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Crónica:LA CRÓNICA

Corazón de hierro

Poe dejó escrito por ahí que la verdad es siempre superficial. La vida bulle en la superficie del planeta, no en su interior, a pesar del viejo sueño de Julio Verne. Se dice que allí abajo sólo hay un manto viscoso y un núcleo de hierro. Un autobús amarillo me lleva al corazón de hierro de Santa Coloma. Esta ciudad es como una criatura fantástica de múltiples corazones, que palpitan cada uno a su manera. Cada barrio de Santa Coloma es un latido que da el pulso de hombres, mujeres, niños..., llegados desde China, Pakistán, América, Extremadura... Cuando Barcelona se puso su cinturón rojo se vio que lo llevaba remachado de pequeñas piezas de metal. Barcelona, con ese cinturón, tenía un punto macarra que la hacía atractiva, pero las modas pasan.

Los edificios del barrio de Can Franquesa se ven absurdos, fuera de lugar, extrañamente coloreados, aparentemente aislados

En el extremo norte de Santa Coloma de Gramenet se encuentra el barrio de Can Franquesa. Lo integran dos solitarios grupos de edificios, alrededor de unas cincuenta porterías en total, enclavados en lo alto de un cerro. Desde la carretera de La Roca se los puede contemplar absurdos, fuera de lugar, extrañamente coloreados, aparentemente aislados. El barrio de Can Franquesa fue levantado a inicios de los años setenta. Metieron en aquellos bloques a un montón de familias y allí las dejaron colgadas. Durante mucho tiempo, en aquel sitio no hubo nada. Igual que en el centro de la Tierra, aquello era una bola de hierro solidificado. No había mercado, ni comercios, ni colegios, ni farmacia, ni comunicaciones que aproximaran a la gente a esos lugares... Y sin embargo así es como se forjan las grandes ciudades. Hay una épica de la ciudad naciente que se puede ver, por ejemplo, en la película Gangs de Nueva York.

El autobús que lleva a Can Franquesa sale del centro de Santa Coloma y al principio da un rodeo, como queriendo despistar, pero al final se decide y emprende el ascenso. Durante el trayecto suben y bajan hombres de pelo encanecido, todos con camisa de cuadros, de manga corta, y gorra de visera, tipo béisbol. Calzan zapatos de rejilla o zapatillas de deporte. Los más frioleros se han puesto la americana. Muchos llevan en la boca un palillo de dientes. Están acompañando a sus mujeres, que han ido al barrio del Singuerlín para hacer la compra, y en su deferencia por ayudarlas cargan con el pan y algunas bolsas. A veces saludan al conductor: "¿Qué pasa, Antonio?". "¿Qué hay, hombre?", les responde contento de verlos. A un lado de la cuesta un enorme puesto de melones ofrece cuatro por tres euros. Para que Can Franquesa tuviese un autobús que la comunicase con la superficie del planeta, que es donde está la vida, los vecinos se echaron a la calle y se manifestaron durante buena parte de los años setenta. A menudo, la policía los molió a palos. En el barrio vecino, Les Oliveres, un cura que había dedicado su parroquia a San Ernesto, en homenaje al Che, consiguió aglutinar aquellas fuerzas telúricas (el cabreo es una de las más notables). El sacerdote había llegado a este lugar desde Ecuador, de donde fue retirado por soliviantar a los pobres. En las primeras elecciones municipales democráticas, encabezó la candidatura comunista y salió elegido alcalde de Santa Coloma. Hoy, una plaza de Les Oliveres lleva el nombre de Onze de Novembre en recuerdo de aquellas luchas vecinales. Y de aquel alcalde, Lluís Hernández, se va dejando de hablar.

Actualmente parte de Can Franquesa está catalogada como parque forestal. Desde el mirador de Serralada de Marina se contempla la modesta montaña de la Conreria salpicada de áspera vegetación mediterránea. Por los caminos de tierra se ve pasear a los jubilados a solas con sus pasos. Junto a unos columpios, que van quedándose sin niños, ofrece su agua una fuente de grifo dorado y azulejos verdes y amarillos. Muchos están rotos. Aquí arriba huele a hojas de pino y a resina, el viento es fresco y se oye el canto de algún pajarillo. Apenas a cincuenta metros, se encuentran los bloques de viviendas. Cúbicos, superficiales, verdaderos. Para acceder a las porterías el arquitecto diseñó unas pasarelas que, como los puentes de los castillos, unen los edificios con la carretera. En muchos se entra directamente por la segunda planta y se sube o se baja, según se vaya a un primero o a un sexto. Para pasar de un bloque a otro hay que recorrer un complicado nudo de escaleras, que de vez en cuando conducen de cabeza a un sumidero y en otras ocasiones a ninguna parte. En los rellanos de esas escaleras, los vecinos dejan cubetas con agua para la gatería que ronda el lugar. Tres ancianos divagan animados. Tienen ganas de hablar. Les pregunto cómo subían la montaña cuando no había transportes. "Andando". "A mí me dejaba el autocar de la empresa en Fabra i Puig y tenía que venir andando". También les pregunto cómo volvían los días de tormenta. "Nos llevábamos la tormenta a cuestas". La conversación crece. Un tema lleva al otro, y resulta que siempre es el mismo: el pasado heroico. "¿Sabes cómo conseguimos el autobús? A fuerza de palos. Fuimos a las cocheras, los secuestramos y nos los trajimos aquí. Nosotros mismos hacíamos de cobradores". Existe una épica secreta en la fundación de toda gran ciudad que pugna impaciente por salir a la superficie, donde está lo verdadero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de octubre de 2003