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Reportaje:FUERA DE RUTA

La dulce sonrisa de la calavera

México desafía el 1 de noviembre el terror a la muerte

El 28 de octubre, la plaza central de Pátzcuaro se llena de puestos de artesanía mortuoria y pelados cráneos de azúcar. Dos días después, la fiesta y la juerga miran cara a cara a 'la pelleja'.

El Día de los Muertos del cónsul británico Geoffrey Firmin en Bajo el volcán -novela del inglés Malcolm Lowry que elevó esta festividad popular mexicana a la categoría de tragedia existencial e infierno mezcalero- transcurre en Cuernavaca, en las afueras del cada vez más expansivo e inconmensurable Distrito Federal. Pero en México el Día de los Muertos transcurre en todas partes, arrancando el 31 de octubre (cuando regresan del más allá las almas de los niños), continuándose el 1 de noviembre (cuando es el turno de los espíritus adultos) y concluyendo en la madrugada del 2 de noviembre, cuando los muertos se despiden de los vivos hasta el año siguiente en que, seguro, algunos otros -de este lado y de aquel- se habrán sumado al jolgorio.

Esta fiesta es quizá la mejor manera para cualquier extranjero (esa persona a la que desde su más tierna y temblorosa infancia le enseñaron que la muerte es algo malo y temible) de aproximarse a la particular cultura fúnebre de los mexicanos, donde ese esqueleto con guadaña se convierte en charro huesudo y ocasión para el festejo, la carcajada, el placer de estar vivos y el cada vez más cercano e inevitable privilegio de ya no estarlo.

'Pero ¿de dónde proviene esta actitud que oscila entre lo ritual y la irreverencia, que va del temor al desafío, del respeto al relajo? ¿Por qué el pueblo mexicano ha vuelto a la muerte juguete, dulce, arte, verso? ¿Cómo domesticó el mexicano a la muerte y la pudo meter en su casa sin horror, ornamentándola con cuadros de calacas, artesanías y adornos? ¿De dónde sacó el mexicano que podía regalar a sus seres queridos calaveras de azúcar con su nombre y por qué llenamos los periódicos con dibujos de calacas burlonas para referirnos a la muerte de alguien que está vivo aún?', se pregunta el especialista Héctor L. Zarauz López en su libro La fiesta de la muerte.

La respuesta -todavía más compleja que la pregunta- está enredada en la noche ritual de los tiempos precolombinos apareándose con el huracán evangelizador de los españoles que sintetiza, sincretiza y aprovecha las antiguas creencias al modelo católico y conquistador. Así, las celebraciones dedicadas a los muertos por los mexicanos de entonces conocidas como Hueymiccaílhuitl fueron empalmadas con las del Día de Todos los Santos made in Spain y todos contentos, porque a la hora de la muerte todos somos iguales por más que lo festejemos diferente.

Si los esquimales tienen veinte maneras diferentes de decir nieve, entonces los mexicanos tienen varias decenas más a la hora de nombrar a la muerte. Todas ellas se hacen evidentes en la ciudad de Pátzcuaro, tal vez la mejor y más estratégica posición en el mapa a la hora de apreciar las características del asunto. Llegar entonces a Pátzcuaro luego de haber presenciado alguna sesión de lucha de enmascarados mexicanos, o visitado las momias en la cercana Guanajuato, o haberse comprado un libro con grabados fúnebres y desopilantes de José Guadalupe Posada -otros ritos mortíferos e iniciáticos- y quedarse en esta ciudad donde el tiempo parece haberse detenido a recuperar el aliento o perderlo, quién sabe. Pátzcuaro -que significa 'lugar que se tiñe de negro'- es uno de los centros más importantes de la cultura de los tarascos, quienes consideraban a la ciudad y al cercano lago en cuyo centro se encuentra la isla de Janitzio como salida de nuestras existencias y entrada al mundo de los muertos. Aquí -ciudad de todavía considerable población indígena- ya desde el 28 de octubre la plaza central se cubre de puestos con artesanías mortuorias y llegan los camiones cargados hasta el tope con la flor amarilla del cempasúchil o flor de muertos para confeccionar los altares y adornar las tumbas y funcionar como perfumados puntos de orientación para el mejor aterrizaje de los difuntos.

Casa de los Once Patios

Cerca de la plaza de Vasco de Quiroga -de estilo colonial perfectamente conservado- hay sitios que vale la pena conocer y entre los que se cuentan la basílica de Nuestra Señora de la Salud, el templo y colegio de la Compañía de Jesús y la Casa de los Once Patios. Pero lo mejor, lo verdadero, lo más interesante, está en las calles, en las fiestas sonámbulas, en el lago (que los pescadores cruzan con sus redes extendidas e iluminadas como alas de mariposas hasta atracar en la isla de Janitzio) y en los cementerios de los alrededores, donde los niños corren entre hombres y mujeres repitiendo una y otra vez un '¿Me da mi calaverita?', que no demora en traducirse y comprenderse como un pedido de monedas para comprarse calaveras de azúcar y masticarlas con ganas.

El más representativo y espectacular de los cementerios a la hora del festejo es el de Tzintzuntzan, adonde los autos particulares, los ómnibus de turistas europeos y los móviles de exteriores de los noticieros llegan a paso de hombre por carreteras congestionadas para fotografiar y transmitir -a veces con un incrédulo entusiasmo que bordea la falta de respeto- lo que allí ocurre.

Los lugareños -los que estaban allí desde el principio de los tiempos y allí seguirán estando- descienden por los flancos de un viejo templo en ruinas con velas encendidas y la mirada resignada de quienes saben que, después de todo, estos gringos que le temen a la muerte dejan buen dinero todos los años.

Así que ahí se quedan comiendo y cantando y bebiendo junto a las tumbas de sus seres queridos soportando con entereza los flashes y las preguntas sabiendo que a la hora de la verdad todos somos iguales. Con una atendible diferencia: para ellos, la muerte no es más que otra parte de la vida. 'Antes muerto que cadáver', sintetiza un refrán mexicano esta paradoja post mortem. Y tal vez tengan razón. ¿Por qué no reírse de la descarnada o la pelleja o la chingada o la calva o la jedionda o la flaca o la raya o la segadora o la igualadora y sonreír con ella, mostrar los dientes hasta el amanecer?

Después de todo, si se lo piensa un poco, no hay mejor y más auténtica y duradera sonrisa que la sonrisa de una calavera.

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos Prefijo telefónico: 0052 4. Moneda: peso mexicano (unas 20 pesetas). Cómo llegar - Pátzcuaro está a 326 km. de Ciudad de México y a 357 de Guadalajara. - Lufthansa (902 22 01 01) vuela a México desde Madrid y Barcelona por 71.900 pesetas más tasas. - Air France (901 11 22 66) vuela desde Madrid y Barcelona, por 82.176. - Iberia (902 400 500), desde Madrid y Barcelona, por 97.179 más tasas. - Aeroméxico (915 48 98 10) desde Madrid y Barcelona, 131.445 más tasas. Dormir - Hotel Fiesta Plaza (342 25 15). Plaza de Gertrudis Bocanegra, 24. Pátzcuaro. Habitación doble: 13.000 pesetas. - Hostal del Valle (342 05 12). Lloreda, 27. Pátzcuaro. 8.000 pesetas. - Hotel Posada de Don Vasco (342 06 94). Avenida de Lázaro Cárdenas, 450. Pátzcuaro. Desde 11.400 pesetas. - Hostería de San Felipe (342 12 98). Lázaro Cárdenas, 321. Pátzcuaro. 13.900 pesetas. Información - Oficina de Turismo de México en España (902 16 08 17). - Delegación Regional de Turismo en Michoacán (342 12 14) Buenavista, 7. - www.mexico-travel.com - www.netmedia.com.mx/ turismo.michoacan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de octubre de 2001

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