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REPORTAJE

EL JAQUE MATE TALIBÁN

El régimen afgano prohibió el ajedrez y el fútbol mucho antes de la reciente destrucción de las estatuas de los budas, una aberración cultural condenada por la comunidad internacional. Cientos de miles de afganos han sufrido el exilio, y muchos miles más son perseguidos en su país por el simple delito de jugar al ajedrez.

EN 1994 HABÍA UNOS 20.000 AJEDRECISTAS EN AFGANISTÁN. MUCHOS DE ELLOS HUYERON

Cabe preguntarse lo que diría Mahoma si resucitase hoy en Afganistán y viera el horror producido por el régimen talibán. A la guerra civil, la sequía y el trato inhumano a la población, especialmente sufrido por las mujeres, se unen aberraciones culturales, menos conocidas. El ajedrez está prohibido y sus practicantes son detenidos por razones similares a las que motivaron la reciente destrucción de las estatuas budistas; los campos de fútbol -deporte prohibido en principio y tolerado después- se han utilizado para las ejecuciones públicas.

Nadie protestó en Yereván (Armenia), durante la Olimpiada de Ajedrez de 1996, cuando el equipo de Afganistán fue admitido tras siete rondas de las 14 previstas. La odisea de sus seis componentes, exhaustos tras huir en autobús durante 10 días por Uzbekistán y Turkmenistán, incitaba a la solidaridad: los talibán (plural de talib, estudioso del Corán) acababan de tomar Kabul, la capital, y, tras ahorcar al presidente Najibulá, habían aplicado la prohibición del ajedrez, ya vigente en otras zonas del país bajo su dominio. El equipaje de Mohammad Qasim Ghosi y sus cinco colegas incluía unas alfombras de cuya venta pensaban sobrevivir.

Ghosi, de 65 años entonces, explicó el motivo de tanto esfuerzo: 'Nuestra presencia aquí es un testimonio de la dignidad del pueblo afgano. Y el ajedrez, mezcla de cultura, arte, deporte y ciencia, es un buen símbolo, que se imparte como asignatura en los colegios de mi país desde 1987 . Antes de la edad escolar, los niños aprenden las reglas del juego con sus madres en casa. Su práctica internacional implica mezclarse con hombres y mujeres de muchas razas, culturas y religiones, sin distinciones de edad o clase social. En suma, es la antítesis de la barbarie talibán'.

Cinco años después resulta evidente que esa última frase era acertada. Ajmal Jamshidi, secretario general de la Federación Afgana de Ajedrez en el exilio, es uno de los refugiados que EL PAÍS ha localizado en Amsterdam, donde recibe información abundante de lo que ocurre en su asolada tierra: 'En 1994 había unos 20.000 ajedrecistas activos en Afganistán. Muchos de ellos huyeron. De los que se quedaron, más de 1.900 han sido detenidos por sus actividades políticas o, simplemente, cuando participaban en torneos de ajedrez clandestinos. Entre éstos hay destacados intelectuales, líderes de comunidades y antiguos oficiales del Ejército. Nos consta que han sido salvajemente torturados en su mayoría, y que más de 12 murieron durante el arresto. En marzo de 2001, 50 de ellos permanecían detenidos. Todos los clubes de ajedrez han sido destruidos. Los tableros, las piezas y los relojes se vendieron en Pakistán, y los libros técnicos fueron quemados'.

Jamshidi ha facilitado a este diario los nombres y apellidos de 30 de esas personas; la lista incluye varios menores de edad y un anciano, Kuhat Jan, de Jalalabad, miembro del Parlamento durante el Gobierno de Najibulá y directivo de la Federación Afgana de Ajedrez. 'Su salud era muy precaria. No podía caminar sin ayuda cuando fue apresado. Desconocemos su paradero', añade Jamshidi, quien también tiene indicios de que 'más de 25.000 personas han sido asesinadas en los últimos cinco años, durante los ataques indiscriminados a poblaciones civiles, y el número sigue creciendo'.

Resulta muy difícil comprobar al detalle la veracidad de esos datos, pero todos ellos encajan bien con la información facilitada por los periodistas, diplomáticos y miembros de organizaciones humanitarias, cada vez más escasos, que han estado en Afganistán: un millón de sus habitantes (sobre una población estimada de 25 millones en julio de 2000) están en peligro de morir de hambre, según la ONU; los talibán asesinaron, sólo en enero de este año, a 300 civiles de la etnia hazara en Bamiyán, donde también se destruyeron las estatuas budistas, según Human Rights Watch; está prohibido que las mujeres trabajen, salvo en los hospitales, y no pueden salir de casa si no van acompañadas por un hombre; los colegios de niñas están cerrados; los refugiados en los países vecinos, o desplazados en las zonas más recónditas de Afganistán, son ya varios millones, de acuerdo con la ONU.

Los intentos realizados por este diario para que la Embajada de Afganistán en París facilitase su versión de los hechos han sido infructuosos hasta el cierre de esta edición.

Jamshidi termina su testimonio con una referencia a la política de criar cuervos que ha seguido EE UU al apoyar indirectamente al régimen talibán, a través de tres países aliados de la zona: Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. La Casa Blanca tomó esa decisión para contrarrestar la influencia soviética; ahora, Osama Bin Laden, que ocupa el primer puesto en la relación de los 10 terroristas más buscados por el FBI, vive en Afganistán. 'Sin la ayuda de esos tres países, los talibán nunca hubieran logrado el poder; por otro lado, se cree que Irán, Rusia y las repúblicas de Asia Central apoyan a la alianza de opositores que aún mantiene la guerra. Pero ¿quién apoya a la población civil?', se pregunta.

Mientras se resuelve esa terrible incógnita, el secretario de la Federación Afgana de Ajedrez y sus compañeros de exilio en Amsterdam se refugian en su pasión por el deporte mental, pero con problemas, dada su pobreza de recursos: 'Solicitamos ayuda de las federaciones de ajedrez de todo el mundo para pagar las cuotas de la Federación Internacional', que engloba a 160 países.

Como ya ocurrió en Irán durante la primera etapa del liderazgo de Jomeini, la erradicación del ajedrez por parte del Gobierno afgano se basa en la interpretación más radical del Corán y de la ley islámica, que prohíbe la representación de figuras humanas o de animales, y relaciona la práctica del ajedrez con los juegos de apuestas, el consumo de alcohol y el abandono de la oración. Sin embargo, los musulmanes desempeñaron un papel clave en la expansión del ajedrez desde India y Persia: lo trajeron a España en el siglo VIII, desde donde se extendió por Europa y América.

Como afirma Ahmed Rashid, el autor del libro Los talibán, publicado por Ediciones Península, 'los talibán son el lumpemproletariado del islam, y saben muy poco de historia islámica'. Según numerosos expertos islamistas, nada indica que la doctrina de Mahoma, partidario de emancipar a las mujeres, dé pie a las aberraciones citadas en este reportaje, ni a la prohibición del ajedrez.

Fútbol y cabezas cortadas

En los campos de fútbol afganos está prohibido aplaudir. Para animar a sus equipos, los aficionados (sólo hombres) cantan Allah-o-akbar (Dios es grande) en diferentes versiones. 'Y si el partido coincide con la hora de la oración, deberá interrumpirse para que jugadores y espectadores ofrezcan sus plegarias en congregación', según ordena un edicto firmado por el maulvi Qalamuddin, director del Departamento de la Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio. El fútbol fue prohibido por los talibán durante sus primeros años de poder (1994-1997) porque relacionaban su práctica con lo ocurrido en la guerra de Karbala (siglo VII) entre musulmanes y cristianos. Estos cortaron las cabezas de Hassan y Husayn, hijos de Alí (uno de los discípulos predilectos de Mahoma), y jugaron al fútbol con ellas. Cuando la prohibición fue derogada, la ONU reconstruyó el graderío del bombardeado estadio de Kandahar, sede del Gobierno talibán. Éste lo inauguró ejecutando a un reo entre los palos de una de las porterías. Unos diez mil hombres y niños apretujados presenciaron el atroz espectáculo, en marzo de 1997. La tolerancia actual tiene severas limitaciones en cuanto a la vestimenta. Un equipo de Chaman (Pakistán) las sufrió en sus carnes durante una visita a Kandahar, hace menos de un año, para disputar varios partidos amistosos. En camiseta y pantalón corto, los paquistaníes fueron abordados por unos policías que, como castigo por enseñar las piernas en público, afeitaron sus cabezas y les trasladaron al otro lado de la frontera. El Gobierno talibán se disculpó después ante el de Pakistán, su principal aliado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de abril de 2001

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