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ÓPERA | 'COSÌ FAN TUTTE'

Llámalo sueño

En un clima de justificada expectación se representó ayer por primera vez en el Teatro Real Così fan tutte, el cuento moral más enigmático y de música más cristalina de Mozart. Que haya tardado en llegar dice no poco de sociología lírica. La expectación se centraba, claro, en el debú operístico de Flotats; en el retorno de López Cobos al Real, en un momento en que es deseado como director musical del teatro; y, también, en la nueva situación creada con la dimisión del gerente, Juan Cambreleng. ¿Suponía este Così el final de una época o, si se quiere, el comienzo de otra?

Flotats y López Cobos pusieron las cartas boca arriba desde el primer momento: lectura intimista desde el sonido y las voces; profundización en el lado más escabroso y humano de la historia; alejamiento de toda pincelada bufa. El director teatral planteó la obra como un sueño de Despina (llámalo sueño, que diría Henry Roth), lo que le permitía escaparse de una lectura realista al pie de la letra. Desde las primeras escenas señaló las claves del juego infernal: con las cartas o los dados, con la inmersión de los personajes masculinos en un simbólico infierno. Alrededor de Despina, la vida continuaba. El sueño alcanzaba una dimensión visionaria. Desde la Revolución francesa, en cuya época está escrita la obra, a otras revoluciones más modernas en tiempos de la industrialización y los movimientos sociales. En el momento, por ejemplo, en que Don Alfonso sale victorioso de su apuesta perversa y canta señalando al público "Así hacen todas", se despliegan al fondo de la escena unas pancartas con el letrero "Así hacen todos", y de paso se reivindica la igualdad en los derechos de la mujer con unos compases de La Internacional. Sí, La Internacional en el Real. ¿No quedamos en que todo es un sueño?

El recurso operístico de la ópera soñada no es nuevo. Ya el personaje de Senta soñó hace años El holandés errante en Bayreuth y corrieron ríos de tinta. La idea conceptual de Così es prometedora; la realización ambiental transforma el drama giocoso en un drama existencial y opresivo, especialmente en el primer acto, con un cierto aire de tristeza, con lo que la atmósfera luminosa napolitana desaparece y las sombras de Strindberg se hacen presentes. Flotats tiene recursos teatrales suficientes para ir llevando la historia y da, sobre todo, a los personajes femeninos de Fiordiligi y Dorabella una entidad admirable.

Decía Montaigne en sus Ensayos que no hay "ciencia tan ardua como saber vivir esta vida bien y naturalmente". Los personajes de Così quieren ir más allá y acaban sumidos en el desasosiego. López Cobos, sin embargo, se ciñe a los límites de la naturalidad en su manera de hacer ópera, acercándose a Mozart desde una mirada serena y una dimensión camerística. Pone los acentos justos para que sean los propios personajes los que transmitan mediante el canto sus conflictos. Se recrea en la belleza de una música sublime que él hace, curiosamente, cotidiana: con sentido del orden y las proporciones; con unos sutilísimos acompañamientos; con transparencia siempre. Los cantantes se integran a la perfección en un planteamiento absolutamente coherente. Forman un sexteto estupendo, aunque destaquen sobre todo Oprisanu y Gens. Workman, de voz no bella y algo artificiosa, cantó un aura amorosa en el filo de la navaja con una maestría y un gusto asombrosos. De todas formas, tuvo al final alguna protesta. Importan, en cualquier caso, de una forma secundaria las actuaciones individuales frente a la solidez de la labor de conjunto y la capacidad de interiorización del drama. López Cobos salvó con éxito su gran prueba madrileña. El éxito alcanzó también merecidamente a los cantantes. Con Flotats se produjo una fuerte división de opiniones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de diciembre de 2001