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Reportaje:VIAJE DE AUTOR

Petra, la llave secreta del desierto

Una ruta beduina por Jordania hasta la ciudad perdida de los nabateos

Hasta su anexión por Roma en el año 106, la capital de los nabateos fue un próspero enclave en las rutas caravaneras. Tras siglos de olvido, sus fabulosos templos se ofrecen llenos de misterio. Hasta su anexión por Roma en el año 106, la capital de los nabateos fue un próspero enclave en las rutas caravaneras. Tras siglos de olvido, sus fabulosos templos se ofrecen llenos de misterio.

Según cuentan, en el ojo del huracán se disfruta de una calma absoluta. No se trata de un hecho casual, sino del resultado de un complicadísimo juego de tensiones y fuerzas que se equilibran. Así ha sido siempre y así sigue siendo Jordania.

Este país pequeño, con forma de escuadra -por culpa, según cuenta una leyenda guasona, de un hipido que le sobrevino a Winston Churchill cuando lo dibujaba sobre un plano-, tan desértico que es uno de los países más pobres en agua del mundo, y que por no tener no tiene ni petróleo, puede alardear, sin embargo, de ser paso obligado para todo el que se interne en el Oriente Próximo. Situado entre Israel, Siria, Irak y Arabia Saudí, ha disfrutado de una política malabarista que empezara con los antiguos nabateos y que alcanzó su esplendor con el fallecido rey Hussein, padre del actual rey Abdullah. Los nabateos nos dejaron como colosal herencia las ruinas de Petra, y quizá la actual monarquía hachemí pueda transmitir como legado su colaboración en una paz que por el momento parece inalcanzable. Todo depende del buen ejercicio de la sensatez y de cómo gestione Jordania su población palestina, que ha alcanzado el 70% del total del país y que en gran parte se considera refugiada a pesar de que ya en 1960 se le concedió el derecho a la ciudadanía.

La capital, Ammán, tiene todas las fachadas de sus edificios revestidas de piedra blanca, lo que le da una sosegadora palidez cuando se la contempla desde lejos. Su ubicación en el centro del país y su amplia oferta hotelera la convierten en un lugar ideal para emprender la visita de Jordania, y, aunque tiene un escaso interés para el visitante, hay algunos lugares en ella que merecen la pena. Uno es el teatro romano, principal vestigio de la ciudad conocida entonces como Filadelfia (los guías disfrutan contando que muchos norteamericanos, propensos como son a ignorar la cronología en beneficio del ardor patrio, comentan con orgullo que los romanos tomaron ese nombre del de la ciudad homónima de Pensilvania). También es recomendable ascender al palacio Omeya, que fue en el pasado la residencia del gobernador. Su cúpula de madera y plomo ha sido reconstruida recientemente por carpinteros sevillanos, y desde allí se disfruta de unas espléndidas vistas de Ammán.

Desde la capital se pueden realizar dos pequeñas excursiones. Una hacia el norte, a las ruinas de Jerash, la antigua Gerasa que floreció gracias al comercio con los nabateos y que, tras un lento declive de siglos, fue destruida por el devastador terremoto que en el año 747 asoló todas las poblaciones de la zona. Aunque es bellísima su inmensa plaza oval rodeada de columnas jónicas -ella sola justifica la visita-, la mayor parte está por excavar y muchos edificios permanecen desmoronados, lo que llena al visitante de una intensa melancolía arqueológica que, sin embargo, mengua a Jerash del embrujo que puedan tener la Pompeya italiana o la Volubilis marroquí. La otra excursión es al mar Muerto, muy recomendable por los peelings con el barro que cubre su fondo y los saludables baños en sus aguas. Dicen que media hora de inmersión rejuvenece un lustro. Y así, mientras uno flota como un corcho y espera que un ratito en remojo le devuelva a los 20 años, puede contemplar los territorios palestinos de Cisjordania que se extienden al otro lado de las aguas y reflexionar, desde un ocio que en el Oriente Próximo es un regalo extraño, acerca de la complicada y demoníaca naturaleza del odio.

Los castillos del desierto

Es ésta una de las travesías más cautivadoras que pueden realizarse. Al este de Ammán se extiende un largo desierto cruzado tan sólo por el oleoducto Transarábigo y la carretera que conduce a Irak. Tomando esta vía, que atraviesa inmensos pedregales de origen volcánico y por la que circulan casi en exclusiva multitud de camiones cisterna, se pueden encontrar diversas fortalezas que alzan sus muros en medio de la nada. Son los llamados castillos del desierto. Aunque algunos fueron erigidos con anterioridad a la llegada de los califas omeyas, serían ellos quienes los llenaran de un contenido que aún hoy se respira entre sus paredes y que es, seguramente, su mejor legado antes de ser expulsados por los abasíes y de su largo peregrinaje que acabaría en Córdoba.

Hay muchos castillos, pero tres merecen especial atención. El Qasr Kharana, un cubo elegantísimo y de una sobriedad que encoge el alma, se supone era el lugar donde los gobernantes omeyas se reunían con los jefes beduinos de la región. Su imponente estructura aparece como una roca de extraña belleza en la inmensa explanada desértica. El Qasr al Azraq se hizo famoso por haberse instalado en él Lawrence de Arabia en su guerra contra los turcos. Es un fuerte impresionante levantado en su totalidad -incluida la viguería... ¡y hasta las puertas!- con piedras de basalto. Pero el mejor castillo de todos, un verdadero tesoro imposible de olvidar, es el Qusayr Amra. Lo ordenó edificar Walid I, el mismo califa que erigiera la mezquita de Damasco. Antiguo caravasar y pabellón de caza, su silueta de colores terrosos se alza junto a un pozo. En apariencia anodino, tan pequeño que consta tan sólo de una sala de audiencias, unos baños y dos habitaciones privadas, su interior está revestido por entero de unos frescos de una belleza turbadora. En ese lugar, lejos de las rigurosas prohibiciones islámicas que regían en Damasco, los jefes musulmanes podían disfrutar de la contemplación de estas pinturas en las que vemos mujeres bañándose desnudas y escenas de caza con jaurías de estilizados perros. Es tanta la magia de estas salas que resulta fácil imaginar cómo se le desbocaba el corazón al arqueólogo español Antonio Almagro, cuando, en los años setenta, comenzaba a excavar el lugar y a limpiar los frescos. Allí, a salvo de miradas intrusas, los califas omeyas habían elevado un espléndido monumento a la alegría de vivir.

La ciudad de Petra

El gran tesoro de Jordania se encuentra al sur, a las puertas del desierto de Wadi Rum, que ocupa los últimos lindes del país y continúa en Arabia Saudí. Es recomendable descender hasta Petra por la Ruta del Rey, que circula por entre el mar Muerto y la carretera del interior. Se pasará así por la ciudad de Madaba, donde se pueden visitar sus famosos mosaicos. El más impresionante de todos, sin embargo, se encuentra un poco antes, en la iglesia que corona el monte Nebo, desde donde Moisés alcanzó a ver la Tierra Prometida que nunca llegaría a pisar. Este mosaico -que reproduce osos, cebúes, leones y animales extinguidos en la actualidad, junto a miembros de los diferentes pueblos de la época en que fue realizado-, aparte de contener una información valiosísima, es uno de los más bonitos que pueden verse en el mundo, y se conserva en perfecto estado por haber sido cubierto con otro pavimento para protegerlo de los iconoclastas.

Llegaremos así a Wadi Mousa, la población repleta de hoteles que ha crecido junto a las ruinas de Petra. Se hace sumamente importante descansar bien, pues nos espera al día siguiente un madrugón y una caminata que puede llegar a alcanzar los 20 kilómetros. Porque Petra, la antigua capital que los nabateos alzaran en un profundo cañón rodeado de montañas cortadas a pico, es tan inmensa como fascinante. Y me atrevería a decir que es también, además de uno de los monumentos más atractivos que existen, la esencia misma de Jordania. Los nabateos, una tribu nómada procedente del oeste de Arabia, vivían de saquear las caravanas hasta que descubrieron que era mucho más rentable cobrarles impuestos por atravesar sus tierras. Habían descubierto que vivían en el ojo del huracán. Poco a poco fueron creando una gran zona de influencia que llegaría hasta Siria, y para protegerse construyeron una capital que resultaría inexpugnable hasta que los romanos lograron tomarla en el año 106 después de Cristo. Tras su decadencia, Petra fue recuperada por los bizantinos, pero con la invasión islámica se sumió en el olvido. Así se mantuvo durante medio milenio, olvidada por todos salvo por los beduinos que vivían en ella, hasta que a principios del siglo XIX el viajero suizo Johann Ludwig Burckhardt, de paso por el lugar, oyera hablar a los habitantes de la región de unas ruinas ocultas en las montañas.

La grandeza de los nabateos

Describir Petra es prácticamente imposible sin recurrir a la poesía. Se accede a ella por un desfiladero (o siq) que mide más de un kilómetro de largo. Por sus paredes se deslizan las canalizaciones para la entrada del agua y las siluetas erosionadas de los camellos y los comerciantes de una caravana tallada en la roca. El siq desemboca en el famoso Tesoro, tumba de un rey nabateo, que hay que contemplar al atardecer, cuando la rojiza piedra arenisca refulge de tal manera que parece que el sol se esté poniendo en su interior. Desde allí se accede al valle, rodeado por cerca de 3.000 sepulcros y edificios excavados en las rocas que lo rodean. Algunos de los sepulcros se encuentran en lo alto de las montañas, como el Monasterio, llamado así porque fue utilizado como iglesia en la época bizantina. Para llegar hay que ascender más de 800 peldaños, pero es un esfuerzo de casi una hora que merece la pena realizar. Desde ese lugar se aprecia toda la grandeza de lo que fue la capital nabatea.

Al caer la tarde, cuando los agotados visitantes comienzan a retirarse, los hijos de los beduinos que vivieron en Petra hasta mediados de los ochenta -y que finalmente aceptaron desplazarse a un pueblo cercano a cambio de explotar comercialmente las ruinas- se encaraman a los mausoleos y, tumbados en las alturas de las estrechas cornisas, tocan la flauta y canturrean en un sopor cuajado de ecos. Es entonces cuando el viajero se hace consciente de la inmovilidad absoluta que se respira allí, en el corazón de un país que bebe agua fósil y que ve cómo las caravanas, sean de camellos cargados de especias o de camiones cisterna llenos de petróleo, lo atraviesan una y otra vez como ha sucedido siempre en la desolada Jordania, ese desierto lleno de vida que es la llave secreta y el único reducto de paz en una zona dominada por un conflicto inextinguible.

GUÍA PRACTICA

Datos básicos

Población: Jordania tiene 5,3 millones de habitantes. Prefijo teléfonico: 00 962.

Cómo ir

- Iberia (902 400 500).Vuelos todos los días desde Madrid a Ammán. A partir de enero, ida y vuelta, 505 euros con tasas.

- Air France (901 11 22 66) tiene vuelos los lunes, jueves y sábados desde Madrid, vía Paris, a Ammán. A partir de enero, 582 euros con tasas.

- Royal Jordanian Airlines (91 542 23 03) ofrece vuelos los miércoles, sábados y domingos desde Madrid a Ammán, por 477,16 euros.

Dormir

- Hotel InterContinental Jordan (6 464 13 61). Queen Zein Street, s/n. Ammán. La doble, 131,54 euros.

- Hotel Days Inn (6 551 90 11). Omar Bin Abdul Aziz Street, s/n. Ammán. La doble con desayuno, 62,35 euros.

- Nabatean Castle Hotel Wadi Mousa (3 215 72 01). Apartado postal 184 (71811). Petra. Lujoso hotel de la cadena suiza Mövenpick. La doble con desayuno, 77,94 euros.

- Lista de hoteles de Jordania, en: www.jordan-hotels.com o en www.johotels.com.

Información:

- Oficina de turismo de Jordania en Barcelona (93 207 26 49).

- www.see-jordan.com.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de diciembre de 2002

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