San Gaudí sube a los cielos

En Gaudí, recién estrenado en el Barcelona Teatre Musical, con proa a una larga gira por España a partir de enero, conviven lo mejor y lo peor, el oro y la ganga. Yo diría que estamos, de entrada, ante la mejor producción de este género que se ha hecho en nuestro país: podría competir sin problemas, por excelencia artística, con cualquier espectáculo de Broadway o el West End. En un platillo de la balanza hay que colocar la formidable labor del reparto, encabezado por Miquel Cobos (Gaudí), un actor-cantante que dará que hablar, de estupenda voz y gran entrega, presente en escena durante las casi tres horas de representación, secundado por la operística Alicia Ferrer (la madre), Xavier-Ribera Vall (el conde Güell), Mone (Pepeta, el amor imposible), Isabel Soriano (su hermana) y Laura Mejía (la sobrina de Gaudí). Igualmente incuestionables son los coros, la coreografía, el vestuario, los decorados, con proyecciones digitales y holográficas, y la fluidísima dirección escénica de José Antonio Gutiérrez y Elisa Crehuet, demostrando aquí que pueden lidiar con cualquier toro que les echen. Hay una orquesta de 18 músicos que suena de fábula, a las órdenes de Francesc Guillén, y, baza básica, la partitura de Albert Guinovart (Mar i Cel, Flor de Nit), nutrida, compleja (cuarenta piezas, que se dice pronto), con exceso de referencias (de Lloyd Webber a Bernstein pasando por Sondheim y Ravel), pero con una gran riqueza melódica e instrumental, pasajes de una gran frescura (Cherchez l'amour, todo un standard), verdadera emoción (el soberbio Requiem) y vuelo lírico (He somiat y Donar'se, los temas estelares). En el otro plato de la balanza, el libreto de Jordi Galcerán y Esteve Miralles, la mejor clausura imaginable para un Congreso Eucarístico.
Los delirios del arquitecto en su lecho de muerte sirven de pretexto a una sonrojante hagiografía, maniquea hasta decir basta, sin un átomo de humor o distancia crítica: entre la opción de contarnos la lucha artística de un visionario enfrentado a su época (línea El manantial) y la de vendernos a un santo de yeso como souvenir se ha optado por esta última, sin duda más rentable. En el mundo de Jordi Galcerán y Esteve Miralles hay bellísimas personas (Gaudí, su madre, que era una santa, y el conde Güell, que parece salido de un anuncio de turrones), obreros como Dios manda (los que construyen la Sagrada Familia) frente a mujeres pérfidas y canallas del arroyo, como las putas y maleantes que, al parecer, protagonizaron la Semana Trágica guiadas por un inconcreto espíritu del mal, en un inenarrable 'apunte histórico' que culmina con la imaginada crucifixión del protagonista, highlight psicotrónico sólo superado por la escena -hay que verla para creerla- en que mamá Gaudí asciende al cielo en cuerpo y alma. ¿Para cuándo ¡Escrivá! El Musical?
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