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COLUMNA

Campamento

Les habíamos despedido con una mezcla de pena y alivio, acariciando en el bolsillo el abono para una juerga de versiones originales subtituladas. Y ahora, al filo del ecuador vacacional, el primer turno de niños de campamento asoma sus sucias narices de regreso al dulce hogar, acarreando un tesoro de insectos disecados, bolsitas de hierbas aromáticas y alguna manualidad bienintencionada. Unas veces son las obligaciones laborales de madre y padre, o cierto escrúpulo que indica la conveniencia de que los abuelos/esclavos disfruten también de un respiro estival. Otras, esa flaqueza que aqueja al urbanita adulto recomendándole que es bueno que los chiquillos del asfalto pisen algo de campo y monte, y aprendan otra manera de convivir, ya que la mili nunca más convertirá a los chicos en hombres.

Ahora la naturaleza y sus monitores nos los están devolviendo, a veces en un estado más bien lastimoso. No digo que algunos no lleguen enteros, y hasta contentos. Pero también les hemos visto emerger de la granja-escuela depauperados, piojosos. Y, con un aroma a pocilga incrustada hasta la médula, relatan anécdotas de cuidadores imberbes e inútiles mandando y amenazando como en campo de concentración. ¿Exageraciones? Quizá, nunca lo sabremos. A lo peor no tantas, cuando cuentan que los más lentos se quedaban sin comer, y que resistieron diez días de polvareda y sudores sin ducha porque era preferible aguantar la propia roña que la que flotaba en los aseos.

Luego están los mayores, a los que sale carísimo convertir en veraneantes de provecho: algo así como medio millón de los de antes por un mes en Inglaterra, y total, las más de las veces para que acaben sabiendo más gramática parda (en italiano, por ejemplo) que verbos irregulares, sobre todo si anidan en un geriátrico inundado de crema de zanahorias.

También se ofertan campos de trabajo solidarios, universidades de verano y escuelas para militantes. El PSPV ha celebrado una en la que, además de la inmersión en política, se garantizaba a las juventudes ritmos caribeños y 'talleres de masaje y de ligue para practicar de noche'. Toma ya, orgía a porfía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de julio de 2002