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VUELTA 2002 | Cisma en el Kelme

Sí al Angliru

'Asesinos, asesinos', les gritaban enfurecidos los ciclistas a los organizadores de la carrera cuando superaban sus vehículos aparcados en la cuneta. Ocurrió hace más de 90 años, en el Tour de Francia. Los corredores, los esforzados de la ruta, descendían, por caminos de tierra, barrizales, el Tourmalet o el Aubisque, los primeros puertos pirenaicos que se franqueaban nunca. A los ciclistas les parecía una exageración, una salvajada, un hecho inhumano, una esclavitud. Los años han pasado. El Tour es ahora un monumento; el Tourmalet, el Aubisque, y también el Galibier o la Madeleine, en los Alpes, se han convertido en lugares de peregrinación, en mitos. Desde entonces, el ciclismo es un deporte apoyado en la leyenda, en la tragedia, en la epopeya; es un deporte único, y por eso ha sobrevivido. Los ciclistas son grandes, desde el primero hasta el último, los ciclistas son admirables, a los ciclistas se les quiere, se les disculpa, se les perdona, simplemente por eso, porque son capaces de hacer algo que el aficionado sentado en su sillón, que el hincha que llena las cunetas, nunca sería capaz de hacer. Porque el ciclista es capaz de correr la París-Roubaix, la carrera del adoquín resbaladizo, de las caídas múltiples, del barro y los pinchazos, porque es capaz de subir el Angliru y sus rampas imposibles, y de bajar el Cordal y sus curvas traicioneras, de caerse y levantarse y seguir herido, y de todo lo que le echen.

Algunos corredores de ahora, como Beloki o Sevilla, herederos de los pioneros del Tour, no han dudado de calificar de 'inhumano' al Angliru, de 'salvajada' la etapa del domingo. Algunos directores han puesto el grito en el cielo, los coches se calan a cinco por hora, los embragues se queman, la carretera se bloquea, los corredores con averías no pueden ser atendidos, reina el caos, el espectador, dicen, sólo acude a ser espectador del morbo-show. Exageran.

La mayoría de los ciclistas que el domingo se empaparon y se retorcieron en el 24% de la Cueña les Cabres salieron fortalecidos de la experiencia, se sintieron mejores, más grandes, después de superar el desafío contra sí mismos. Los corredores bloqueados por las averías fueron unos cuantos, pero nadie perdió la Vuelta por ello. No hubo espectadores morbosos, sino admiradores del esfuerzo de sus héroes. El Angliru contribuyó a la leyenda de la Vuelta; la etapa fue extraordinaria. Y si los coches se queman, que no suban, que los mecánicos vayan en moto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de septiembre de 2002