Reportaje:ACCIDENTE MORTAL EN LA M-30

"Una de mis hijas se ha salvado, pero no sé nada de la otra"

En el hospital del Niño Jesús y en la asociación Ciudad Joven, que organizó la excursión, se vivieron momentos de angustia

Ella salvó la vida. Una vida todavía corta. De tan sólo nueve años. Una vida que comenzó en Guinea Ecuatorial y que continuará en el barrio de Entrevías, donde está su casa.

Ayer, José María Obama, guineano de 46 años, acudía al hospital del Niño Jesús con un amargo gesto de preocupación en la cara y la voz entrecortada. "Perdón, pero estoy tan nervioso que me cuesta hablar", afirmó, casi sin aliento. Minutos antes había recibido una llamada telefónica. Le informaban de que dos de sus hijas, E. B., de 10 años, y M. C. B., de nueve, iban, en el autobús que horas antes, a las 10.50 de ayer, colisionó contra un camión cisterna que transportaba cerca de 15.000 litros de gasóleo para calefacción. Todo parecía perfecto cuando las pequeñas salieron de casa acompañadas por su madre. Sábado. La nieve caída el día anterior había dejado un ambiente frío en Madrid. Pero este primer día del fin de semana las nubes habían desaparecido. El sol era perfecto para pasar el día jugando con esa nieve que en su país de origen es tan difícil de ver.

"La madre de las niñas no sabe nada todavía". Pastora, de 42 años, trabajaba, ajena a lo ocurrido, en la cocina de un restaurante en un centro comercial de Alcorcón. "No hemos querido decirle nada para que no se alarme", afirmó José María, "sólo me han dicho que mi hija de nueve años, la que está aquí en el hospital, está herida, no he podido verla. Pero mi otra niña... No tengo noticias de ella. Me han contado que está en el centro de Ciudad Joven [la asociación que había organizado esta jornada festiva en Navacerrada], que está bien, pero no he podido hablar con ella", concluyó.

La iglesia de Vallecas

Mientras, en la sede de Ciudad Joven -un proyecto creado por la iglesia de Vallecas a mediados de los ochenta y que ayuda a niños y jóvenes en situación de conflicto social-, reinaba la ansiedad, la tristeza y un extraño silencio, ya que había llegado la noticia del accidente. Ninguno de los 28 chicos que se habían subido al autocar ni los siete monitores que les acompañaban estaba allí. El coordinador del centro, Juan Carlos Sanz, y seis colaboradores esperaban noticias de los chicos, hijos de inmigrantes en su mayoría.

Todas las alarmas habían sonado en los servicios de urgencias. Junto al camión volcado en la M-30, del que salía el gasóleo a borbotones, bomberos, policías municipales, agentes del Cuerpo Nacional de Policía y miembros del Samur-Protección Civil se ponían, frenéticamente, manos a la obra. Era como si los cristales del autocar hubieran explotado. Estaban hechos añicos. Al menos tres niños yacían inertes en la calzada. Una escena para olvidar. Una escena que José María no querrá ver en la televisión. Una escena que le contarán sus hijas. Una escena que a Shaima I., de 10 años, le costó la vida.

Al doctor Ollero Fresno, jefe en funciones ayer del hospital infantil del Niño Jesús, le tocó dar la mala noticia. La madre de la pequeña, de origen marroquí, recibía el duro golpe a la entrada del centro hospitalario. Le azotó tan fuerte que la tumbó en el suelo. Tuvieron que introducirla en una camilla a una sala del hospital. Los psiquiatras intentaban aplacar su pena, mientras el doctor Ollero contaba, a la prensa y a la alcaldesa en funciones, María Tardón, el desastre. La muerte. El estado comatoso de otra de las menores. La alegría de unos simples puntos de sutura en el cuero cabelludo de la hija de José María y sus ahora insignificantes, por comparación, contusiones en el cuello. Después, Tardón se comprometió a prestar toda la ayuda a los padres de los menores: "Toda la que esté en nuestras manos".

Las malas noticias vuelan rápido. Como pájaros de mal agüero. En este caso, por las tripas de la ciudad. Por el hilo telefónico. Juan Carlos Sanz contuvo el llanto a duras penas. Cuando colgó el teléfono se le saltaban las lágrimas. Acababa de saber que una pequeña había muerto.

Los niños que no necesitaron atención médica fueron trasladados a la iglesia de San Pío X, cercana al lugar del accidente. Más tarde, en un autobús del Samur-Protección Civil, hasta la sede de la asociación Ciudad Joven, en la calle de Avelino Fernández de la Poza, en el barrio vallecano de Entrevías.

En pocos minutos

No lejos de allí, en la calle de Mudela, José María todavía no sabía si sus pequeñas volverían a ver los pósters de David Bisbal, de Rosa y Bustamante que decoran la habitación en la que duermen y escuchan los éxitos de Operación Triunfo. "Ella quiere ser actriz. Me pidió que la apuntara a clases de sevillanas. Le he tenido que decir que no, porque no tengo dinero. Ni siquiera pudo tener Reyes Magos. Sólo participaron en la cabalgata como todos los años". Fue como si la película de la vida de su hija le pasara a José María por la mente en pocos minutos.

Los niños llegaron a la asociación. Después, sus padres como un goteo constante. Entraban con cara de preocupación. Salían con sus niños de la mano. Los ojos humedecidos tal vez por el frío del principio de la tarde, tal vez por la alegría de ver a sus pequeños sanos y salvos.

A la sala del hospital Niño Jesús, en la que los padres de la niña fallecida no podían recuperar el ánimo, no paraban de llegar familiares. En la puerta, como cancerberos furiosos por lo sucedido, varios voluntarios montaban guardia. Que nadie haga declaraciones. Que nadie vea el dolor de una familia. Proferían insultos: "Morbosos, carroñeros". Los nervios del momento.

En una sala de urgencias, cerca de donde se vivía el drama, otra familia sonreía. La de José María. Su hija ya sabía entonces que la espuma derramada por los bomberos no es tan blanca como la nieve.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 01 de febrero de 2003.

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