Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Enero

Enero (januarius) era el mes dedicado a Jano, el dios de los inicios y de las aperturas. Su nombre se relaciona con janus ('pasaje') y con janua ('puerta'). Característica principal de Jano es su doble rostro, que mira hacia el frente y hacia atrás a la vez. Sus ojos se proyectan sobre el futuro sin dejar de contemplar el pasado. Como el Sol, que se dirige a Levante y a Poniente al mismo tiempo. Sugestionados por el recuerdo o por el rastro de Jano, era usual, en otros tiempos, hacer un balance personal o colectivo al empezar el año. Es una costumbre que parece haber desaparecido bajo los zapatos del presente, siempre a la moda, siempre tan veloz, tan excitado.

Durante siglos, sucedió lo contrario. El presente quedaba ensombrecido. Emparedado entre el peso de la tradición y la creencia en un futuro utópico, generalmente ultraterreno. Algunos pueblos del norte de Europa debieron de sentir ya desde antiguo la necesidad del presente y recrearon el mito de Jano añadiéndole un tercer rostro central: el rostro del eterno presente. Todas las corrientes modernizadoras coincidieron en la reivindicación del presente, en abierta oposición al peso de lo ancestral y a la engañosa manera con que los poderosos desplazaban la satisfacción de las necesidades de las gentes hacia un intangible futuro celestial. La conquista del presente avanzó en paralelo a la conquista del derecho universal, a la dignidad económica y democrática. Sin embargo, entronizado como verdad única, ha engordado monstruosamente.

Si no existe la duda, no existe la libertad. Y el hecho es que la duda (no la crítica, simplemente la duda) sobre el sistema ha desaparecido

La apoteosis del presente actual tiene poco que ver con las viejas luchas de la razón y de la libertad. El presentismo es la versión temporal de la cultura Kleenex. Usar y tirar vidas y objetos. Los medios de comunicación son fábricas de altísima velocidad productiva. Sin cesar proyectan sobre nuestros ojos fogonazos que olvidamos con la misma velocidad con que nos deslumbran. Cada nuevo fogonazo invalida el anterior. El mundo que ahora vemos es un cielo oscuro y hermético en el que estalla, en verbena perpetua, una infatigable lluvia de estrellas fugaces. Lula, por ejemplo, aparece estos días rodeado de las masas de desheredados brasileños que le aclaman esperando que se cumpla en su tierra el sueño de la dignidad: que todos coman tres veces al día. Reaparecerá cuando su política, tan prudente, moleste a los que se enriquecen con la esclavitud y la expoliación del enorme y ubérrimo territorio brasileño. Entonces el fogonazo que Lula protagonizará será el del inicio de su crisis. De presente a presente: de éxito a fracaso. La narración, el tránsito de un lugar a otro, tiende a esfumarse.

Es imposible, al parecer, avanzar ojeando el retrovisor. Mirar hacia atrás para reflexionar sobre el itinerario seguido. Para saber si tiene sentido o si conduce a alguna parte. Esto es lo que el mito de Jano sugería: detenerse ante la puerta de enero para contemplar los pasos andados. No se acostumbra. Los medios de comunicación, antes del festivo cotillón de Nochevieja, reproducen, ciertamente, fotos y noticias del año que acaba. Los llaman resúmenes, pero son antologías de las estrellas caídas. Las bombas más espeluznantes, los cadáveres más célebres, los premios, los goles, las bodas, los asesinos más deslumbrantes del año.

Abierta la puerta del año nuevo, no parece de buen gusto dudar de la conveniencia de seguir en el tren que nos transporta. Al contrario, todo el mundo parece encantado con las nuevas velocidades que se auguran. Crecer es el principal deseo. Banqueros, sindicalistas, políticos, proclaman año tras año el objetivo. Un deseo no necesita justificación, pero la dan. Es una justificación deportiva, ciclista: dejar de pedalear equivaldría a caer, a ser atropellado por los restantes compañeros del pelotón. La terrible película Danzad, danzad, malditos, en la que unos jóvenes bailan hasta morir para ganar un concurso, se convirtió hace muchos años en la metáfora de un sistema que reduce la sociedad a mercado. Es una película bastante antigua, pero parece nueva. Han cerrado bastantes fábricas durante el pasado año. No es oro todo lo que reluce en el comercio navideño. He ahí el destino: crecer, danzar, pedalear; o caer. (O naufragar una y otra vez en patera hasta que las pateras pierden su raíz dramática y se funden con el paisaje marinero como las gaviotas; y como las mareas negras que periódicamente se repiten, inevitables, al parecer, como el Etna o el Stromboli que, de vez en cuando, se desperezan y destruyen todo lo que encuentran a su paso. Catástrofes naturales: la aportación de José María Aznar al liberalismo ha sido convertirlo en un fenómeno natural, con su belleza salvaje y sus catástrofes).

El futuro que la puerta de enero abre conduce a una guerra inevitable. La aceptamos como una de estas fatalidades que Aznar (y con él todos nosotros) ha descubierto en la naturaleza de las cosas. Es tal la aceptación de la inevitabilidad de la guerra del petróleo que los cuatro gatos que se oponen a ella apenas aparecen en los medios. En plena comilona navideña, unos jóvenes ayunaron durante dos días por la paz recogiendo firmas contra la guerra; pero unos secundarios barcelonistas consiguieron mil veces más resonancia mediática en su fracasada recogida de firmas contra Gaspart. Si no existe la duda, no existe la libertad, y el hecho es que la duda (no la crítica, simplemente la duda) sobre el sistema ha desaparecido. El reflexivo Jano ha perdido su espacio. Se habló durante el año pasado del nihilismo exasperado de los nuevos terroristas. Nadie parece advertir el nihilismo melancólico que arraiga como la hiedra en el corazón de Occidente, oculto entre dorados oropeles. Con ácida belleza lo (pre)sintió Fernando Pessoa: "Sé muy bien que en la infancia toda la gente tuvo un jardín, / particular o público o del vecino. / Sé muy bien que jugar era nuestro único mandamiento / y que la tristeza es de hoy".

Es la tristeza del adulto occidental que conoce la inutilidad (la crueldad, incluso) del tren de su vida y no puede hacer nada.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción