Creando escuela propia

Cuando a mediados de los noventa salió al mercado el primer vino de Fernando Remírez de Ganuza, el reserva 92, la tónica general de los vinos más laureados en España era de caldos estructurados, alcohólicos, cargados de color y, porque no decirlo, tánicos y duros. Vinos que pesaban como una losa en la boca.

La irrupción del vino de Fernando Remírez de Ganuza fue una grata sorpresa que llenó de frescura el panorama vitivinícola. Se presentó con un vino más ligero pero a la vez envolvente en el paladar, muy lejos de la moda, pero con capacidad y méritos para ocupar un hueco entre los caldos top de la crítica especializada.

Volvió a romper moldes con su primer vino joven de maceración carbónica, justo en el momento en el que las bodegas apostaban por vinos de crianza o de guarda. Sin embargo, fue capaz de acertar saliéndose de la norma. En plena ebullición económica apostar por un vino joven cuando el resto de los competidores los habían dejado en el olvido es un ejemplo del gusto por la transgresión de este bodeguero alavés. Pues no cabe duda, que si en algo es especialista Remirez de Ganuza es en definir doctrina y estilos en torno al vino. Un estilo cuyas principales bazas son transmitir amor, pasión e innovación a sus caldos.

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Un espíritu inquieto

Su ya venerada mesa de selección de uvas donde realiza la separación de los racimos en hombros y puntas está siendo visitada por cientos de curiosos en ferviente peregrinación como si de una aparición milagrosa se tratara. El resto de las instalaciones de la bodega están limpias, cuidadas y ordenadas, cual quirófano del hospital más reputado.

Para concluir con sus caldos, haremos referencia a la nueva marca que acaba de presentar en sociedad, Fincas de Ganuza reserva 96.

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