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COLUMNA

Oh, cielos

Cómo habré bajado el listón en materia de humanidades que el martes, leyendo en este periódico lo que había dicho Juan Pablo II durante un acto de marchando siete nuevos beatos, prácticamente me deshice en lloros. 'Concede, Señor, la paz a nuestros días', dijo. Es lo más cerca de John Lennon que ha estado jamás.

Mi listón es mi loco corazón: en ese momento en que lo tenía caído, pisé por descuido uno de sus extremos, de forma que propulsé el otro hasta que me dio en plena faz. Y me despejó el tremendo trancazo, llevándome a meditar sobre otra frase pronunciada por los papales labios: 'Quiero compartir con vosotros y confiar al Señor la angustia y la preocupación que suscita en nos este delicado momento de la vida internacional'.

Parece clara, pero en mi opinión ofrece diversas interpretaciones, estremecedoras.

Prima. El Papa conoce muy bien al Señor, y le tiene miedo, por lo cual espera a estar en compañía para confiarle la angustia y preocupación, etcétera. Inquietante hipótesis, dado que el Señor al que ni el Papa osa dirigirse en solitario es el mismo que inspira a casi toda la formación aliada en sus actuaciones y, en un travestimiento muy propio del monoteísmo, el que también protege al enemigo.

Seconda. No invalida lo anterior, pero la agrava, porque de ella se desprende que el Señor, que todo debería verlo, ni siquiera se ha dado cuenta de que su representante en la Tierra se halla angustiado y preocupado. Bueno, ¿a alguien le tranquiliza saber que el Señor de esta parte de acá ni siquiera está ducho en las trazas de la telepatía?

Trina. La última interpretación anula las anteriores mas no por ello resulta menos alarmante. El anciano, enfermo, cansadillo y valiente pontífice, a sabiendas de que no hay Señor alguno y asustado ante el vacío existencial, trata de conjurar la fría seguridad de que todo está permitido invocándole con una frase retórica.

Llegados a este punto de desolación del análisis, mi listón me recuerda lo que alguien dijo o escribió, sin necesidad de ser Papa: 'Todas las épocas son atroces, sólo el amor las hace soportables'. Amor, comprensión, empatía: mi listón y yo nos abrazamos y salimos de tascas, a ver si agarramos un buen tablón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de octubre de 2001