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DESDE MI SILLÍN

Días de tedio

El que la haya visto dirá: que etapa más aburrida, estos ciclistas están hechos unos vagos; salen guerreros, pin pan, se hace la fuga buena, la dejan marchar, y venga, a llevar la bici hasta la meta. Los escapados tienen coartada, vale, pero los otros, los del grupo, literalmente se los han tocado.

El que la ha corrido, que no piensa lo mismo, dice: qué etapa más larga, qué tedio, qué dolor de piernas. Nos ponen de salida una pequeña subida de 4 kms que impone más miedo y respeto que el mismísimo Tourmalet, y venga, a ver quién es el valiente que sigue a Jalabert, que en la cima termina la etapa.

Acostumbrados a la intensidad diaria, cuando sale un día como ayer, en el que se va despacio, sientes de repente como cae sobre tí el peso de todo el cansancio acumulado. Es cuando te relajas, cuando sacas al cuerpo del estado de alerta, cuando sientes como la fatiga te ha ido consumiendo sutil pero incansablemente.

Aprovechas el día para hablar con los amigos, pues aunque llevas muchos días viéndolos, apenas has tenido oportunidad de pasar de la charla superficial, si acaso en las salidas o en los hoteles, pero sobre la bici, poco más que el hola, qué tal ayer, y qué calor hoy, ¿verdad?; charla de ascensor, y poco más. Acostumbrados a tener que interrumpir la charla en el momento menos pensado, se agradece esto de poder terminar las frases.

Al final de estos días, sientes como que, tiene algo de sentido lo que has dicho, pero bueno, esto son cosas mías.

Y te enteras de noticias, cotilleos del mundillo e historiadas variadas que ocurren en carrera. Le felicitas a un amigo que acaba de ser padre, y te cuenta los pormenores del parto, de lo que fue el embarazo y de la pena que tiene por tener que estar aquí en este momento hablando conmigo. ¿Conmigo? Sí, pero tranquilo, la culpa no la tienes tú.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de julio de 2002