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A pie de obra | TEATRO
Columna
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Luna & Rodgers

Marcos Ordóñez

Uno. Los dos espectáculos musicales (a la espera del Zorba) que más me han gustado últimamente son a) una zarzuela chiripitifláutica de 1918, El niño judío, del maestro Luna, en la Zarzuela (mismamente), y b) Jugant a Rodgers, un humildísimo (cinco intérpretes, un piano) homenaje al gran padre del musical americano en el Versus, en el off barcelonés. Clave de ambos trabajos: la convicción y el encanto. Vayamos por partes, como diría el Destripador. El niño judío es una stravaganza exótica, de las muchas que poblaron el género chico desde que en 1908 la cupletista Anita Delgado se casó con el maharajá de Kapurthala. Tres trepan por méritos propios a mi podio de marcianadas favoritas: la pionera Corte de Faraón, del maestro Lleó, y el tándem milyunanochesco formado por El asombro de Damasco y El niño judío, del maestro Luna, don Pablo. Escrita en una tarde tonta (muy tonta) por García Álvarez y Antonio Paso, El niño judío es un "viaje morrocotudo" -de la cuesta de Moyano hasta la India pasando por Siria- emprendido por "un librero de viejo, su juncal hija, y su novio hebreo, dependiente de la tienda, que busca a su verdadero padre", y que el talento de Jesús Castejón ha convertido casi en una aventura de Indiana Jones, gracias al humor constante de su puesta en escena y a la escenografía y figurines (modelo La reina de Cobra) de la imaginativísima Ana Garay. El espectáculo es una absoluta delicia, un jolgorio que empieza en la calle de Jovellanos, a las puertas del teatro, con una danza del vientre a cargo de Rocío Bolaños, y que acaba con Berta Ojea (una de las estrellas del Mortadelo & Filemon de los Fesser) convertida en sacerdotisa dominatrix tratando de inmolar a los protagonistas en la pira de la diosa Bowanhia. Si el libro de El niño judío hace pensar en el delirio de dos críos que se han tragado diez pastillas de chocolate para completar el álbum de Estampas Orientales de Nestlé, la partitura del maestro Luna mezcla valses vieneses, dúos cómicos de opereta, marchas triunfales, coplas (la "canción española" De España vengo, el showstopper del segundo acto) con presuntas danzas hindúes y cuplés macabros ("Cementerio, cementerio / siempre triste, siempre serio"), popularizado, se nos informa, "en el Chantecler por las Hermanas Catafalco". Una orquesta impecable, dirigida por Miguel Roa, y un reparto en estado de gracia. Y a la vieja usanza, con la troupe Castejón en pleno -Samuel (Rafa Castejón), Concha (Carmen González), el rajá Jamar-Jalea (Castejón padre)- secundados por Pedro Miguel Martínez (Jenaro), un veteranísimo de la escuela Narros, aquí desbordante en el más puro Mompín style. Mi única tristeza siempre es la misma cuando salgo de ver una zarzuela montada como Vives manda: volver a pensar que el género (que murió antes de evolucionar, como los pterodáctilos) hubiera podido desembocar, al correr del tiempo, en la creación de una verdadera comedia musical española.

Dos. El año pasado se cumplió el centenario del nacimiento de Richard Rodgers y nadie se ha acordado aquí de él salvo los chicos y chicas de El Musical Mès Petit, que con Jugant a Rodgers han vuelto a sus orígenes, literalmente: un trabajo de pequeño formato en el Versus Teatre, donde presentaron, hará seis años, su primer espectáculo, Tu, jo, ell, ella, Webber y Schöenberg (los títulos nunca han sido su fuerte). Como entonces, les basta un piano, cinco voces y una pasión, en este caso por el "maestro de maestros". De Sondheim, por ejemplo: si Sondheim es Dios, Rodgers es su padre. Una carrera que cubrió más de seis décadas. 900 canciones, 40 musicales. Primero, con Lorenz Hart. De On Your Toes a Pal Joey, de 1936 a 1943. Canciones sofisticadas, ingeniosas, rebosantes de glamour, enfundadas en tramas indiferentes. Y desde 1943, a partir de su encuentro con Oscar Hammerstein y de Oklahoma!, "teatro musical", como nunca antes se había hecho. Característica básica de Richard Rodgers: una inmensa vocación para la felicidad, para la exaltación a través de la música; para llegar al corazón y elevar el espíritu con sus canciones. Acorde a todo ello, el lema del espectáculo podría ser "amor con amor se paga". Una escenografía mínima, esencial. Un desván, viejas ropas, juguetes, recuerdos... un pequeño tiovivo con la música de The Carousel Waltz... el trenecito que se veía a lo lejos en el decorado original de Oklahoma!... My Favourite Things, en definitiva. Cinco voces jóvenes, una cierta inocencia, un acercamiento muy fresco y sin prejuicios a sus canciones favoritas, grandes clásicos (de South Pacific, de The King and I), alternándose con materiales poco visitados (de State Fair y Cinderella; lástima que no haya nada de Allegro), y un gran bloque central, "Nocturno", centrado en las maravillas que compuso con Hart (Blue Moon, My funny Valentine, Where or When, Manhattan, The Lady Is a Tramp). Grandes momentos: Xavier Torras, pianista y encargado de la dirección musical, susurrando su versión de Bewitched, y el dúo de People Will Say We're In Love de Daniel Anglés y Patricia Paisal. Y un glorioso medley final de The Sound of Music, rematado, con una gran ironía, por diversas versiones de Do Re Mi: en inglés (Elvira Prado), en catalán (Anglés), en tagalo (la cantante filipina Tamara Quiogue) y (Patricia Paisal) en el disparatado castellano de la película ("Do es nombre de varón, Re selvático animal...").

Cerrando la fiesta, dos apoteosis: el conmovedor You'll Never Walk Alone y el jubiloso tema titular de Oklahoma! Estupendas voces (todas espléndidas, pero atención a Patricia Paisal: ahí hay una estrella), dignísimas versiones catalanas de Daniel Anglés, Jaume Subirana y Esteve Miralles, y un espectáculo hecho con todo el corazón, que girará por Cataluña de marzo a junio. No lo olviden: Jugant a Rodgers.

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