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COLUMNA

Rostros

He conocido a algunos asesinos antes de que cometieran el crimen. Ninguno tenía el rostro apropiado. Uno de ellos solía tomar un inocente granizado todos las mañanas en la mesa de al lado, en una terraza del puerto bajo los plátanos y realmente era un tipo muy simpático que después de saludarme con un buenos días nos dé Dios siempre me hablaba de cosas agradables: de la forma de preparar el pulpo a la brasa, de lo superdotada que era su nieta con el ordenador, de los tomates nuevos que acababan de llegar al mercado. También me notificaba cada día el estado de la mar y lo describía como si se tratara del carácter voluble de una mujer. Hoy la mar se ha levantado suave. Esta tarde puede que se ponga brava. Por la noche se volverá a tender. Este asesino tenía un rostro ancho y pacífico como de profesor jubilado de lenguas muertas, con la calva peinada. Aquella mañana, después de tomarse el granizado con toda naturalidad, se citó con un viejo conocido en su huerto de limoneros donde había escondido previamente el arma y mientras el otro ponderaba el esplendor de la fruta acariciándola con ambas manos le pegó dos escopetazos en la cervical. Enterró a la víctima al pie de un frutal y luego pidió rescate a la familia. Cuando la policía se lleva a un criminal que ha cometido un delito de sangre, por muy horrible que sea, el portero, los vecinos de escalera y los tenderos del barrio suelen comentar que el individuo parecía muy buena persona, que era cariñoso con los niños, que no hacía ruido en la casa. Nadie tenía motivos de queja. A mí me pasó igual. También yo tuve que confirmar que el asesino del limonar era un hombre encantador e incluso muy generoso conmigo, puesto que varias veces le había dicho al camarero, oiga, a este señor no le cobre. Después de la hecatombe del 11 de Septiembre este grado de confianza en los rostros ha terminado. Ahora todo el mundo tiene cara de sospechoso y será el miedo de los demás el que decida si eres o no culpable en un juicio sumarísimo que se celebrará a cualquier hora del día y de la noche en todos los controles. Ante la ola de terror químico que se avecina, todos tenemos el rostro apropiado de fumigador satánico o de hombre del maletín atómico, si bien llevará desventaja quien posea rasgos de árabe iluminado o exhiba en la foto del carné cristiano las cejas demasiado juntas. En adelante estará absolutamente prohibido llevarse sorpresas de lo que pase.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de septiembre de 2001