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Crítica:KHALED | 'RAI' | GREC 2002

Ritmo y color

Khaled ha alcanzado ya el rango de megaestrella, y no sólo entre las comunidades magrebíes o entre los cada vez más numerosos aficionados a las músicas del mundo. El público que llenaba el Poble Espanyol el martes por la noche mostraba las más variadas procedencias sociales y culturales: el número de magrebíes era alto y, por supuesto, se notaba una pátina de esnobismo en una parte de los asistentes, pero entre ambos extremos se movía un abanico de gente muy variada atraída por el ritmo, el color o simplemente por la curiosidad. Probablemente ninguno salió defraudado. El de Khaled fue un concierto cargado de ritmo y de color.

El músico argelino afincado en Francia fue recibido con una ovación de gala, y el calor y el entusiasmo ya no decayeron. Khaled apareció en escena con muletas, convaleciente de una intervención en el pie izquierdo, y tuvo que ofrecer el concierto sentado en un taburete. Daba igual porque todo a su alrededor estaba en constante movimiento y su inmovilidad casi ni se notó.

Khaled

Poble Espanyol. Barcelona, 9 de julio.

La música de Khaled es cada vez más abierta, el rai puro y duro es ya simplemente una base -eso sí: muy sólida- sobre la que construir un edificio rico en matices y sensaciones que, además, nunca pierden su condición bailable. Con un robusto acompañamiento en el que, como ya es norma, se mezclaban los instrumentos eléctricos con los sonidos más ancestrales del norte de África, Khaled ofreció un concierto contundente, sólo eclipsado por un exceso de sintetizadores que, en muchos casos, dominaban el conjunto empobreciendo muchas ideas brillantes. Una vez más la sonorización no estuvo a la altura de las circunstancias: demasiado opaca y sucia para el excesivo volumen utilizado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de julio de 2002