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Crónica:LA CRÓNICA

Salvemos la masía de Miró

Joan Miró no tuvo mucha suerte con el destino de los idílicos parajes en los que vivió y pintó sus mejores obras. Su casa y los dos talleres de Palma de Mallorca, situados en la localidad cercana de Calamajor, a los que posteriormente se añadió la fundación construida por Rafael Moneo, se vieron englutidos, a partir de los años setenta, por un feísimo entorno de bloques de apartamentos baratos.

Ahora, la famosísima masía de Mont-roig, comprada por sus padres como residencia de veraneo y que le inspiró el mejor cuadro de su primera época, actualmente en la Galería Nacional de Washington, corre el peligro de verse engullida en un anillo de infraestructuras: la autopista A-7 ya existente, que la privó de su silencio, más el proyectado AVE, cuyo trazado discurre a 50 metros del estudio del artista. Y por donde ahora pasa una minúscula carretera comarcal está prevista otra vía rápida que, de construirse, rozaría, si no destruiría, el taller del pintor.

Esta decisión no sólo supone una falta de respeto considerable hacia la obra del artista, sino también de ceguera sobre lo que es la industria cultural. La masía de Miró hubiera debido abrirse al público (pues, aunque aún es privada, la familia estaría de acuerdo en dejarla visitar) del mismo modo que se hizo con la casa de Dalí en Portlligat, el castillo de Gala en Púbol y la casa de Horta de Sant Joan donde Picasso inició el cubismo y que ha transformado esta pequeña localidad en un nuevo foco de atención turística. Gracias a la amabilidad de la familia Miró he podido visitar la masía de Mont-roig. El impacto que me ha causado ha sido tremendo.

La masía no sólo está rodeada por un bellísmo paraje del campo de Tarragona, arquetípico de lo que es el Mediterráneo, con sus viñas y olivos, con sus pinos y tierra roja, y con las mismas hormigas enormes, los caracoles y los grillos que Miró pintó, sino que es una noble casa rural del siglo XIX que ha permanecido casi intacta, igual a la representada en el famoso lienzo comprado por Hemingway. La fachada está casi idéntica (aunque ahora pintada de blanco), el cobertizo se ha convertido en garaje, la balsa y el pozo ahí están, y el famosísimo gallinero, que estaba representado en la tela a la manera cubista, contiene los mismos conejos, gallinas y palomos. Solo el gran eucaliptus, cuya corteza rugosa Miró acentuó para enfatizar lo táctil y cuyas hojas muestran un bellísimo ritmo caligráfico y abstracto, ha desaparecido: Carme, la masovera, nos cuenta que cayó de viejo.

La masía es la obra maestra de la primera época de Miró que traduce su amor por su tierra natal con un realismo que de tan exacerbado se convierte en mágico y fantástico. Su grandeza consiste en hacer de este paraje algo universal, no anecdótico, y que por tanto puede comunicar con un público de raíces culturales bien distintas. Además, la visión de la naturaleza de Miró está muy lejos de ser la de un campesino; es la del intelectual que ya ha ido a París y comprende la fuerza de la tierra, a la cual siempre volverá. De ahí su modernidad, que no hace más que crecer con los años.

Pretender que el PP comprenda todo esto o que lo respete quizá es mucho pretender. Sorprende que un Gobierno que ha comprado tantos mirós a precios exorbitantes para las colecciones del Reina Sofía sea el mismo que no comprenda que van a destruir uno de los motivos más paradigmáticos de la pintura española del siglo XX. Existe un dossier con casi cien cartas dirigidas por la familia Miró al Ministerio de Fomento, incluso al Rey, para intentar frenar el futuro desaguisado. Nadie les ha hecho caso. En el taller del artista, cuya atmósfera es tan intensa como la del taller de Palma, ha entrado el agua por una claraboya y el polvo se acumula sobre los enseres del pintor. "Estamos deprimidos", me confesó Joan Punyet Miró cuando se lo expliqué a mi regreso. "Lo hemos intentado todo y no hay nada que hacer". Si España está arrasada por el mal gusto y la especulación, la masía de Miró es la gota que colma el vaso, el ejemplo paradigmático de nuestra falta de cultura y de nuestra indiferencia al medio ambiente. Un ejemplo que hará historia. Negativa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de junio de 2003