Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

Arte popular contra 'pop art'

La Fundación Cartier de París propone un muestrario de obras y artistas populares de distintas partes del mundo cuyos planteamientos se acercan en ocasiones al pop art.

UN ART POPULAIRE

Fundación Cartier Boulevard Raspail, 216. París Hasta el 4 de noviembre

En el Centro Pompidou, en sus prestigiosas salas, hace apenas unas pocas semanas podíamos contemplar los helados gigantes de Claes Oldenburg, los botes de sopa de Andy Warhol, los velázquez revisitados del Grupo Crónica, la trama gigantesca de los cómics ampliados de Roy Lichtenstein, los desnudos de colores planos y brillantes de Tom Wesselmann o la utilización que Martial Raysse hacía del neón para pintarle los labios a la 'alta tensión' a su modelo. Eran distintas maneras de comentar la iconografía de masas de los años cincuenta y sesenta, de remirar la tradición cultural. Al mismo tiempo, en la Fundación Cartier, siempre en París y hasta el 4 de noviembre, se puede visitar Un art populaire, otra manera de abordar el adjetivo 'popular'.

Lo que en un caso era 'arte de masas' es aquí 'arte de origen popular'. Pero el origen es sólo la inspiración, a veces las maneras. En algunos casos el resultado es 'pop', pudiera estar en la otra exposición, como en el caso de las pinturas de los Luo Brothers -Luo Weidong, Luo Weiguo y Luo Weigbing-, tres chinos que adaptan la iconografía y los símbolos de su país a los signos del imperialismo cultural americano, pequeños budas que honran el triunfo de la hamburguesa. Pero lo que ocurre con los Luo Brothers no se repite con Lisa Lou, Roxanne Swentzell, Moke, Alessandro Mendini, Mike Kelley o Adalton Lopes.

El comisario de la Cartier,

Hervé Chandès, buscaba otra cosa: un infiltrado en una fábrica de cerámica de Lladró (Swentzell), un daltónico en un taller de impresión de postales, un obsesivo del mal gusto (Lisa Lou), un indio contento de serlo pero harto de vivir en la reserva (Virgil Ortiz), una contradicción irresoluble -un naïf irónico, por ejemplo (Cheik Lady)-, un experto en mangas con espíritu de travestido (Bomé, un chatarrero con sentido del humor y mala leche -Chris Burden- o una feminista desesperada pero cómica Ana do Baú). Y Chandès, en Brasil, Nápoles, Japón, Congo o Estados Unidos ha encontrado todo lo que buscaba. Además, ha recordado que las tradiciones populares, aun en vías de desaparición o corrupción, corresponden a modos de vida que están siendo destruidos por la mundialización, pero que hay personas que han sabido trascender la etnografía y hablar de esa coherencia condenada a muerte de manera poética. Como artistas. Es el caso del cineasta armenio Artavazd Pelechian, cronista de rebaños trashumantes o de partos difíciles.

El arte popular es el que interesa a todos aquellos que no se interesan por el arte o, mejor dicho, no es considerado arte y alimenta otros tipos de museos, los de pueblos sin escritura o civilizaciones desaparecidas. De eso se trata, de desaparición. Chandès quería arte popular de autor, otro oxímoron de un proyecto que hermana lo irreconciliable y que bajo una dulce apariencia, simulando apenas ser nada, testimonio de esfuerzos menores y olvidables, nos cuenta cómo unos pocos individuos saben sintetizar en sus creaciones los sueños -a veces horrorosos, casi siempre de mal gusto- de muchos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de septiembre de 2001