía por su decepción, nos aplaudía", solía contar emocionado.

Su experiencia no podía desaprovecharse y, tras quitarse los guantes, se hizo técnico y, como tal, un trotamundos: Peñarol, con el que conquistó otras tres Ligas y en 1966 la Copa Libertadores y, a costa del Madrid, la Intercontinental; River Plate, en Argentina; Elche, en España; Defensor y Sporting de Cristal, en Perú; Olimpia, en Paraguay...

También, cómo no, triunfó al mando de la selección uruguaya: el Mundialito de 1981. Su prestigio era tal que en 1997, casi octogenario, asumió el reto, fallido, de clasificarla para la Copa del Mundo de Francia 98. "Ejerceré de verdad. No seré una figura decorativa", dijo pleno de carácter.

Hace un año, en marzo de 2003, sus nietos subastaron su colección de fotos, medallas, trofeos y recuerdos. No es que pasara apuros económicos. De hecho, el dinero se destinó a fines benéficos. Se trataba, explicaron, de un último, emotivo y merecido homenaje en vida.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de febrero de 2004