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Reportaje:

Yves Saint Laurent se rinde

El modista francés puede anunciar hoy su retirada, harto de luchas

Hoy a mediodía, en los salones del número 5 de la Avenue Monceau, Yves Mathieu-Saint-Laurent dará la primera y última conferencia de prensa de su vida, una conferencia de prensa especial, en la que leerá un comunicado para anunciar que se retira, que abandona la marca Yves Saint Laurent, creada por él mismo y Pierre Bergé 40 años atrás. ¿Por qué? Puede que el texto nos revele la causa inmediata y fundamental, pero sin duda no podrá resumir las múltiples razones por las que un emperador de lo efímero se fatiga de gobernar sobre intangibles como el gusto, la elegancia, la clase o la belleza.

Yves Mathieu-Saint-Laurent nació el 1 de agosto de 1936 en Orán, Argelia. Cuando aún no había cumplido los 19 años entraba como diseñador chez Christian Dior, y apenas dos años después reemplazaba al maestro, convirtiéndose en el modista más joven de la alta costura. Le bastan unas pocas colecciones para lanzar la línea trapecio y convertirse en el gran renovador de la moda. El servicio militar supone la primera ruptura de la burbuja en la que vive y trabaja: una depresión nerviosa, el internamiento hospitalario y el consiguiente despido de Dior le descubren que los plácemes de los millonarios pueden ir al lado de exigencias inimaginables.

'Lo único que lamento no haber inventando es el jean', comentó años después de crear su firma

Pierre Bergé le ayuda a poner casa, a crear su firma y convertirse en YSL. 'Lo único que lamento no haber inventando es el jean', dirá Saint Laurent años después, al contemplar el camino recorrido, hecho de esmóquines para mujeres, transparencias, homenajes a Mondrian y Picasso, de masculinizar el universo femenino y feminizar el masculino, de lanzar un perfume posando desnudo para sus anuncios como provocadora garantía de autor. Y, cómo no, tras introducir el jean como tejido y prenda en desfiles de alta costura.

Algunas mujeres dicen 'ser adictas a YSL como a una droga'. Es el caso de Catherine Deneuve. El modista creó para la actriz la capa que lucía como burguesa sadomasoquista en Belle de jour, de Luis Buñuel. Desde entonces nunca ha dejado de confiar en él, en sus esmóquines o sus imposibles hermanamientos de negro y azul noche; en sus ropas para pasearse desnuda sin perder la elegancia.

Para restaurar la burbuja protectora, Yves Mathieu-Saint-Laurent se vuelca en el trabajo, en el sexo y las drogas. Durante años mantiene una vida nocturna frenética seguida de sesiones de trabajo interminables que sólo son posibles por el uso y abuso de estupefacientes, tal y como el creador revelará años más tarde. En su universo sólo tiene cabida la belleza, y de ahí las mansiones que se compra en París, la Costa Azul o Marruecos, que las paredes de sus palacios muestren cuadros de Picasso, Matisse, Burne-Jones, Mondrian o Braque, que prefiera el teatro y la ópera a la vida, que viva en permanente representación.

Cuarenta años atrás, cuando comenzó, Saint Laurent trabajaba para unos centenares de mujeres millonarias capaces de abonar cientos de miles de francos por un traje hecho a medida, único. Hoy el número de mujeres dispuestas a pagar fortunas por una obra de arte en raso o terciopelo se ha dividido por 20. La alta costura es ruinosa, sólo sirve como reclamo, como imagen de marca, como logo de otros productos de serie: ropa prêt-à-porter, perfumes, zapatos, monederos, maletas, pañuelos y un largo etcétera de productos derivados que significan entre el 85% y el 95% de los ingresos de las firmas. A Saint Laurent le resulta imposible comprender esa mutación, no admite que un cómico provocador como Galliano merezca más atención que él o Lacroix, que otros como Calvin Klein o Tom Ford sean los reyes de la elegancia estandarizada y sin riesgo.

En 1999 el financiero François Pinault le compró YSL a Sanofi, una antigua firma petroquímica nacionalizada que, por agradecimiento de Mitterrand a Pierre Bergé, había salvado YSL de la bancarrota. Si el presidente socialista contemplaba la moda como un arte, el inversor Pinault la valora en función de los dividendos. De ahí que pusiera la división de prêt-à-porter bajo el control de Tom Ford, es decir, de Gucci, una marca de la que es principal accionista. La alta costura, lo ruinoso, quedaba en manos de Bergé y Saint Laurent, pero la propiedad era íntegra de Artemis, el holding de Pinault.

El choque se produjo enseguida, tan pronto como el modista comprendió que a Pinault sólo le interesaba haber comprado su nombre. Y comenzó la guerra. Ahora, con su retirada, Yves Mathieu-Saint-Laurent se declara implícitamente vencido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de enero de 2002