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Crítica:FOLCLOR | FANFARE CIOCARLIA

La boda soñada

Llenazo por partida doble y con gente en la acera sin poder entrar. Por qué mil personas se desplazan para ver a la Fanfare Ciocarlia y apenas unas decenas a escuchar a Alim Qasimov pertenece a ese misterio que los promotores de conciertos sueñan con desentrañar. Quizá sea que hay muchas ganas de fiesta y pocas ocasiones tan propicias.

El ritmo binario de la verbenera Ciocarlia rumana engancha. Su música recuerda a las películas de Kusturica -cuando suena Nicoleta-. Y es que esta orquesta de metales es lo más parecido a una traca. Tubas, saxos y trompetas alían su tímbrica agreste para el alborozo general. Se jactan de ser los 12 gitanos más veloces del Este y el metrónomo enloquece: interpretan danzas rumanas, temas turcos, búlgaros y macedonios. Cuanto más rápido y fuerte, mejor. El público reclama la presencia de Aurelia, la bailarina, y ellos tocan Moliendo café, con Aurelia por fin moviendo caderas y vientre. Al final se mezclan con la gente y pasan la gorra.

Fanfare Ciocarlia

Sala Caracol. Madrid, 6 y 7 de noviembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de noviembre de 2002