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Reportaje:VUELTA 2002 | 21ª y última etapa

La carrera de las traiciones

Sevilla, Aitor, Mancebo, Casero, Perdiguero, Beltrán... han tomado decisiones chocantes en la ronda

Carlos Arribas

'Verdi ha muerto' fue la frase que inauguró el siglo XX; 'el romanticismo ha muerto (por lo menos en el ciclismo)' podría ser la del comienzo del siglo XXI. El romanticismo, o el impulso generoso, o la abnegación del gregario o la solidaridad sin recompensa, como quiera que se diga. Ha llegado la era de los corredores con iniciativa propia, de los individualistas, de los traidores. O por lo menos eso ha parecido en la Vuelta que ayer terminó.

Todo comenzó el segundo día, antes incluso de que la mayoría de los seguidores de la Vuelta supiera quién era Aitor González. El ciclista guipuzcoano-alicantino era la baza secreta, el tapado del Kelme, y Vicente Belda había prohibido que se le citara en ningún contexto. Pero esa norma se la saltó precisamente Óscar Sevilla, en apariencia el líder único del Kelme. 'Aitor es el líder del equipo, yo voy a trabajar para él', soltó el manchego en medio de un pelotón alucinado mediada la segunda etapa. A Belda le llegó la noticia. Se destapaba la estrategia oculta y, aunque obligó a Sevilla a desmentirse, el director alicantino no pudo evitar la primera crisis dentro del equipo. No fue la primera traición de Sevilla, el ciclista con cara de niño y sonrisa de ángel. Tres días después, durante la ascensión de Sierra Nevada, Aitor, que todavía era una incógnita, marchaba escapado, pero eso no le importó a Sevilla, que atacó por detrás.

Fue una acción que no extrañó a nadie por entonces, un hecho que, además, quedó tapado por otro acto desleal en otro equipo. Sevilla no saltó solo, sino que lo hizo a la rueda de Manuel Beltrán, el gregario, en teoría de Casero en el Coast. Casero es un rodador que se defiende subiendo, y sufriendo. Beltrán es un ágil escalador que llevaba detrás al líder y no le importó cambiar de ritmo, dejar clavado a Casero e intentar su propia aventura. Aquella noche, Juan Fernández, su director, se encerró con él en la habitación, le echó la bronca de turno y le cortó las alas: le prohibió moverse el día siguiente, cuando la Vuelta llegaba a La Pandera, en Jaén, la ciudad de Beltrán, el puerto que más iluºsión le hacía.

Lo de Mancebo no fue una traición en sentido estricto, aunque algún compañero de equipo así lo interpretara, fue una defección inexplicable. El líder del iBanesto.com abandonó sin dar explicaciones después de que se quedara cortado en una etapa llana por su costumbre de ir a cola de pelotón casi siempre. La Vuelta marchaba caliente, y aún faltaba la traca final. La venganza de Aitor, la venta de Perdi, la respuesta de Sevilla.

Aitor fue codicioso y asaltó el maillot amarillo cuando vio flaquear ligeramente al líder, su compañero Sevilla. Le dejó clavado en el Angliru, pero en el siguiente final en alto, La Covatilla tuvo que soportar la visión de su amigo del alma, Perdi, trabajando, por dinero, para su gran rival, el líder Roberto Heras. Se quedó solo y aún tuvo tiempo de vivir la tercera venganza de Sevilla, que sólo al final, y cuando se le fue Beloki, le echó una simbólica mano. Pero Aitor, el ganador final, es también el símbolo del nuevo estilo. Sonriente y solitario hasta el final, pensando sólo en sus necesidades, acabó triunfador. Y abrazándose emocionado con su siempre amigo Perdiguero.

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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