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Crónica:Semifinales de la Liga de Campeones | BARÇA-MADRID, LA ELIMINATORIA DE LAS ELIMINATORIAS

A grito pelado

El balón fue siempre a las botas azulgrana hasta que Hierro dio cuatro voces a sus compañeros

La gente de Barcelona se congregó en masa para comprar rosas y libros por la mañana. A las 20.40, emitió el ruido hiriente de una gigantesca cafetera hirviendo. Estallaron petardos, se prendieron varias bengalas y el Camp Nou vomitó una columna de humo para recibir al Real Madrid en la noche de la festividad de Sant Jordi. Un mosaico de cartulinas amarillas, azules y rojas inundó la grada este del monumental estadio azulgrana con un mensaje de optimismo, dirigido a la ciudad donde se disputará la final el próximo día 15 de mayo: "¡A Glasgow!". El primero en salir del túnel de vestuarios fue Fernando Hierro, el capitán. Le siguieron sus homónimos por orden protocolar, Raúl y Guti. Luego el resto de la tropa. Y el último, Zidane.

Raúl sacó desde el centro del campo para Zidane, y el francés irritó tremendamente al público con el primer tacón de la noche: de primera para Hierro que rompió el balón hacia la banda izquierda, para que Guti se buscara la vida, entre la marca compartida de Reiziger y el brasileño Rochemback.

Así comenzó un partido áspero, emocionado, de fútbol a fogonazos y novedades tácticas. Bajo la silbatina, el Madrid debió aprender a convivir en un nuevo orden en la pizarra. Los rumores que circularon en el vestuario antes del partido, sobre la necesidad de jugar con un trío de centrales, se materializaron casi sin tiempo de ensayo. La prueba y el estreno fueron ayer y los desajustes se arreglaron a grito pelado, sobre todo por parte de Hierro, que fue el central libre, con Helguera como central derecho y Pavón volcado a la izquierda.

Luis Enrique llegó a convertirse en un ardoroso jugador madridista hasta que se vino al Barça, hace seis temporadas. Como el amor no pide cuentas, ahora los culés lo idolatran. Así lo hacía una señora que vendía pescado en el mercado de la Boquería, ayer por la mañana, en Las Ramblas. "¡Éste va a meter el primer gol!", predecía, señalándose el pecho, con un crucifijo y una camiseta estampada con la foto del centrocampista. Casi acierta.

Mediada la primera parte, superó a Hierro en el salto y cabeceó un córner al larguero. Minutos antes le había tirado un caño a Zidane y había dejado la marca de su suela en la espinilla derecha de Solari.

El gol llegó en medio del fragor de un partido encendido. Surgió de la trifulca, de la marca implacable de Helguera a Saviola, de las amenazas de Roberto Carlos a Kluivert, haciéndole señales con su mano izquierda, como anunciando "leña..." Fue una acción rápida y limpia. Una combinación inesperada entre los hombres más silenciosos de la noche: Raúl, el capitán en la sombra, y Zidane, el último de la fila.

Clamor francés

Aimé Jacquét, el ex seleccionador de Francia durante el Mundial de 1998, comentó ayer el partido para la televisión de su país y tal vez se entusiasmó más que los 3.000 madridistas que estuvieron presentes en el campo, según autoriza la UEFA. Al ver el gol de Zidane, el viejo técnico recordó los dos únicos tantos del media punta en la final, contra Brasil. No pudo menos que emocionarse, sentado en la grada del Camp Nou, frente a un micrófono: "¡Otra vez, Zidane ha demostrado su calidad de jugador decisivo!".

Al final, McManaman logró el segundo. Gerard se echó las manos a la cabeza en el banquillo como el presidente azulgrana, Joan Gaspart, en el palco y Overmars y Roberto Carlos tuvieron un conato de rifirrafe en el que Hierro medió a tiempo. Al final el capitán blanco y el holandés, al que rara vez se le ve inmutarse, sellaron la paz camino del vestuario.

Lo más triste llegó en la recta final de la noche, cuando un grupo de seguidores radicales del Madrid, que se suponían que debían estar de fiesta, la tomaron con los periodistas que emprendían el camino de vuelta a Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de abril de 2002