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FÚTBOL | La jornada de Liga

"Los goles saben bien en Madrid"

Luis Enrique, el mejor de los azulgrana, celebró la actuación contra su ex equipo

"Los goles siempre saben bien en el Bernabéu, aunque el de hoy [por ayer] lo habría metido hasta mi hijo Pacho de tan fácil como me lo han puesto mis compañeros. Yo pasaba por ahí y he rematado la jugada". Luis Enrique protagonizó el clásico de principio a fin, en la cancha y en el vestuario, en la grada y en la sala de prensa, en los entrenamientos previos y en la calle incluso. Pocos jugadores como el asturiano son capaces de capitalizar a su propio equipo y, al mismo tiempo, intimidar al rival. Quería el Barça que el partido lo disputaran hombres antes que futbolistas y se salió con la suya, porque cuenta con Luis Enrique.

"El Barcelona me ha gustado mucho", prosiguió el capitán azulgrana, que recuperó la titularidad, restablecido de su lesión. Tercer goleador del equipo, con siete tantos, Luis Enrique volvió a marcar ayer, "aunque más que con el gol me quedo con nuestro partido". Y, tras quejarse porque el árbitro no le había concedido "un claro penalti" en una entrada de Hierro y "un gol legal a Mendieta", apostilló: "Hemos hecho siempre lo que nos pidió el entrenador: tocar y tocar la pelota, como sabemos".

El entrenador, Radomir Antic, recogió el guante: "Luis Enrique nos da mucho equilibrio. Jugó entre líneas y siempre tuvimos una salida clara para la pelota. El capitán contagia su forma de ser al equipo. Nos da moral".

Luis Enrique ya calentó en el ensayo del pasado martes, cuando se enfrentó a Overmars, en un rifi-rafe muy comentado. "Esto es como la mostaza", afirmó. "Es la salsa del fútbol". Y su ira empezó a hacer mella en el equipo. "Yo le pondría una silla para que jugara siempre", dijo Motta, que se fajó y mucho en el Bernabéu. "Su carácter es vital: se trae en la cuna o no", apostilló Sorín. "Es determinante", abundó Kluivert. A sus 32 años, el asturiano aguantó como un jabato. Ni los pitos, ni los insultos, ni el abucheo que recibió anoche en cuanto salió a calentar. Él contra 90.000. No importa. Extraordinariamente motivado ("no he visto a nadie a quien le estimulen tanto estos partidos", dijo de él el doctor Ricard Pruna), Luis Enrique salió a comerse la hierba. Y nada más salir recordó sus credenciales: todo el equipo alzó los brazos para saludar y él, pese a que actuaba como capitán, los pegó al cuerpo. Dejó luego bien claro quiénes son sus amigos: se abrazó un par de veces a Fernando Hierro, el capitán madridista, con quien coincidió en sus años en el Bernabeu, y empezó su particular cruzada.

Y ahí estuvo, hasta el minuto 77, peleando y marcando el gol que los demás son incapaces de marcar, un tanto que celebró con una carrera por el córner, tocando su camiseta ante la euforia de los azulgrana y los gritos ensordecedores de todo el estadio.

Abrazados a Luis Enrique, los azulgrana se felicitaron por haber recuperado la pelota en uno de los campos más difíciles y se lamentaron porque entendienro que el árbitro les perjudicó en la mayoría de sus decisiones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de abril de 2003