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Crónica:CICLISMO | Campeonato del Mundo

Decepción y retirada

En el Campeonato del Mundo, Millar gana una contrarreloj en la que Nozal nunca estuvo a gusto e Igor Galdeano abandonó

El sueño mundialista de Isidro Nozal, el meteoro que aterrorizó a todos los especialistas en las contrarreloj de la Vuelta a España, se terminó nada más comenzar, en el primer repecho del circuito. Aunque en esta ocasión sí que llevaba detrás, al megáfono, a su querido director Manolo Saiz, Nozal volvió a sentirse en el territorio de las pesadillas que cerraron de forma tan triste la Vuelta para él: estaba en Navacerrada, intentando avanzar, luchando contra la gravedad, estaba en Abantos, hundido, viendo la Vuelta volar hacia el ágil Heras. La Vuelta es una carrera matahombres, advertían los sabios; nadie que muera en ella puede revivir después. El peso de la sabiduría, el peso del territorio hostil, las colinas que rodean al lago Ontario, y la presión del debutante se unieron para aniquilar a Nozal, el cántabro fuerte como una mula que había volado en las autovías llanas, en las carreras contra el viento de la Vuelta. Y pese a ello fue capaz de recuperarse, de darse cuenta de que la prudencia inicial le había dejado fuerzas de sobra para el final, y terminó quinto, a un puñado de segundos de la medalla.

En la Vuelta, en la carrera que destroza a aquellos que se la toman en serio, Nozal se había hecho grande en Zaragoza y Albacete, había llegado a soñar con ganar, porque en las dos contrarreloj fue mejor que David Millar, el británico volador, el superclase especialista que había decidido disputar la ronda española para sumar kilómetros, como entrenamiento de calidad, para probarse ante rivales motivados. Se preparaba, claro, para la cita de ayer, para los Mundiales de Hamilton (Canadá), para los 41 kilómetros que le darían por fin el título mundial que nunca había alcanzado. En el kilómetro 23 de los 41 del recorrido, Millar dobló a Nozal, que había salido minuto y medio antes. Después, con gran naturalidad, con elegancia y agilidad en un terreno en el que todos los demás se retorcían y sufrían, Millar perseveró, persiguió el oro, se vació. Fue una pájara tremenda. Lo nunca visto en una contrarreloj. Se quedó sin fuerzas, los repechos empezaron a atragantársele, se hicieron su Tourmalet, su Cruz de Hierro. Recuperó el fuelle como pudo, subió piñones, soltó las piernas. Gontchar, al que había doblado, que después se desdobló, volvió a quedarse clavado ante su paso, de nuevo fluido, imparable, hasta el oro. A unas decenas de metros de su rueda, calcando su ritmo, aguantando a poco más de minuto y medio, Isidro Nozal.

Millar también habría doblado a Igor González de Galdeano, considerado la mejor baza española para una competición en la que Indurain y Olano se habían coronado. Le habría doblado si hubiera salido tras él y si el pequeño de los Galdeano no hubiera sentido de súbito un dolor que le subía desde el diafragma hacia el pecho, no se hubiera asfixiado literalmente, no hubiera tenido que llorar sobre el hombro de su masajista Gabino Ereñozaga, no hubiera decidido meterse en el coche junto al seleccionador, Paco Antequera. Es una relación de atracción fatal la que Igor Galdeano, el último español que vistió el maillot amarillo del Tour, mantiene con las grandes citas de la temporada. A finales de mayo, cuando ya afinaba su forma para el Tour y arrasaba en la Vuelta a Alemania, en la contrarreloj final, decisiva, en una tarde de lluvia, se fue contra una valla en una curva intentando alcanzar al australiano Michael Rogers, plata ayer. Se rompió la clavícula y todo su año se echó a perder. Ayer, agotado también por la Vuelta, no pudo recuperarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003