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Reportaje:

'No hay que engañarse, está muerto'

Marco Siffredi desaparece en el Everest cuando trataba de completar por una ruta escalofriante su segundo descenso integral en 'snowboard'

Con sólo 23 años, el francés Marco Siffredi había tenido tiempo suficiente para fabricarse una obsesión en el Everest. Contra la lógica, no soñaba con escalar esta montaña, sino con deslizarse sobre su tabla de snowboard desde la cima, como si no le bastase con imitar al resto: sufrir en la subida y sobrevivir durante el descenso. Desaparecido en el punto más alto del planeta desde el pasado día 8, parece evidente que su fijación le ha costado la vida, aunque no habrá desaparecido sin cumplir su sueño. En su caso, su muerte se debe más que a un sueño roto, a la obsesión por deslizarse por la que él denominaba 'la vía más pura', puesto que en 2001 firmó el primer descenso integral de la cara norte del Everest desde el corredor Norton. Ese día bajó un desnivel de 2.400 metros en poco más de dos horas.

Siffredi era la referencia de los snowboarders extremos, los que se atreven a deslizarse con su tabla por imposibles pendientes nevadas. También era un alpinista sobresaliente, heredero de la pasión paterna por este deporte. Cuando uno nace en Chamonix, en el corazón de los Alpes franceses, y es hijo de un guía de montaña, las cosas acaban dándose por sí solas. Siffredi empezó pronto a escalar, y a esquiar, y sólo en 1997 se animó con la tabla de snow. El contacto le cambió la vida. Pronto se atrevió a descolgarse a lomos de su herramienta por los corredores más verticales de los Alpes, cortando la nieve por lugares complicados de escalar, por pendientes de 55 o 60º terriblemente comprometidas. Pero a diferencia de los alpinistas, y él era uno sobresaliente, la escalada no representaba un fin en sí mismo sino un preámbulo de su particular pasión. 'Un buen alpinista hubiera escalado el Everest sin oxígeno artificial', se lamentaba, modesto, Siffredi poco después de deslizarse en mayo de 2001 por la cara norte de la mítica cima.

Ese día, poco antes de calzarse la tabla en la cima, se desprendió de la máscara y de las botellas de oxígeno y fumó un porro disfrutando las vistas. Después, hizo lo que nadie había osado hacer antes y regresó a casa, al camping que su familia gestiona en Chamonix, con una idea en la mente. Empezó a ahorrar de la misma, la vista puesta en el vertiginoso corredor Horbein, en sus 3.000 metros vertiginosos, una de las vías menos transitadas, por complicada y expuesta, de la cara norte del Everest. Ajeno a los grandes patrocinios, Siffredi se entregaba al trabajo de hostelería en verano para financiarse sus proyectos, retos íntimos a los que no le gustaba dar publicidad. Muchos de los habitantes del campo base del Everest en 2001 no se enteraron de la existencia de Siffredi hasta que le vieron surgir sobre su tabla. Su delgadez y su aspecto, piercings, pendientes y peinados excéntricos disimulaban una fuerza impresionante: subía por delante de sus sherpas, desenvuelto, insultantemente cómodo en un medio tan hostil como el del Himalaya. En 2001 también se había deslizado desde la cima del Cho Oyu (8.201m) y un año antes, desde la de otro de los 14 ochomiles del planeta, el Shisha Pangma (8.046m). Algunos invierten toda una vida en escalar una sola de éstas montañas.

El descenso definitivo

Pero el corredor Horbein estaba en su cabeza y en las fotos que manejaba, imaginando el gran descenso, el definitivo, el que debería saciar por un tiempo su voracidad. Según la agencia France Presse, Siffredi fue visto en vida por última vez el pasado día 8, domingo, deslizándose sobre su tabla a 8.500m, un poco por debajo del primer peldaño de su obsesión. Después, la pared se tragó al surfista. 'No hay que engañarse. Nadie sobrevive tantos días a esa altura. Está muerto', declaró su madre, que perdió al hermano de Marco en una avalancha. Con ayuda de sus prismáticos, Olivier Besson, amigo de Marco, pudo contemplar los últimos giros de éste justo cuándo entraba en el corredor, pero no el resto del imponente descenso que queda oculto a la vista desde el campo base.

Siffredi nunca alcanzó la tienda colocada a 6.000 metros, donde le aguardaba un sherpa para avituallarle. Su teléfono móvil vía satélite tampoco ofreció respuesta alguna. No hay rastro de él. Siffredi conocía perfectamente el alcance y la temeridad de sus retos. 'A lo peor, estás de vuelta a mediados de octubre', le comentó un amigo a sabiendas de que las condiciones climatológicas podían abortar su intento. 'A lo peor, no vuelvo', respondió Siffredi.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de septiembre de 2002