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LA CRÓNICA

Delincuentes mediáticos

Cada época tiene su delincuente estrella. Nuestros ancestros tuvieron a El Tempranillo, bandolero de puentes y caminos de cuando todavía no se había inventado el peaje, y nuestros padres tuvieron a El Lute, conocido por saltar en marcha de trenes que no iban a ninguna parte. Nosotros, en cambio, tuvimos a Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla, hijo de un tiempo menos heroico pero más mediático. Ediciones B acaba de publicar Hasta la libertad, autobiografía provisional de un personaje que, hasta el 2007, cumple condena en Quatre Camins. Físicamente, el libro pesa 790 gramos, tiene 443 páginas y cuesta 2.375 pesetas. A nivel conceptual, en cambio, pesa sucesivos periodos en celdas de castigo, contiene mucha chicha sobre el sistema penitenciario-judicial y, aunque sólo la mitad de lo que cuenta fuera cierto, pone los pelos de punta. En el principio, hay barrios chungos y eso que, con retórica de sociólogo de curso de verano, los pedantes llaman 'familia desestructurada'. Está la marginación, que desborda poética chori y esa no-educación sentimental de extrarradio que ya retrató Guillem Martínez en su crónica Bruce Lee y Amarcord.

Cada época tiene su delincuente estrella. Hay quien se acuerda de El Tempranillo o de El Lute. Todos sabemos de El Vaquilla, que ahora nos cuenta su vida

En el origen del morenocuenquismo hay un padre desconocido y un padrastro muerto a tiros por la Benemérita. Y también hermanos que morirán más adelante y amiguetes a los que se aplicó la ley de fugas, del Talión, del jaco o del sida en el paisaje nada bucólico de La Mina, Sant Boi o el Campo de la Bota, un escenario en el que un adulto de nueve años protagoniza persecuciones con coches robados con, como fondo musical, temazos de Los Chichos. Para El Vaquilla el mundo es una cárcel. Tribunal Tutelar de Menores, Centros de Reinserción, todo vale para cumplir con la, según dicen, obligación de todo preso: fugarse. A los 13 años, primer paso por la Modelo y, a los 18, tras un atraco que le salió tan mal como casi todo, una condena que inaugura un calvario que pasa por Zamora, Ocaña, Herrera de la Mancha, El Puerto de Santa María, Carabanchel, Logroño, Ciudad Real, una vuelta a la España de las rejas en la que el preso tiene oportunidad de probar distintas formas de abuso de autoridad y pagar cara una leyenda de la que él no es, insiste, el único responsable. Celdas de castigo, palizas, una pertinaz adicción a la droga que, junto con su mala cabeza, le lleva a incumplir la libertad provisional, la autolesión como método de protesta y, extramuros, un eco de los hechos que a El Vaquilla le duele: 'Hasta la fecha todo lo referente a mi persona siempre ha llegado enlatado por los periodistas de turno que, enterrando la objetividad con el morboso sensacionalismo, han utilizado material suficiente para escribir páginas y más páginas sobre mi vida, que no siempre se ajustaban a la verdad'.

No siempre se ajustaban a la verdad, aunque a veces sí. Y además de leguleyos de oficio, trepas en busca de morbo y sadismo institucionalizado, El Vaca también conoció la ayuda de algún que otro abogado honesto, la confianza de unos raros funcionarios competentes y el respaldo de periodistas comprometidos, por ejemplo Vinader y Huertas. La novedad de Hacia la libertad es que ofrece la versión del protagonista y, queriendo o sin querer, explica la transición con sus cambios, pero también con lo que sigue siendo tan horrible como siempre. La de El Vaquilla no es una vida de preso convencional, por supuesto. Rueda una película sobre su vida en prisión, tiene fans con las que consigue citas en vis a vis, se cartea con admiradoras tan tenaces como una monja dispuesta a colgar los hábitos por él, consigue algún que otro privilegio pero, en contrapartida, es perseguido precisamente por salir en Interviú, por ser casi ahijado del director de cine José Antonio de la Loma o por, en otro momento, escribir artículos de denuncia en EL PAÍS. O sea: por mediático. Junto a episodios peliculeros como la fuga de Lleida 2 o algún que otro sórdido motín bajo los efectos de la droga, está el relato de una vida entre rejas con sus peores momentos. ¿Cómo sobrevivir? Carteándose con mujeres que le permitirán encontrar a la que, con la interesada promesa de un futuro común, le ayudará a salir, la droga y un aspecto menos conocido pero curioso: la lectura. 'He llegado a la conclusión de que hasta para ser un buen delincuente es preciso ser un hombre culto', escribe. Y el canon de lectura que va estableciendo El Vaquilla no tiene nada que envidiarle al que defienden Harold Bloom o Xavier Bru de Sala. Tomen nota: la Biblia, Jack London, Carl Jung, Herman Hesse, Voltaire, Flaubert, Dostoievski, Tagore, Trevanian, Paolo Freire, Rilke, Saint-Exupéry, Unamuno, Miguel Hernández y el Juan Salvador Gaviota de Richard Bach, otro inconfesable clásico del siglo pasado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2001