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Editorial:

La inflación subyace

El índice de precios al consumo ( IPC) ha vuelto a reducir su tasa interanual en noviembre, hasta situarse en el 2,7%. El carácter positivo de esa reducción queda limitado porque el diferencial de inflación con nuestros principales socios comerciales sigue siendo excesivamente elevado. Francia ha registrado en el mismo periodo una tasa de inflación del 1,2%, y Alemania, del 1,7%. La competitividad de nuestra economía sigue viéndose así mermada, con los consiguientes efectos sobre el empleo.

El segundo factor de inquietud es la incapacidad para reducir la denominada inflación subyacente, que no sólo no se ha reducido, sino que ha ascendido hasta una tasa interanual del 3,7%. Los precios de alimentos elaborados, bebidas no alcohólicas y servicios de hostelería, entre otros, siguen mostrando una resistencia a la baja, tanto más inquietante cuanto más evidentes son los efectos de la desaceleración de la demanda.

Que los precios no bajen significativamente a pesar del descenso en el ritmo de crecimiento del gasto y del aumento del desempleo debería ser un factor de preocupación para las autoridades económicas: su diagnóstico de atribuir a un exceso de la demanda nuestro persistente diferencial de inflación no se mantiene en pie. La realidad es otra: la economía española sigue demandando, como las instituciones internacionales no dejan de repetir, reformas en mercados y procesos de formación de precios a los que el Gobierno no ha prestado atención alguna cuando las cosas iban bien. Sin embargo, se adoptan decisiones de aumentos de impuestos sobre el consumo que, además de mermar la confianza de los agentes económicos, tendrán un impacto adverso en el comportamiento futuro de ese desequilibrio.

La revisión de rentas y pensiones no tiene en cuenta esa inflación subyacente y, no menos importante, las negociaciones salariales en un buen número de empresas cuentan con una actitud colaboradora de los sindicatos que puede contribuir a mantener un comportamiento moderado de los costes laborales. Si lo hicieran también los márgenes empresariales en los sectores más reacios a la competencia, observaríamos la necesaria convergencia nominal con el resto de Europa, condición necesaria para que también se avance en la de carácter real, estancada desde hace años. Todos cooperan menos el Gobierno, ciego a lo que no beneficia a sus intereses más inmediatos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de diciembre de 2001