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Tribuna:

La España problemática de Pedro Laín

En la extensa y muy variada obra de Laín, la preocupación por España desempeña un papel crucial. En las dos generaciones, la del 98 y la de Ortega, que preceden a la suya, esta aflicción había sido casi obsesiva. Laín solía citar conocidos textos de Ortega en los que lo que pueda ser esta nuestra circunstancia que llamamos España decide el destino de cualquiera 'nacido entre el Bidasoa y Gibraltar'. 'España es el problema primario, plenario y perentorio', escribía Ortega en 1910, palabras que en 1936 adquieren todo su trágico sentido.

'Servir a esta España inmensa e irrenunciable que da precisión y temblor a nuestro ser; ayudarme, ayundándola', escribía Laín en 1941, traduciendo el pensamiento juvenil de Ortega a la retórica de la época. La vida de Laín ha sido, en efecto, 'servicio a España' y, tratándose de un intelectual, tenía que consistir en una permanente meditación por lo que España ha sido en su pasado y pueda llegar a ser en el futuro. 'Porque yo, en fin, no he sido un técnico puro, un profesor exclusivamente atenido a la enseñanza y al cultivo de su propia disciplina, sino un escritor para quien el problema de España se ha constituido en tema permanente'.

Laín pertenece a una 'generación sangrienta y espiritualmente astillada' -son palabras suyas, escritas en 1949- que se encontró de improviso en una terrible guerra civil que nadie esperaba, ni siquiera como posibilidad remota: otra cosa era un golpe militar, que después del triunfo del frente popular se mascaba en el ambiente. Pero las experiencias de la dictadura de Primo de Rivera o el fracaso del pronunciamiento de Sanjurjo no ayudaban a sopesar el alcance de la tragedia. Laín pertenece a una generación que salta a la vida pública teniendo que elegir uno de los bandos contendientes: sólo a unos pocos de las generaciones anteriores les cupo escapar al dilema, abandonando España. De los que tenían entre 20 y 30 años en 1936, tan sólo han quedado en nuestra historia los que eligieron el bando nacional. Es la generación de Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar, Gonzalo Torrente Ballester, Joaquín Ruiz-Giménez, por citar a algunos de los que he tenido el privilegio de conocer personalmente. Los que lucharon al lado de la República, con muy pocas excepciones, o bien fueron machacados en el interior, o bien, al tener que acoplarse a otros mundos -me asalta el recuerdo de don José Medina Echavarría, que traté en el Chile de los sesenta-, desaparecieron en el exilio y los pocos que regresaron, como Francisco Ayala, lo hicieron en edad ya avanzada.

A la generación sobreviviente le quedaba el compromiso moral de intentar dar cuenta de las causas de la tragedia para evitar que se repitiese. Dos amigos de la 'falange ideal', para emplear la expresión de Ridruejo, el mismo Dionisio y Laín, cumplieron. Un exiliado de la generación anterior, Américo Castro, ofreció una interpretación de la historia de España, tan cuestionable como innovadora, que Ridruejo y Laín, aunque críticamente, asumieron con especial interés. Respondía a la cuestión central de nuestra historia contemporánea: por qué hubo guerra civil y cómo hemos de comportarnos colectivamente para que nunca más vuelva a repetirse. Un silencio, tan doloroso como inexplicable, el de Ortega. Al no querer hablar de la guerra civil, único tema que desde su filosofía importaba, permaneció mudo en lo esencial. El filósofo vivo se fosilizó en un excelente profesor de filosofía.

En cambio, desde sus primeras colaboraciones en la prensa, ya en la Pamplona de 1937, está presente en Laín la pregunta esencial: por qué hemos llegado a matarnos los españoles en una terrible guerra civil. 'Para el que conozca mi obra impresa, bien fácil cosa será descubrir que en esos folletones de Arriba España tuvo su germen el libro que años más tarde había de llamarse España como problema'. Dos cuestiones preocupan al joven Laín. La primera, por qué la ciencia moderna ha sido, con poquísimas excepciones, la más ilustre la de Cajal, tan extraña a los españoles. La segunda, por qué hemos terminado enzarzándonos en sucesivas guerras civiles. Dos temas que hoy a muchos les parecerán sin relación alguna, pero que Laín vincula en el supuesto de que ambos tienen una misma causa: un catolicismo tradicionalista que se enfrenta a cualquier intento de modernidad, lo que lleva a que los modernizadores españoles sean cada vez más anticatólicos. 'El mundo moderno es el mal y el error, dicen los tradicionalistas; el catolicismo no es aceptable para el hombre moderno y debe ser relegado al pretérito, afirman nuestros progresistas. Las dos tesis son, además, irreductibles a un proyecto histórico. ¿A qué podían conducir? En España, forzosamente, a la guerra civil. El Menéndez Pelayo que subyuga a Laín es, justamente, el que logra escapar del catolicismo tradicionalista de su primera juventud y abrirse a un catolicismo compatible con la modernidad.

Podrá discutirse si el catolicismo español es responsable de que no pudiera despegar la ciencia entre nosotros, o de las guerras civiles de los siglos XIX y XX. Laín ha dedicado cientos de páginas al tema, y no resulta fácil argüir en contra de su tesis principal, por lo demás, sólo en la España nacional original y llamativa. Lo que me importa resaltar en esta tesis de la responsabilidad católica de la tragedia española es que permite entender por qué el joven que se siente católico, pero no tradicionalista, que se distancia de una Iglesia que se opone a la modernidad y ampara a los sectores socialmente más retrógrados, sin por ello perder la fe, viese en la falange la síntesis buscada de catolicismo y modernidad social, nacionalismo y afán de renovación científico, como único camino del progreso económico y social.

La causa de la guerra civil estaría en un catolicismo integrista que crea, como anticuerpo, un anticlericalismo furibundo. La guerra civil del 36 habría sido así la última guerra de religión, por lo menos hasta las recientes en la antigua Yugoslavia. 'La primera lección de nuestra atroz guerra civil ¿podría ser otra que una resuelta decisión de integrar a todos los españoles de buena voluntad en una España fiel a sí misma (es decir, católica en la terminología de entonces) y al nivel de nuestro tiempo (es decir, liberal y europea)?'. El pequeño grupo de la 'falange ideal', ya desde antes de terminada la guerra civil,

está soñando con 'una cultura española en verdad asuntiva y superadora' de la gran quiebra social que representa contraponer España a la Anti-España. La revista Escorial significa el primer intento de llevar a cabo esta integración de lo católico y lo moderno, de la España del interior y la del exilio, de los que combatieron en un bando y en el otro. Propósitos de la 'falange ideal' que fracasaron en la España de la posguerra, una y otra vez, hasta la última tentativa de 1956, casi 20 años más tarde, siendo ministro de Educación, Ruiz Giménez, y rector de la Universidad Central, Pedro Laín.

Laín ha sido uno de los pocos españoles que desde el catolicismo ha señalado la responsabilidad de la Iglesia en la preparación espiritual de las guerras civiles -conviene no olvidar la conexión del catolicismo integrista con el carlismo, así como la actitud que la Iglesia mantuvo ante la segunda república-, pero la mayor culpa proviene de que después de la victoria del bando nacional lo pudo casi todo y, sin embargo, continuó impidiendo por todos los medios, sin la menor caridad para el vencido, cualquier modo de modernización que exigiera como paso previo la reconciliación entre los españoles. La España católica debería meditar las siguientes palabras de Laín que habría que leer como parte esencial de su testamento. 'Pienso que después de los sucesos acaecidos en los últimos ciento cincuenta años de nuestra historia (apostasía de las masas y de los intelectuales, guerras civiles repetidas), sólo a partir de una decorosa confesión pública de las propias deficiencias y los propios errores, sólo rompiendo, abierta y sinceramente con el hábito de atribuir todas las culpas y todas las responsabilidades a los otros, podría nuestra Iglesia mirar sin temor ni recelo hacia el futuro'. Aunque Laín ya no podrá oírlas, muchos católicos siguen esperando de la Iglesia unas palabras de arrepentimiento.

A todo esto, las generaciones más jóvenes se preguntarán en qué pueden afectarles estas reflexiones, si la Iglesia ha perdido toda relevancia social, la guerra civil no es una perspectiva que se divise en el horizonte y nadie sabe, ni le interesa lo más mínimo, lo que pueda significar España. Hizo la transición la generación del 56 que, como es preceptivo, desde su primera juventud se había rebelado contra la anterior, la generación de la guerra, pero la llevó a cabo con la prudencia que imponía el temor, todavía coleando, de una nueva guerra civil. La generación siguiente, la de 1976, accede a la vida pública en una situación por completo distinta de la que sufrió la del 36. En vez de guerra civil, reconciliación; en vez de dictadura, libertad; en vez de la miseria de la posguerra, bienestar generalizado; en vez de centralismo, autonomías. En esta coyuntura, se comprende que junto a los cinco 'problemas de España' que enumera Laín -'el religioso, el económico, el ideológico, el cultural y el regional'- hubiera desaparecido hasta el nombre mismo de España. En 1986, como ha venido haciendo a lo largo de toda su vida, reúne Laín en un volumen sus últimos trabajos sobre España y la cultura española. Entre irónico y acomodaticio, el autor de España como problema titula a su libro En este país.

¿Pertenecen a un pasado definitivamente ido las meditaciones de Laín sobre la 'ciencia española' y la guerra civil? Me temo que no. En sus últimos años no dejó de acongojarse ante la dificultad creciente de integrar en la investigación a los jóvenes científicos que habíamos enviado a prepararse en el extranjero. 'Puede decirse que España -escribió ya en 1968- es un país exportador de científicos e importador de fútbolistas'. Pero, sobre todo, el conflicto cada vez más enrevesado del País Vasco le lleva a preguntarse si en el horizonte acaso no se vislumbraba el fantasma de la guerra civil, no una guerra como la del 36, sino más bien la repetición de las guerras decimonónicas del norte. En todo caso, percibía otra vez la mano oculta de un sector de la Iglesia, reconvertido del tradicionalismo al nacionalismo.

Laín -'un virtuoso de la palinodia en tierra de virtuosos del sostenella y no enmendalla'- ha reprochado a la derecha 'la incapacidad para la denuncia de cualquier fechoría cometida en aras del que ella considera su orden'. Ha criticado a la Iglesia su secular actitud cerrada y retrógrada que ha llevado al pueblo español a la apostasía. La mayor culpa recae sobre una Iglesia que no mostró con los vencidos ni un ápice de caridad cristiana en el tiempo en que tuvo más poder y más se necesitó su amparo maternal. También ha censurado a la izquierda por no haberse distanciado de sus graves errores -la revolución de Asturias del 34- ni haberse arrepentido de sus crímenes. El mayor fallo de la transición, manifestaba Laín en su última entrevista televisada, es que se hiciera una falsa reconciliación, sin un arrepentimiento público y sincero de los dos bandos por sus errores y crímenes.

Ignacio Sotelo es catedrático excedente de la Universidad de Berlín.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de septiembre de 2001