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Reportaje:

Adoptada a los 89 años

Una familia de Tarragona culmina un pionero proceso legal de acogida de una anciana que vivía sola

'Me lo dijo medio en broma, pero le tomé la palabra'. Juana Aguilera, una cordobesa de 89 años, viuda y sin familia directa, explica su proceso de adopción -el primero de una persona anciana que se produce en Cataluña- con una parsimonia no exenta de picardía. Manuela Navarro, una trabajadora social de 46 años que vive en El Catllar, un municipio cercano a Tarragona, llevaba cinco asistiendo a la anciana y ahora la ha acogido. Cada dos días, durante una hora y media, ayudaba a Juana, que vivía sola en una casa vieja de la vecina población de Salomó: la aseaba, le hacía las faenas, le subía la compra, controlaba sus medicinas.

'Yo sabía que mi sitio era una residencia', explica Juana con lucidez, 'pero un día [Manuela] me dijo que me no me preocupara, que ella me adoptaba'. Dicho y hecho. En virtud de una ley promulgada por el Parlamento de Cataluña en diciembre de 2000, Manuela, casada y con dos hijos ya mayores, se ha llevado a Juana a vivir a su casa en régimen de acogida. Se trata de un contrato que consiste en vincular una persona mayor o discapacitada a otra más joven. Las obligaciones son similares a las que tiene un hijo con un padre, aunque sin los derechos sobre administración de bienes ni sobre representación legal.

Ganchillo en el jardín

'Está haciendo ganchillo, una colcha de matrimonio para mi cama, que es de las grandes. Y tiene pensadas más labores. Dice que tenemos abuela para rato. Y lo creo. Ahora come y duerme más', explica Manuela, que asegura que llevarse a la anciana a su casa le ha llenado la vida. 'Hay abuelas y abuelas', dice.

Manuela Navarro, descendiente de andaluces, lleva 10 años ejerciendo de trabajadora familiar. Colabora en casos de familias desestructuradas, cuidando niños y trabajando con menores discapacitados y ancianos solos. Asegura que con Juana no ha habido favoritismo. 'Se quedó viuda hace 22 años, había tenido antes hasta 12 trabajadoras familiares atendiéndola y todas decían bondades de ella, pero llegó el momento de explicarle que ya no podía ser, que tenía que irse a una residencia por su bien, y le dije, medio en broma, medio en serio, lo de la adopción. Ella dijo que conmigo, al fin del mundo'.

Manuela pensaba que sería más complicado. Lo expuso a su familia: 'Mi marido ya la conocía. Cuando compramos la casa en El Catllar, hace un año y medio, una vecina trajo a Juana para que estuviera en la inauguración. Él fue el que me dijo: 'Tráetela'. Manuela se movió con una asistente social. 'Pensé que el papeleo sería enorme'. Y no lo fue tanto. La adopción no da derecho a nada, asegura. Juana tiene una paga de 62.000 pesetas mensuales. 'Ella me la ofrece, me recuerda que está ahí, pero yo no quiero tocarla', asegura Manuela.

La familia reservó una habitación para Juana. 'Mi hijo mayor se casa el día 4 de julio. Sólo tuvimos que acelerar el proceso', explica la hija adoptiva. Se habilitó la habitación del joven. 'Juana tiene una cama preciosa, lo único que le pudo dejar en dote su madre para casarse. Y dos mecedoras. Una de ellas dice que es para mí'.

De los dos hijos de Manuela, Erika y Óscar, sólo el varón se acuerda de haber tenido abuelo. Todos murieron cuando ellos eran muy pequeños. Y agradecen la presencia de la anciana: 'Mi hija se extrañó mucho cuando Juana le explicó su tristeza cuando, durante la guerra civil, no pudo dar un beso, siquiera en la mejilla, a su novio que se marchaba al frente'.

Lúcida y pizpireta

Juana está muy lúcida. Se levanta temprano, se viste, se hace la cama y va a la cocina, donde le aguarda un termo de leche caliente con Eko. Luego va al jardín a hacer ganchillo en la mecedora. 'Estoy muy bien de la vista, que me operaron, y en algo me tengo que entretener', afirma pizpireta Juana. Los cuatro perros de la familia, pequeños, dormitan a su lado. 'Llegó a hacer 200 patucos, que fueron enviados a una ONG, lee revistas, está al tanto de todo', explica Manuela. Por la tarde, van del bracete a dar un paseíto.

Juana asegura que a la vejez nada de viruelas, que está muy bien, 'y cada día mejor'. Prefiere no acordarse 'de tiempos pasados, de guerras y demás', pero puntualiza que uno de sus mejores momentos fue cuando a su marido lo llamaban para trabajar de jornalero de cortijo en cortijo. 'Yo me iba con él de cocinera'. Y luego estuvo trabajando en una fábrica de papel de fumar -'de aquel de arroz, que se pasaba de estraperlo'-, precisa.

Y luego, más hambre, y luego la emigración. Cataluña. Trabajaron en una masía. 'Pero no podía ser, porque estábamos siempre muy solos y era muy duro'. Un trabajo en Salomó y, poco a poco, un piso, aunque sin hijos, 'porque no pudo ser'. Del resto de su familia, Juana explica que 'cada uno en su casa y Dios en la de todos', y reitera que, después de todo, su sino era una residencia de ancianos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de junio de 2001