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Crítica:

Huellas de escritura

Las obras recientes de Mon Montoya, que se exhiben en Madrid, parecen desplegar ante nuestros ojos la historia de los signos gráficos que han trazado los seres humanos sobre los muros desde la más remota antigüedad. Gestos gráficos cercanos al expresionismo.

Desde los más remotos orígenes, el hombre ha sentido un impulso de trascendencia que le ha inducido, al contrario de lo que sucede con el resto de los animales, a intentar dejar una huella consciente de su paso por el mundo. Entre los signos, hoy incomprensibles, trazados en las cuevas prehistóricas y las obras de arte de la actualidad más inmediata se tensa un arco que recorre esta voluntad de trascendencia, ese reconocimiento arrogante de que el hombre es alguien sobre la Tierra. Cuando se contemplan las últimas obras de Mon Montoya (Mérida, 1947), parece como si nos hubiéramos puesto delante de toda esa historia de signos gráficos que han sido trazados en las superficies murarias desde la más remota antigüedad. En la superficie de sus cuadros se aprecian capas y trazos realizados con pintura que son como una especie de signos que se han ido superponiendo, escritos sobre otros escritos, huellas de diferentes épocas que se solapan creando ritmos pulsionales. Indudablemente, Montoya destila en sus cuadros aquello que se ha ido sedimentando como la memoria de su experiencia y lo devuelve en forma gráfica como enigmáticos cuadros.

MON MONTOYA

Galería Almirante Almirante, 5. Madrid Hasta el 12 de enero de 2003

Sí, son enigmáticos estos cuadros. Lo son en cuanto que no es posible descifrar el sentido de estas tramas de signos que aluden a un supuesto lenguaje personal. Hay que aclarar, no obstante, que estas obras no son literarias, no se trata de escrituras para ser descodificadas en una lectura, sino simples pinturas, superficies pintadas para ser vistas. Al mirar estas superficies, el ojo del espectador se enreda en una contemplación que parece no tener fin, ya que discurre por ámbitos sin referencias a la escala y sin bordes que limiten superficies, en los que sólo se distinguen varias profundidades de signos, diversos estratos de caligramas, tal vez, distintas épocas de escritura.

Si nos desembarazamos de cualquier pretensión hermenéutica y nos disponemos a disfrutar con lo meramente plástico, entonces estos signos se nos muestran despojados de cualquier pretensión de trascendencia, como simples gestos abstractos que tejen unas superficies que se caracterizan sólo por aquellas cualidades que derivan del color, la textura, el cambio de matiz, las veladuras, la espesura, etcétera, es decir, como cuadros abstractos de filiación expresionista en los que los gestos gráficos han cobrado formas ideogramáticas. Así, en algunos de estos signos se pueden reconocer como un cuerpo, una escalera, unos ojos o un árbol que han sido dibujados con trazos dubitativos o infantiles.

La lectura interpretativa de estos cuadros, por tanto, no puede ser sígnica sino contextual. El problema consiste en cómo conferir algún sentido a un lenguaje plástico del que se ha retirado su cualidad de describir. Un intento puede consistir en recurrir a los poéticos títulos con los que el propio pintor ha bautizado sus obras, sin embargo, los títulos más que ayudar a comprender el sentido último de los cuadros lo que hacen es arrojar sombras de incertidumbre sobre la banalidad del propósito de Mon Montoya de cifrar sus pasiones en líneas y superficies.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de diciembre de 2002