Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
REPORTAJE

Baño popular

El Vallès Occidental tiene toda la pinta de haber sido, en otros tiempos, un lugar maravilloso. La amplitud de sus curvilíneos horizontes y la sensata distribución de las distancias deberían constituir motivos más que suficientes para vivir aquí o pasar largos y reparadores periodos de vacaciones. Tranquilos: no pienso aburrirles citando a Pere Quart. Ahora, en cambio, las cosas son distintas. Para llegar en coche a Sabadell desde Barcelona hay que cruzar un territorio castigado por un urbanismo demencial en el que se combinan autopistas con vías rápidas, carreteras con cruces, rotondas y un sinfín de páramos industriales adictos a la incoherente estética de polígono. Como una corriente continua de ruidoso movimiento, el tráfico de vehículos de variado tonelaje da fe de una febril actividad económica que ha convertido plácidos pueblos en potentes centros industriales y, por extensión, zonas residenciales más o menos decentes.

Para el forastero, intentar llegar hasta 'la bassa' de Sabadell es un reto más propio de Mad Max que de un animoso chiruquero

Para el forastero, intentar llegar hasta la piscina más concurrida de Sabadell, conocida como La Bassa de Sant Oleguer (o como La Bassa a secas), es un reto más propio de Mad Max que de un animoso chiruquero. Orientarse entre el nudo de rondas, autopistas C-58, A-7, A-18, desvíos, salidas de Sabadell-sur, calzadas laterales y posteriores puentes numerados (por fin una idea que piensa en los conductores: ¡numerar los puentes!) no es fácil y obliga a unos niveles de atención impropios del calor reinante. La excursión, sin embargo, con sus pérdidas y confusiones, con su constatación del caos de señalizaciones y del heroísmo de un paisaje que logra convivir con escandalosas aberraciones urbanísticas, merece la pena. La Bassa de Sant Oleguer es, en efecto, un ejemplo magnífico de instalación deportiva, un equipamiento de alto nivel concebido para uso y disfrute de la mayoría, de esos que te hacen sentir casi orgulloso de pagar impuestos. Situada en una hondonada, rodeada de instalaciones deportivas, de una zona de picnic y de una alambrada nada penitenciaria, la bassa suma 6.800 metros cuadrados, 7 millones de litros de agua y un espacio central acuático de 100 metros de diámetro.

La bassa es a las piscinas lo que una gran superficie al comercio. Aquí todo se hace a lo grande. Las zonas de sol, en las que es recomendable el uso de cremas protectoras, gorras y parasoles, pero también el césped, al que hay que cuidar con esmero de las circunstancias climatológicas y de ese vándalo que, algunos más que otros, llevamos dentro. Entrada para adultos: 525 pesetas, un precio que da fe de la voluntad popular y populista del complejo, otro logro de la gestión del excelente alcalde que fue Antoni Farrés. Pese a la cantidad de público, el césped está en buenas condiciones para la práctica del panching. Hay duchas de agua muy fría situadas junto a la enorme piscina, de agua también fría y que presenta unos niveles de limpieza imperfectos pero muy aceptables teniendo en cuenta las dimensiones del invento. Hay un tobogán gigante y sinuoso, socorristas estratégicamente apostados y varios securatas en bermudas que, pese al cómico efecto que produce su indumentaria, intentan evitar los desmanes de ese mangui que, algunos más que otros, llevamos dentro. Quizá por eso, los altavoces expelen una melodía caribeña en plan hip-salsa en la mayor cuya letra esconde, me temo, algún secreto mensaje: 'Malo, malo / Yo soy malo / Yo soy malo cantidad'.

El pragmatismo se impone al romanticismo. Aquí los amantes del bucólico e impresionista déjeuner sur l'herbe lo llevan crudo. El cartel es inequívoco: 'No mengeu sobre la gespa'. Parece el título de una obra de sala alternativa. Para compensar estos disuasorios avisos, la bassa ofrece, además de una zona de picnic con más sombra que sol, un servicio gratuito de guardarropa, unos vestuarios más que decentes, una cafetería con mesas y sillas patrocinadas por una marca de refrescos, una enorme lombriz hinchable roja y blanca sobre la que los niños se preparan para futuros deportes de riesgo e intentan que la estadística sobre accidentes siga aumentando, una pequeña isla central con palmeras y adolescentes luciendo el primer bikini de su vida, y un padre que, con voz de cantaor de fandangos, le espeta a su hija un clásico de las frases entre padres e hijos e intergeneracionales en general: '¡Cállate, anda!'.

La bassa es, sin embargo, una piscina de cintura para abajo, ideal para familias numerosas, con suelo algo resbaladizo y temperatura fría, un espacio propenso al remojón, al chapuzón, al sofocón y a otras palabras acabadas en ón. Los amantes de la natación de alto nivel, con sus gorros y gafitas, con sus cronómetros y tiempos récord, tienen, no demasiado lejos, la oferta representada por el histórico Club Natació Sabadell, fundado en 1916, que se enorgullece de haber sido el primero que tuvo una piscina de agua dulce en España y de contar con 27.000 socios de una población de, según el Ayuntamiento, 185.270 personas. Las avionetas cruzan el azul del cielo. No llevan publicidad ni falta que les hace: se dirigen al cercano aeropuerto de Sabadell. En el bar, el bocata de chistorra se cotiza a 400 pesetas. También se despachan ensaladas varias. Las taquilleras se toman un descanso. Una anchoa asoma entre dos rebanadas de pan, a punto de ser devorada por la amable mujer que, hace un rato, me ha vendido la entrada. Adiós, anchoa. Máquinas de tabaco que hacen la vista gorda al cartel que, justo al lado, prohíbe la venta de este vicio a menores de 16 años. Dos futbolines con equipos blancos y azulgrana. Echo de menos la indumentaria arlequinada del CD Sabadell, dueño y señor del barrio de la Creu Alta, que me trae recuerdos de otros tiempos con los que, por razones de espacio, no les aburriré. A medida que el sol va picando más, la gente va llegando, pero la bassa es tan grande que los va colocando a todos sin aspavientos, con cierta alegría y naturalidad, como esas madres de anuncio que por más amigos que traigas a merendar no pierden ni la sonrisa ni la compostura y siempre tienen zumo de naranja y nocilla para todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de agosto de 2001