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Tribuna:

Pasión de Dios

Tenía razón Einstein al afirmar: 'Lo que de verdad anhelo conocer es la mente de Dios; todo lo demás son minucias'. Para un físico como él, la cuestión fundamental era saber por qué el mundo es inteligible. Tras sus huellas, otro científico, P. Davies, ha titulado uno de sus libros La mente de Dios. Pero lo que radicalmente anhelamos descubrir es sobre todo qué piensa Dios del hombre, qué significamos cada uno para él. ¿Conoce y comparte nuestro destino, lo goza y padece, o permanece en su lejana trascendencia, dejando correr el mundo desde su distancia despreocupada e inmisericorde?

Eso es lo que está en juego en la historia del hombre y del cristianismo. A ello remiten los silencios y celebraciones de Semana Santa. Más allá de costumbres ancestrales, de perversiones mágicas o de recuperaciones estéticas, perdura vivo e inolvidable un hecho positivo de la historia: la muerte y resurrección de Cristo. Cuando generaciones enteras han recordado su pasión, no estaban sólo haciendo memoria de la muerte individual de un judío, ni convirtiendo aquella crucifixión en símbolo de todas las muertes injustas. Se remitían a algo absolutamente concreto: la muerte de alguien que previamente había anunciado la llegada del reino de Dios al mundo, al que Dios había afirmado como el Justo y legitimado como su Hijo por la resurrección.

Esa memoria de Jesús, la confesión de su presencia viviente y la espera de su venida condujeron a afirmaciones sorprendentes: 'Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo'. No hubo que esperar a Hegel y Kierkegaard para oír la convicción cristiana: la historia de Jesús es la historia misma de Dios (por eso es sagrada); es Dios mismo en nuestra historia; nuestra historia ha sido vivida desde dentro por Dios. Los dos genios de la especulación alemana chocaron entre sí al explicar esa presencia de la Eternidad en el tiempo, la conciliación entre el Absoluto y el instante, el Eterno y la sucesión; pero, frente a la Ilustración y el Romanticismo, estaban absolutamente de acuerdo al afirmar que la novedad del cristianismo se funda en la encarnación y muerte de Cristo, como destino de Dios, y en la resurrección como gesta anticipadora de la meta que él ha previsto para la humanidad. A la luz de estas dos grandes realidades originarias, casi todo lo demás parecen también minucias, como para dejárselas a la ética de Sócrates y Kant o a la sociología contemporánea.

El hombre anhela saber si Dios tiene tiempo para nosotros y si tiene historia común con nosotros; si comparte nuestro vivir padeciéndolo y si sucumbe a él; o si, pasando por él como nosotros, lo traspasa y supera hacia una vida nueva. ¿Es el Absoluto sólo Poder o también Misericordia? Los filósofos han hablado del Bien como principio originario del ser, pero afirmar que ese principio sea de naturaleza personal y amorosa, a eso no se han atrevido. 'Aristóteles ya había conocido el don, pero sólo la Biblia ha conocido el perdón' (V. Jankélévitch). El amor reduplicado en acogimiento de la persona no sólo por lo que objetivamente ella vale, sino a pesar de su culpa o degradación, eso es el Per-Don. Así aparece el Absoluto en el cristianismo; mas no como una necesidad de la naturaleza, sino como expresión de una libertad. En consecuencia, la condición primera del hombre no es la necesidad, la exigencia padecida o la obligación, sino la confianza en el Poder amoroso que lo funda. Éste no reacciona sólo a la luz de nuestras obras, sino de su propia entraña, tejida de querencia primero y de misericordia después.

Dios no es sólo el horizonte de nuestra trascendencia ni la mera condición de posibilidad para que la finitud exista y persista, sino que se ha dado a sí mismo al mundo. Dios no sólo viene a la idea (E. Levinas), sino a la historia, a la carne, al tiempo, a la muerte. Y viene en la única forma en la que el Absoluto puede aparecer ante la creatura, corta de visión y larga de deseos: en el incógnito, en la figura desfigurada, compartiendo nuestra pobreza y muerte. No nos deslumbra ni desplaza, sino que se emplaza a sí mismo, poniéndose en nuestro lugar para saber qué es ser hombre desde dentro, para sostenerlo y sustituirlo cuando se encuentre vencido por poderes y dominaciones externas, debilidades y dificultades internas. ¡Todos sabemos de la culpa, soledad y sinsentido insuperables! Por ello a la encarnación sigue la muerte. Con Cristo, Dios se ha adentrado en nuestro desfiladero final para gustar nuestro morir como proceso (Sterben) y destruir la muerte como poder negador y anegador de los humanos (Tod).

La muerte de Cristo no es sólo un proceso natural y social, sino ante todo una gesta de libertad y una historia de gracia. No era necesaria por ninguna razón: ni física, ni jurídica, ni moral, ni metafísica, ni teológica. ¿Quién ha inventado esa macabra afirmación de que Dios reclama la muerte de uno de nosotros para perdonar a todos? ¿De dónde ha salido esa cínica afirmación de que Dios demanda sangre, en un sadismo anticristiano que ni el peor de los humanos hubiera soñado? Dios no quiere la muerte de nadie, menos del inocente y menos de Jesucristo, el Hijo, Inocente supremo. Una retórica huera e inhumana, un antisemitismo perdurable y la ignorancia de predicadores han dejado en la sombra y trasmutado el verdadero significado cristiano de la muerte de Cristo, leyéndola a la luz de ritos y religiones precristianas o de teorías sociológicas que hablan de la descarga necesaria en todo grupo social para mantener el equilibrio de fuerzas. Desde ahí identificaron a Jesús como la víctima inevitable en el conflicto entre judíos y romanos, clases dirigentes y proletarios depauperados. Con tanta información externa como malinterpretación de los símbolos y realidades bíblicas, R. Girard ha escrito su libro El chivo expiatorio. Ahora bien, nunca fue Cristo identificado con tal figura del Antiguo Testamento, ni fue explicado el sentido de su muerte en cruz con tales categorías.

La muerte de Cristo, en la medida en que por ella Dios en su Hijo comparte el destino de los mortales, está en la lógica de la creación y de la alianza. Morir pertenece a la estructura de los seres finitos. Dios se asocia a la forma de existencia de los seres que creó. Al hacer alianza con ellos se compromete a ser solidario de su suerte como seres libres, a los que no va a abandonar, aun cuando ejerciendo su libertad violenta y negativamente se destruyan a sí mismos y se vuelvan contra él. Ésta es la verdad desnuda y sobrecogedora: en Cristo, Dios estaba compartiendo destino con los hombres, padeciendo la violencia infligida a su Hijo, no respondiendo con la misma violencia, sino con el acogimiento y el perdón. La figura de Cristo, Justo traicionado que sin negar nada ni renegar de nadie no acusa, sino que se deja anular, es el signo supremo de cómo se comporta Dios cuando el hombre es pecador, injusto y violento. Ante ese Inocente silencioso, que mira sin acusar, los humanos nos hemos reconocido y confesado pecadores. Ésa ha sido y es siempre la suprema razón para creer en él: 'Tú que hiciste razón de tus entrañas' (M. de Unamuno). ¿Qué sería del mundo sin la misericordia de Cristo?

Una lectura descendente de la muerte de Cristo la interpreta como el Don y Perdón que Dios ofrece al mundo en su Hijo. Otra lectura ascendente, igualmente válida, ve a Cristo solidario de todos los hombres, encabezándolos y haciendo de su cuerpo roto y de su sangre derramada una ofrenda, súplica e intercesión por ellos. Decir cuerpo y sangre es decir persona. Porque la sangre es principio de vida, él puso la suya como poder nuevo donde antes estaban el poder del pecado y el principio de la muerte. La ignorancia o el resentimiento han llevado a pensar en un Dios que exige sangre y muerte. Es exactamente lo contrario: Dios injerta en el mundo un comienzo de vida nueva cuando la nuestra vieja estaba agotándose, aherrojada en manos de poderes mortalizadores. Cristo, al solidarizarse así con todos nosotros, ha realizado al máximo la más bella y sagrada definición del hombre: 'Tú eres el guardián de tu hermano' (Génesis 4,9). Cristo cuidó de nosotros hasta el extremo límite de la muerte.

En su Hijo muerto por nosotros, Dios ve a cada hombre acogido, amado y perdonado. Por eso se ha repetido desde el origen: 'Dios me amó y entregó a su Hijo por mí' (San Pablo). 'Cristo se ha hecho hombre por ti' (San Agustín). 'En la noche de su agonía, Cristo derramó determinadas gotas de sangre por ti' (Pascal). Cada hombre es un absoluto ante Dios; y no precisamente por ser un genio, héroe o santo, sino aun siendo pobre y pecador. Esto devuelve el aliento a todo hombre en medio de su noche. Se invierten así las categorías instrumentales, mecánicas y económicas con las que, desde el miedo, envidia o egoísmo, medimos a nuestro prójimo. Pero Dios no es como los hombres; él es la medida de nuestra humanidad y no a la inversa. Precisamente el injusto y pecador niega que Dios sea Dios, porque con su solo ser y estar desenmascara nuestra culpa.

La muerte de Cristo desembocó en la resurrección. Ambas son un acto doble: por el anverso es la entrega del Hijo al Padre, y por el reverso es el acogimiento que éste hace del Hijo y de los que arrastró tras sí, que son todos, asociándolos a su vida divina. La muerte de Cristo, así recordada y celebrada, ha sido fuente de fascinación y de subversión perenne. Fascinación, porque revela al Absoluto como amor; subversión, porque impide el olvido de todas las víctimas, de los muertos y marginados, de los esclavos y de los pecadores. Al recordar a un condenado injustamente se hace memoria de todos, y todos quedan puestos ante Dios.

La suprema cuestión del hombre es saber cómo es Dios, qué espera de nosotros; si cree en nosotros y si contamos para él. Si él cree en nosotros y espera algo de nosotros, entonces podremos nosotros creer y esperar en él. Ésa es la respuesta del cristianismo: Dios amó al hombre, cuando no era, para que existiera, confiando de antemano en él; y cuando se hizo culpable y pecador, compartió su destino bajo el pecado para superarlo. Encarnación y pasión de Dios son los pilares no sólo del cristianismo, sino de nuestra comprensión de la persona y de la existencia, con el amor y la libertad como raíces.

El gran matemático A. N. Whitehead afirmó que el hombre pasa por tres fases, yendo del Dios vacío al Dios enemigo y percibiendo finalmente a éste como compañero de nuestro destino, que, por padecerlo él mismo, lo entiende y supera. Concluye así su obra Proceso y realidad: 'Ésta es la noción de redención por sufrimiento que obsesiona al mundo'.

Olegario González de Cardedal es miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de abril de 2001