Columna
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El paraíso

Es fácil describir el infierno. Basta, en estos últimos días, leer las informaciones sobre el terremoto de Bam. El infierno se ha cebado sobre la ciudad iraní como antes lo ha hecho sobre innumerables ciudades de las que, quizá, incluso desconocemos el nombre. Pero aunque los escenarios sean parecidos, los cronistas siempre encuentran nuevas imágenes para expresar las mismas viejas sensaciones. El infierno es visualmente generoso y nuestros medios de comunicación lo saben y lo explotan.

Siempre ha sido así y gracias a esa generosidad tenemos una iconografía insuperable del infierno proporcionada por los mitos y la poesía. Apenas es concebible una cultura que no se haya alimentado con una frondosa materia prima infernal, el subsuelo inquietante que la religión o la literatura han cultivado a partir de los ejemplos terrestres. De reunir todos los infiernos concebidos por las distintas mitologías poseeríamos un inventario exhaustivo del terror humano.

Mientras que el infierno está siempre a nuestra disposición, el paraíso se cruza fugazmente en nuestro camino, espera un instante y, si no lo reconocemos, se aleja con rapidez

Con el paraíso ha sucedido lo contrario. Nos cuesta describirlo porque nuestro legado visual paradisiaco, en comparación con el infierno, ha sido muy pobre. Es lógico, como es obvio, que una hipótesis exclusivamente espiritual del paraíso segregue escasas imágenes y, en consecuencia, dificulte toda descripción. Recuerdo en la adolescencia el poco atractivo que ejercía sobre nosotros, escolares católicos, el paraíso cristiano si lo contrastábamos con las confusas y seductoras noticias que nos llegaban acerca de los futuros deleites de los escogidos musulmanes, en especial cuando eran citadas las misteriosas, y para nosotros eternamente vedadas, huríes.

Esta ha sido una de las posibilidades de construir el paraíso: situar en el más allá con creces lo que en el más acá era limitado. Como es natural, un paraíso de placer sensual ofrece una opulencia icónica que el más refinado goce espiritual no proporciona. Junto al ángulo que insinúa un placer ilimitado, el otro gran mirador humano para la siempre difícil construcción de paraísos ha sido remontarse a una supuesta falta primitiva del dolor. A este orden mental pertenecen las edades de oro y los paraísos perdidos de todas las civilizaciones, épocas o lugares definidos negativamente: sin tiempo, sin muerte, sin trabajo, sin sufrimiento.

Comoquiera que sea el paraíso, aun aquel de traducción más sensitiva y placentera, siempre ha estado en condiciones de inferioridad con respecto al infierno, al menos en lo que se refiere al caudal de metáforas poéticas e imágenes pictóricas. Y con nuestros paraísos modernos no hemos logrado, tampoco, hacer una excepción, ni cuando predominaba la promesa de paraísos ideológicos, rotundos y pesados en su enunciación casi teológica, ni cuando, ahora, parecemos reverenciar la ligereza de paraísos veloces y fugaces.

Pocos salvarían, hoy día, aquellas plúmbeas escenografías de los paraísos totalitarios que tuvieron un éxito tan funesto en la primera mitad del siglo pasado, y, sin embargo, nuestros actuales paraísos publicitarios, aparentemente tan fantasiosos y livianos, son también, considerados con detenimiento, de una monotonía asfixiante: "te prometemos lo más exclusivo", "te regalamos mil momentos inolvidables", "celébralo por todo lo alto" o "sofisticado, nuevo y sugerente". Fórmulas eficaces para el encantamiento, pero imágenes tan frágiles que caen derribadas, como un castillo de naipes, ante el menor golpe del destino.

Incluso nuestros creativos -maravilloso apodo que los propios pergeñadores de anuncios utilizan sin rubor-, con los medios y dinero de que disponen, son incapaces de fijar paraísos medianamente estables, y reinciden, quizá aún más grotescamente, en la impotencia de ideólogos y teólogos. A este respecto, nos guste o no -y no nos gusta-, el poder demoledor de una sola secuencia de la ciudad fantasmal de Bam tras el seísmo arrasa la propuesta de felicidad de centenares de secuencias que a lo largo de estos días nos han guiado por nuestros volátiles paraísos.

El infierno es plásticamente más fuerte porque, como escribió Christopher Marlowe, siempre "está donde nosotros estamos". El paraíso, en cambio, por más que nos hayamos esforzado por cristalizarlo en la tierra o en el aire, sólo se cruza, de vez en cuando, a nuestro paso. Seguramente, nuestro error más persistente -y el de ideólogos y teólogos, políticos y publicitarios- es creer que podemos construir, y en consecuencia ofrecer, un paraíso cuando lo cierto, o lo que parece, es que únicamente, y con mucha suerte, podemos esperarlo.

Recientemente se ha reeditado un magnífico relato de H. G. Wells, La puerta en el muro, en el que se pone de relieve la paradoja paradisiaca. El protagonista de la historia, envuelto en ella a raíz de un acontecimiento sucedido en la niñez, se encuentra varias veces ante el umbral que conduce al paraíso, pero sólo al final percibe la auténtica naturaleza de éste. Antes, como ocurre en general con todos nosotros, lo confunde con un lugar que se puede poseer. El jardín detrás del muro es tan pobre en imágenes como todos los jardines del edén propuestos anteriormente, pero contiene el secreto de la espera: el paraíso es la predisposición a vivir de otra manera de lo que parece el rumbo obligado de la vida.

Según la ley del mercado, de nuestras ofertas y demandas, el paraíso no puede pretender rivalizar con el infierno. Éste está siempre a nuestra disposición. Aquél se cruza fugazmente en nuestro camino, espera un instante y, si no lo reconocemos, se aleja de nosotros con rapidez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 03 de enero de 2004.

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