Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
LA EXTRAÑA PAREJA

Se acabó el mes-bocadillo

Ahí va otra metáfora sobre escribir en agosto. Es como practicar un deporte de alto riesgo y desnucarte porque la cuerda que utilizaste no estaba lo bastante segura. Luego no vale quejarse de que la compañía responsable no la revisó a fondo: se supone que, si te gusta el riesgo extremo, que te pongan cuerdas defectuosas constituye el colmo de tus pretensiones, aunque te escoñes.

Y otra metáfora más. Agosto es como un emparedado en cuya confección no puedes escoger ni el pan ni su contenido. Ejemplo: el 1 del mencionado mes amanecimos con masacre perpetrada por Hamás en la Universidad Hebrea de Jerusalén, como consecuencia del asesinato perpetrado por el Ejército israelí de 15 palestinos, muchos de ellos civiles y niños, en Gaza.

De cómo se puede pasar un mes de agosto sin salir de Ariel Sharon ni de Belén Esteban, y sin ni siquiera endurecer el corazón a pesar de ir camino de Xena, gracias a la preparación del entrenador físico.

No sé con qué nos despertaremos hoy, pero a la hora de escribir este artículo sé que el dicho Ejército se ha cargado a una familia palestina, en Gaza, en un bombardeo indescriptible en el que consiguió, además, neutralizar una partida de frigoríficos que tomó por misiles: se los cargó también (los frigoríficos). De todas formas, ¿para qué quiere nevera una familia muerta? Fuera familia, fuera necesidad de electrodomésticos.

La doctrina del Gran Pensador Occidental, el señor Bushing, haciendo estragos entre su aliado-amo. Y ojo a la Operación Gaza, primero. No quiere decir que los militares reocupantes abandonarán primero Gaza y, después, Belén, como insiste la insulsa propaganda, sino que arrasarán Gaza primero, y luego lo que les plazca.

Pero veamos la otra cara del asunto. Una crónica, como bien decía mi compañero de sección Juan José Millás en su impecable despedida de ayer, es como una maleta, que puede rellenarse con cualquier cosa. Y como un bocadillo, añado yo, modestamente.

Consideremos el aspecto feliz que esta vida nos ofrece: empezamos agosto con 'Belén Esteban, triste por la boda de Jesulín, pero deseándole lo mejor', y lo terminamos con 'Belén Esteban, hundida porque Óscar Lozano la ha dejado y se ha sentido utilizada'. Pardiez que son variadas las opciones del bocata.

Si hay algo que detesto de agosto es que nunca me invitan a los encuentros de José María el Quintanillo con los monjes de Silos, y bien que lo siento.

Quizá peco de vanidosa, pero sospecho que, a una intervención mía, se produciría un colgar de hábitos estrepitoso y un rasgar de vocaciones que ni Joaquín Rodrigo con El concierto de Aranjuez. Al menos, a la cena partidaria de despedida (cualquiera de ellas) sí podrían haberme convidado. Que no es lo mismo escucharlas por la radio, con ese tintinear de cubiertos que ahogan el mensaje del líder carismático cuando dice que ha vuelto dispuesto a todo y más sano que un yogur.

Hay cosas, sin embargo, que me gustan mucho de agosto. La primera, que no es septiembre. Por lo tanto, en agosto no ha habido Boda del Siglo Anterior, ni me he visto obligada a glosarla como merece. Aunque, pensándolo bien, ni siquiera yo, que sería capaz de fundir en una sola cena a una congregación de sufridos benedictinos (cada año les cae la visita presidencial, cada año; y sin mediar concesión de indulgencia plenaria por el Vaticano, que se sepa), podría glosar semejante acontecimiento como merece. Qué queréis, incluso una se siente desbordada en ciertas ocasiones. No es por amargar, pero septiembre es un mes peor, incluso en vacaciones.

Las mías transcurrirán en Oriente Próximo, adonde corro a ver a mis amigos antes de que mis aliados los conviertan en mis enemigos (parece un trabalenguas, o unas declaraciones de Carmina Ordóñez antes de reducir la dosis de pastillas, pero es una verdad como un puñado de puños), y en donde podré conmemorar amargamente un aniversario de septiembre que suele pasar desapercibido, los 20 años de la masacre de Sabra y Chatila.

Como dice mi preparador físico: 'Puedo convertirte en Xena si me das un par de décadas para entrenarte, pero ni con todo el tiempo del mundo por delante sería capaz de endurecer tu corazón'.

Él ha sido, con ustedes, uno de los placeres de mi agosto.

Hasta otra. Y que les vaya bonito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de agosto de 2002