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VUELTA 2003 | 19ª y antepenúltima etapa

Motos hasta en la sopa

En ninguna ronda como en la de este año ha habido tanta polémica por la influencia de los motoristas en el desarrollo de las etapas

Tras moto se corre mejor. Los ciclistas de vieja escuela se entrenan tras moto para mejorar su cadencia de pedaleo y mantienen sin problemas velocidades superiores a los 50 kilómetros por hora. La moto corta el aire -el gran obstáculo a la marcha del ciclista- y la moto también chupa al ciclista, lo aspira con el famoso efecto rebufo. Y hay hasta ciclistas que se agarran a una moto para ganar una carrera. Y dado que en toda carrera que se precie tiene que haber motos, motos de todos los tamaños y todos los colores, motos de cámaras de televisión y motos de fotógrafos, motos de enlaces -las personas que van y vienen entre los pelotones de las carreras, que informan de las fugas, que llevan la pizarra, que se adelantan para avisar de un peligro o de un túnel- motos de la guardia civil y motos que sólo están por estar, para hacer publicidad con el color del mono del motorista que la guía, no hay carrera en la que su influencia, voluntaria o involuntaria, no deje de ser polémica. O en la que algunas veces, como ayer, sea una moto el desencadenante de la pérdida de nervios de un protagonista.

Los corredores que se sienten perjudicados suelen pedir la mediación de sus directores

Hubo un tiempo en que la influencia de las motos en el desarrollo de las carreras era puramente anecdótica. Eran los tiempos de aquel fotógrafo y manager de corredores en sus ratos libres que siempre les recordaba que gracias a él podían escaparse del pelotón como si los llevara enganchados con un sedal de pescar, un hilo invisible. Tiempos de nostálgicos, en los que nada era tan grave, o parecía tan grave como esta Vuelta 2003.

Una moto, conducida por un guardia civil, acabó, por ejemplo, con las esperanzas de Fabian Jeker en la etapa de Burgos. Iba el suizo por el Páramo de Masa a la caza del fugado Unai Etxebarria, abriéndose hacia la cuneta contraria a del viento cuando un motorista del instituto armado que le iba adelantando reglamentariamente por la izquierda le enganchó con uno de los banderines que adornan su aparato. En aquella fuga, curiosamente, también marchaba Isidro Nozal, por aquel entonces un gregario más del ONCE-Eroski, quien podría haber sido el damnificado, lo que habría deparado una Vuelta totalmente distinta, quizás. Fue una anécdota desgraciada, que no se ha vuelto a repetir, lo que no es el caso del influjo de las motos de televisión en el crecimiento de los abanicos o las fugas. En el pelotón viajan por la izquierda tres motos con cámaras para el directo más dos motos con periodistas para entrevistas más, por la derecha, dos cámaras para el resumen en diferido, motos que se paran en la cuneta y captan planos populares, como el de una madura novia vestida de blanco saludando al pelotón que asciende cansino el Alto del León y apremia a los ciclistas a las tres y media de la tarde gritando: "Vamos, daos prisa, que aún no hemos comido". También hay dos motos de cadenas de radio y cinco más de fotógrafos. Y luego están las motos de los comisarios que toman nota y multan al ciclista que se apalanca o al que se agarra al coche o al que orina delante de público. Motos que se acercan a los ciclistas y se alejan, que se paran y arrancan, motos que son necesarias, motos que no son inocentes.

En la Vuelta se descubren escenas impensables en otras carreras, en el Tour, por ejemplo, donde la seriedad es la norma. Una persona avisada comentaba de esta manera la extraordinaria y sorprendente contrarreloj de un ciclista en la contrarreloj de Zaragoza, en la que los ciclistas se enfrentaron a un tremendo viento de cara: "pero no habéis visto que llevaba tres motos de la guardia civil abriéndole paso y tapándole el viento, porque resulta que hay unos cuantos de su pueblo que vienen todas las Vueltas y todos los años le ayudan". Y, efectivamente, al día siguiente, el ciclista favorecido por los beneméritos se fotografiaba alegre con ellos, y gastaba bromas. Y durante las etapas los corredores que se sienten perjudicados se desgañitan por sus pinganillos pidiendo a sus directores que intervengan. "Eusebio", le pedía a Eusebio Unzue, director del iBanesto.com su ciclista Pablo Lastras el pasado miércoles, cuando, camino de Córdoba, un grupo quería llegar destacado al último puerto. "Eusebio, por favor, dile a los comisarios que le digan a la moto de televisión que se aleje un poco, que está llevando al pelotón a toda velocidad". Y Unzue, que es tranquilo, le respondió. "Vete tú mismo, Pablo, dile a la moto que se aleje". Pero Manolo Saiz tiene la sangre caliente y cuando ve una injusticia no se aguanta.

Antes de emprenderla ayer contra el motorista que tiraba de Heras en sus demarrajes tan dañinos para Nozal en la subida a Navacerrada, el director del ONCE-Eroski ya mostró su forma palmaria y primaria de resolver conflictos acelerando su Audi amarillo a todo meter y rozando a un abanico que se había formado camino de Albacete para advertir, puño por la ventanilla, a una moto amarilla que, según Saiz, estaba ayudando a que el segundo pelotón, en el que iba Valverde, no perdiera la esperanza de capturar al primer abanico. En aquella ocasión los comisarios se inhibieron. "Y también se han inhibido en Navacerrada", dijo Saiz. "Tengo una culpa, pero una culpa provocada por una mala actuación. Me gustaría que todo el mundo vea la repetición de cómo las motos han actuado. No hay otra forma cuando los comisarios miran para otro lado". A lo que Antonio Urrea, el cámara de televisión que viajaba en la moto incriminada, respondía tranquilamente: "Lo de Manolo es una obsesión. Lleva toda la Vuelta diciendo que las motos ayudan a algunos corredores".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de septiembre de 2003