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Tribuna:

De lo popular a lo vulgar

En la Europa de entreguerras coincidieron dos posturas de carácter sociocultural en apariencia escasamente relacionadas la una con la otra. Por un lado, la exaltación de todo lo popular -el arte, el gusto-, cuando no del pueblo mismo como depositario de valores nacionales, sociales o de otro tipo, con carácter protagónico. Por otro -Ortega es el ejemplo más citado-, voces de alerta acerca de las implicaciones negativas de ese fenómeno nuevo llamado las masas. Tampoco faltaron voces a primera vista descolocadas, como la de Aldous Huxley, que parecían confundir ambos conceptos al referirse a lo popular en términos muy parecidos a los utilizados por Ortega al referirse a las masas. Los años transcurridos han ayudado a despejar ese aparente equívoco. Cuando destacados pensadores vinculados, por ejemplo, a la Institución Libre de Enseñanza se complacían evocando el buen gusto popular, hablaban de algo real pero que ya entonces pertenecía al pasado. Porque cuando Hitler o Stalin mencionaban la palabra pueblo lo hacían perfectamente conscientes de que ese pueblo eran las masas. Y, en consecuencia, lo nuevo residía precisamente en el hecho de que el gusto popular y el mal gusto de las masas eran una sola y misma cosa. Huxley iba más allá de la simple boutade cuando sostenía que Henry Ford y los diseñadores de los planes quinquenales soviéticos se hubieran entendido perfectamente tanto en lo relativo a la producción de bienes como en su consideración de lo que tradicionalmente se ha entendido por cultura como algo no ya sobrante sino incluso contraproducente.

El cambio, la mutación en los gustos populares se había producido de forma imperceptible unas cuantas décadas antes, a lo largo del proceso de industrialización que más tarde o más temprano fue modificando las formas de vida de diversos países europeos a lo largo del siglo XIX. El punto de inflexión hay que situarlo en el momento en que el pueblo deja de elaborar cuanto necesita para cubrir sus necesidades, como había hecho tradicionalmente, para adquirir los productos elaborados por una industria cuya razón de ser era la existencia de esas necesidades, que se esmeraba en cubrir de forma asequible, económica y, sobre todo, fácil. A esa industria suministradora, más que conceptos como el de calidad, duración o buen gusto le interesa que la demanda sea amplia, homogénea y, en consecuencia, acorde con el bajo nivel cultural del consumidor; lo cualitativo, los factores susceptibles de educar el gusto, se convierten así en algo indeseado, suponen incluso un peligro; lo más vulgar, en la medida en que más extendido, deberá prevalecer sobre lo que no lo es tanto.

En la sociedad actual, en medida mucho mayor que en la de entreguerras, todo se organiza para facilitar la expansión de ese proceso. Y es que, en la práctica, lejos de tratarse de aspectos diversos de la realidad, independientes unos de otros, se trata de facetas distintas de un mismo fenómeno: los conocimientos que se adquieren, los hábitos sociales, la música o las prendas de moda, las relaciones familiares o de trabajo, las preferencias gastronómicas. El factor que subyace, común a todos ellos, es el progresivo desleimiento de todo poso cultural, la disminución de conocimientos generales acerca de lo que es el mundo y lo que es uno mismo, y la creciente dificultad de apreciar con una mínima coherencia crítica esa realidad circundante. Resulta fácil responsabilizar a la televisión de semejante triunfo de la vulgaridad, a los contenidos de la programación que ofrece tanto en España como en otros países. Pero la pantalla del televisor es sólo un reflejo; el centro del problema hay que situarlo no en la programación sino en las audiencias. Esto es: en la sociedad.

Por otra parte, el paulatino acoplamiento del gusto de las masas a las conveniencias del mercado suscita en el ciudadano una atenta actitud de espera respecto a cuanto ese mercado le va ofreciendo, a la vez que un tácito empeño en estar a la altura de la oferta, postura similar a la que adopta un niño ante las decisiones de sus mayores. De ahí que el infantilismo que hace unas décadas se atribuía a la sociedad americana sea hoy aplicable a cualquier sociedad occidental u occidentalizada. Si en el pasado el niño era vestido como un adulto, hoy es el adulto el que viste como un niño. Pero lo de menos es esa regresión hacia el dodotis primigenio; lo realmente grave es que la regresión se produzca también en el terreno de los gestos, de los gustos, de los deseos. Deseos y gustos imperiosos, que exigen una satisfacción inmediata, como las necesidades más elementales; gestos instintivamente insolidarios como sólo un niño puede expresar cuando, por ejemplo, alguien ha dejado de ser su amigo. Por más que se proclame exactamente lo contrario, como en tantos otros momentos de la Historia, el precepto o supuesto de amar al prójimo sigue siendo sólo eso, un supuesto.

Dar cultura al pueblo, proclamaba la Institución Libre de Enseñanza, como único remedio de tantos males ya entonces presentidos. Bien: pero ¿qué hay que entender por cultura? Si parece lógico que la derecha propicie una solución de corte tradicional, inadecuada ya para la situación presente, no lo es tanto el que la izquierda carezca en la actualidad de soluciones. Y es que, si como sostenía Huxley, Stalin y Henry Ford podrían haberse entendido perfectamente, hoy cabe pensar que determinados dirigentes políticos y sindicales de la izquierda europea coincidirían en lo esencial con los directivos y responsables de marketing de las grandes superficies comerciales: que el acceso a los diversos productos de consumo sea lo más amplio y fácil posible, que lleguen a todo el mundo de la manera más tonta.

Luis Goytisolo es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de septiembre de 2003