DON DE GENTESColumna
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'Vidal, eres el más grande'

MIRA QUE HAY VIDAS fascinantes en este mundo, pero, sinceramente, ni comparación con la mía. Como lo siento lo digo. Por ejemplo, voy y me leo La vida sexual de Catherine M., que es una señora francesa y del mundo del arte (lo tiene todo, la pobre), y me entero de que dicha señora se ha pasado por la piedra, tirando por lo bajo, a unos mil hombres. La mujer se acoplaba en un sillón o en el asiento de un coche y un francés tras otro se la iban beneficiando. Dirán las feministas: también se los beneficiaba ella. Pues no. Porque ella sólo quería ser una mujer-objeto de placer. Una tía generosa (no como yo). En las comidas de mi hogar, a veces, hablamos de literatura (somos una gran pareja). El otro día, mientras mi santo se comía una vichissoise (elaborada por él mismo), abrí el libro de Catherine M. y decidí leerle un pasaje porque entendí que la mezcla (Catherine, las orgías, la vichissoise, etcétera) le daba al lunch un aire francófono (que te cagas). Elegí un pasaje en el que Catherine cuenta que hay hombres (de esos que van a orgías, claro) a los que les gusta ser los últimos en penetrarte porque prefieren que el órgano sexual femenino (Catherine dice 'coño') esté rebosante de la huella cremosa de otros hombres. Mi santo, que tenía ya la boca abierta para recibir una cucharada, soltó la cuchara y dijo, no sin violencia: 'Ya me has dado la vichissoise'. Es muy sensible, de verdad, y tiene una imaginación que yo calificaría de calenturienta. Pero a lo que iba: si bien es cierto, dada la cantidad de amantes que se trabajó Catherine, que mi vida sexual sería un poco similar a la de Bambi, yo tengo la impresión de que Catherine no ha disfrutado demasiado. Y eso me duele (por Catherine). Para polvo perturbador el que interpreta Halle Berry con Billy Bob Thornton en Monster's Ball. Me llevó Albaladejo porque pensaba que era de esas películas de madre trabajadora con niño que a mí me enternecen por su toque social, pero nos encontramos con una fascinante bestialidad. Para escenas del sofá, la de esta película. No se la pierdan. Sale uno del cine trastornado, lo confieso públicamente. Yo no contaré nunca en unas memorias mi vida sexual, eso es cosa de francesas, porque, o bien parece que te estás tirando el rollo, o bien, por mera humildad, te quedas corto. Y eso tampoco mola.

Me gustaría contar noches de otro tipo. Por ejemplo, la que viví el otro día en el Teatro Real. Fui a ver a Carmen Linares. Carmen, desde aquí te lo digo: qué grande eres, hiciste que el público del Real no pareciera el público del Real. Hasta sonaron palmas flamencas. Hasta mi santo soltó un ¡olé! después de una soleá. Carmen, tan inmensa en el escenario y tan cándida en el camerino. Nos decía que antes de la actuación tenía miedo de que le diera el tabardillo. 'Tabardillo', dícese del sofoco que les da a los jienenses cuando se ponen nerviosos. Al oírla decir 'tabardillo', con esa elle que parece una che, pensaba: así son los inconmesurables, van por la vida con miedo a molestar. Carmen, madraza total, arropada por sus hijos y por su santo, Miguel, que había pillado el tabardillo consorte. Pero ahí no acabó nuestra noche apasionante. Salimos del Real escopetaos, cogimos un taxi y le dijimos: 'Llévenos donde está ella', y el taxista nos llevó al restaurante La Albufera, donde a las once de la noche nos comimos una paella con la estrella que nos alegra las sobremesas: la colombiana Ana María Orozco, o sea, la protagonista de Betty la Fea. Ana María, joven, preciosa, educadísima, alucinada por todo el circo televisivo al que se ha visto sometida estos días en su visita a la madre patria de las narices. En Antena 3 se empeñaron en vestirla de Versace, con pedrerías, con bucles en el pelo, y nos privaron a sus fans de verla como ella es verdaderamente: más guapa, más joven, con sus vaqueros y su camiseta enseñando un ombligo adolescente. También en el Hola decidieron disfrazarla. Como si fuera la Cenicienta colombiana que viniera a la madre patria a que le diéramos lecciones de elegancia. Me contó que una periodista le preguntó por sus aficiones y ella respondió: 'Me gustan los libros'. La siguiente pregunta fue: '¿Y los lees?'. ¿Haría lo mismo con una actriz francesa o norteamericana?

La llevamos al pub Del Diego y le contamos a Betty, entre caipiriñas y whisky-sours, que aquí tiene miles de admiradores, gente que jamás había visto un culebrón, y que a través de lo que ella hace y cómo lo hace ha descubierto a una cómica maravillosa, inteligente, sensible. Bromeábamos: la habían vestido estos días como uno imagina que se visten las mujeres de los narcotraficantes. Intentábamos convencerla de que hay otro mundo aparte de la televisión, de que incluso España no es sólo como la pinta la tele, no está llena de freaks, de cotilleo, de personajes de quinta. Y Pedro, su novio, guapo y listo como ella, le acariciaba el hombro. Pensé entonces que detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre: Miguel, gran consejero de Carmen Linares; el marido de Catherine, que lleva tan dignamente su formidable cornamenta; Pedro, que derrocha una ironía estupenda por aquello de ser el novio de Betty la Fea, y mi santo, qué voy a contarles a ustedes que ya no sepan. Porque, a qué negarlo, yo soy una gran mujer. Y lo digo sin ánimo de lucro (ni de ofender).

No conocí a Joaquín Vidal. Sólo fui, como ustedes, una apasionada lectora suya, pero le canto un pasodoble torero: Vidal, eres el más grande, y si quieren, me acompañan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 13 de abril de 2002.