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CRÓNICA

A un centímetro del milagro

El Deportivo arrinconó al Leeds a base de corazón, pero se quedó a un tanto de la remontada

El Deportivo se detuvo a un centímetro de la proeza. Escenificó otra de esas noches en que Riazor parece el terreno abonado para cualquier misión imposible y atropelló como una apisonadora a un Leeds United que al cuarto de hora era ya un puro tiritar, un grupo amedrentado por el rival y por un estadio entero que empujaba a su equipo camino de la gloria. El primer gol fue generoso: llegó muy pronto y convirtió el choque en una pesadilla para los británicos. A partir de ahí, el Depor lo puso todo: el arrojo, el fútbol, la fe en la posibilidad de la hazaña. Sólo le faltó el remate. El segundo gol tardó demasiado en llegar y por el camino se quedaron varios remates a los postes. El Depor no logró el milagro, pero sí la gloria de haber perseguido su suerte con la resolución de los más grandes.

Riazor no es un campo de fútbol. Riazor es un estado de ánimo. Ocurre como si una gigantesca ola se elevase desde la playa próxima, alcanzase el estadio y engullera todo a su paso. A partir de ese momento, el Deportivo ya no es un equipo de fútbol, es un surfista que se olvida del mundo y sólo vive para la excitación del momento. Cuando se desata ese fenómeno marino, los rivales se encuentran ante lo imposible: tratar de remontar una ola remando contracorriente. El Leeds no tardó ni un cuarto de hora en sufrir los efectos del huracán atlántico. El partido apenas había comenzado y la actitud de los dos millares de hinchas británicos parecía el síntoma más claro del sufrimiento de su equipo: el jolgorio con que entraron se había apagado por completo, y todo era silencio y miradas petrificadas.

Y eso que el Deportivo tampoco había exhibido lo más brillante de su fútbol. Pero era lo de menos. Lo importante era que el Deportivo había tomado la ola a tiempo y navegaba encaramado a ella a toda velocidad. Cada balón dividido se convertía en una cuestión de vida o muerte, y del duelo casi siempre salía ganando un jugador blanquiazul. Cuestión de fe, mucho más que de fútbol.

Irureta, cuya alineación era una completa incógnita, se decidió a cargar el equipo con todas las pilas atacantes. Se arriesgó a jugar con pivote y medio, es decir, con Mauro Silva y la mitad de un Djalminha que de vez en cuando le echaba una mano aunque estaba más pendiente de enlazar con los dos puntas. En el arranque, pareció que el Depor podía sufrir por esa razón, ya que Mauro se tenía que multiplicar ante dos gallos de pelea como Batty y Dacourt. Pero Mauro fue el Mauro de los grandes días: media docena de jugadores comprimidos en uno solo. Orbitando alrededor de la fortaleza del brasileño, todos estuvieron a la altura de la noche: los actores teóricamente secundarios ( Manuel Pablo o Romero ) y los cabezas de cartel, Djalminha, por supuesto, y un Fran inmenso, que se tomó la revancha de todos los que le han maltratado últimamente por su pobre aportación, como si el capitán fuese un ser prodigioso inmune al paso del tiempo. Pero anoche, Fran, contagiado de la excitación general, se sobrepuso a su declive físico y volvió a ser el gran artesano de la pelota, el pasador preciso y exquisito que ha sido siempre.

Al Deportivo le costó muy poco abrir el camino hacia el milagro. Apenas ocho minutos y la generosa colaboración de Kewell, que hizo un ingenuo penalti sobre Víctor transformado por Djalminha, que volvió a burlarse del portero. El meta esperaba un tiro a lo Panenka y se quedó quieto. El brasileño lo sorprendió con un delicado remate pegado al poste. A partir de ahí, el Deportivo tiranizó al Leeds que fue mero espectador del partido, un náufrago estupefacto e impotente en medio de la galerna. En toda la primera parte, los ingleses sólo remataron con peligro en una ocasión y fue por un fallo de Donato al ceder una pelota a Molina. El Deportivo vivió al ritmo de los flujos y reflujos de la ola. Tuvo momentos de reposo, pero cuando se desató su furia resultó brutal: entre los minutos 32 y 36, el Deportivo rozó el gol en cuatro ocasiones, incluido un mano a mano de Pandiani con Martyn.

La escenificación del milagro estaba perfectamente dispuesta, pero el Depor empezó a atascarse en el remate. Si el primer gol quiso madrugar mucho, el segundo se demoró más de la cuenta. Antes de que Tristán lo cazara, con poco más de un cuarto de hora para buscar el tercero, Romero y Víctor ya se habían topado con los postes. Para entonces, el Leeds, aprovechando el paulatino cansancio de los blanquiazules, ya empezaba a amedrentar con sus contragolpes. Irureta, en una decisión muy discutible, retiró a Djalminha para buscar el refresco de Valerón. Con todo, el Depor no interrumpió su asedio. Exhausto, pero propulsado por la fe que le infunde Riazor, porfió una y otra vez hasta el instante final. Perdió la eliminatoria y el sueño de la Copa de Europa, pero le quedó la gloria del que cae sin darse nunca por vencido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de abril de 2001