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Crónica:Decimocuarta etapa | TOUR 2001

El Tour es una fiesta vasca

Laiseka gana la gran etapa pirenaica entre decenas de miles de aficionados españoles

A 11 kilómetros de la llegada atacó Roberto Laiseka. Su físico de campo de refugiado, hombre sólo huesos, fibra en las piernas, espalda bamboleante, se abrió paso como un rayo entre Armstrong y Ullrich y los gregarios de ambos, ocupados en preparar el campo de batalla para su habitual duelo final. Laiseka siguió veloz, inalcanzable, bajo un cartel que decía que la rampa era del 10%. Un cartel invisible para el corredor de Gernika. Un cartel sepultado entre centenares de ikurriñas, entre miles de aficionados, decenas de camisetas naranjas. Lo invadieron todo. Taparon los árboles, ocultaron los precipicios, dejaron la subida convertida en una estrecha cinta de asfalto, un pasillo agobiante por donde, como un rayo siempre, avanzó dando pedales Roberto Laiseka.

El Tour fue la gran fiesta vasca mientras Laiseka, el más veterano del joven Euskadi, 32 años, ocho de profesional, socio fundador del equipo que se ganó a pulso su presencia en el Tour, alcanzaba, y dejaba inmediatamente, a Didier Rous, un maillot tricolor, una mancha entre la multitud, que se había escapado bastante antes, en el llano de Luz Saint Sauveur, justo antes de cruzar el impresionante puente de Napoleón. Todavía por delante de Laiseka, escalador puro, puro nervio, fluidez de pedalada, velocidad en la subida, estaba Wladimir Belli, italiano de clase, ciclista heroico que llevaba escapado desde el Aspin, que había subido fugado, junto a unos compañeros, el Tourmalet, que soñaba con ser Chiappucci por un día. Belli oyó desde lejos, entre el griterío, las bocinas, los aúpas, la respiración de Laiseka. El resoplido le dijo al oído que este vasco de naranja, la última ola de la marea que había invadido los Pirineos, venía fuerte, venía decidido, venía imposible. Belli, veterano, zorro, esperó, guardó fuerzas. No se dejaría sorprender. Laiseka, veterano, zorro viejo, también retardó la pedalada, retrasó el momento de la caza. Alcanzó finalmente a Belli. Inmediatamente le demarró por la derecha. No fue un acelerón mortal. Ganó unos metros Laiseka y levantó un poco el pie. Dio esperanzas al italiano, que le vio cerca, abordable. Belli gastó sus últimas fuerzas en el esfuerzo. Llegó a la rueda de Laiseka justo en el momento en el que, ágil, alado, el chaval de Gernika que vive en Algorta dio la tremenda pedalada que le hizo evaporarse. Y de nuevo como un rayo avanzó entre la marea humana. Se hizo hueco hasta la meta, animado, jaleado, empujado por los gritos de una afición que se sentía soñar: un corredor de los suyos, un ciclista de toda la vida, el símbolo del Euskaltel, ganaba una etapa del Tour, en su primer Tour, y no una etapa cualquiera, no, la etapa del Tourmalet y del Aspin (sólo faltó el Aubisque para completar la gran trilogía), la del final en Luz Ardiden, la última llegada en alto del Tour 2001, la cima más española del Tour. Cima Perico, cima Indurain, cima Cubino. Desde ayer, también cima Laiseka.

Entre la algarabía y las ikurriñas, un vasco no sonreía tanto. Joseba Beloki había pasado su peor etapa del Tour. Subió y bajó el Aspin, el Tourmalet, y subió a Luz Ardiden vomitando, con dolor de estómago. Se agarró a la bicicleta como pudo, se retorció y resistió. Sólo pudo sacarle 48s a Kivilev. El líder del ONCE-Eroski cuenta con la contrarreloj del viernes para alcanzar el podio, para recuperar el 1.20m en que le aventaja el kazajo

El triunfo de Laiseka dio un sentido especial a una etapa que caminaba por los trillados caminos de la última semana. Un sentido que trascendió del triunfo. Quizás contagiado por la alegría que le rodeaba, y agradecido al Euskaltel por colocar a su Zubeldia y a su Castresana a trabajar en el Tourmalet junto a sus Hamilton e Hincapié, Armstrong no sólo no pidió a Rubiera y Heras, sus caballos españoles para galopar el último puerto, que alcanzaran a Laiseka, sino que, después de que Ullrich forzara el habitual aclarado final, permitió al alemán que entrara por delante de él en la meta, regalándole los 8s de bonificación que tan bien le vienen a Ullrich para aumentar su colchón sobre Beloki y, por fin, adelantar en la general al increíble Kivilev. El alemán, agradecido, le dio la mano en señal de acatamiento: la lucha por el maillot amarillo ha terminado. La montaña también ha terminado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de julio de 2001