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COLUMNA

Nazarenas

Uno de los secretos mejor guardados de la Semana Santa de Sevilla fue siempre la presencia furtiva de mujeres entre sus nazarenos. Una excepción tolerada por los jerarcas de las hermandades, que así hacían la vista gorda, como ejercicio que es también del poder. En la masa de penitentes que se iba apretujando antes de la salida, en algún banco más o menos apartado, reza que te reza y siempre bajo el amparo del antifaz y los guantes, no era raro advertir algunas formas delatoras, alguna abundancia curvilínea un tanto acusada y sospechosa, que ni el esparto ni el terciopelo podían diluir por completo. Era el modo oscurantista de resolver un viejísimo pleito, el de hombres contra mujeres, en el seno de las cofradías andaluzas. Hasta que por fin este año, como impelido por tensiones subterráneas ya insoportables, el asunto ha eclosionado, como un nuevo signo de la primavera.

No ha podido venirle mejor al prelado de Sevilla. En sus sordas batallas con el laicismo militante, no podía haberse procurado mejor alianza que ésta de las mujeres. La brillante y aristada urbe que le tocó pastorear le inflige cada añ+o alguna penitencia especial, alguna controversia con la que remecer la autoridad de su báculo, que le han hecho perder no pocos peldaños en su escalada a la púrpura cardenalicia. Fue el año pasado una abierta y fea reyerta por los dineros de las hermandades, que quedó más o menos en tablas. Ha sido éste el debate sobre las nazarenas. Miren por dónde, lo segundo puede ayudar al arzobispo a resolver lo primero. O lo que es lo mismo: los caminos del Señor son inescrutables.

Hay que mirar por los entresijos del derecho canónico, que monseñor maneja con singular astucia, como es natural. En unas famosas Normas Diocesanas de 1997, dejó bien claro que una cofradía es 'persona jurídica pública eclesiástica'. Nada de 'asociación privada de fieles', como quieren algunos próceres de la Semana Mayor, sus enemigos íntimos. La distinción, aunque poco escolástica, es tan sutil y trascendente como si lo fuera. Pues la primera consideración permite al pastor intervenir en todo y por todo lo que a las hermandades se refiere. Desde los caudales hasta las túnicas de nazarenos, o nazarenas.

Al situarse monseñor al lado de las fieles cofrades, y de sus apetencias democráticas, depuradas en el sometimiento ancestral al enhiesto capirote, lo hace de la corriente popular y frente a los estamentos más reaccionarios de las cofradías. Los mismos que le discuten, qué casualidad, su afán fiscalizador sobre las arcas cuaresmales. Para colmo de fortuna, ha encontrado un aliado insólito en la Hermandad de la Macarena, una de las grandes, que un ya histórico domingo 4 de marzo aprobó, reñidamente, la presencia de mujeres entre sus filas. Excelente ayuda, excelente revuelo, que ha servido al prelado para tapar, bajo una espesa capa de ruido mediático, el desarrollo implacable de su normativa financiera. Así, en otras medidas de funcionamiento interno, Noviembre de 2000, fueron regulados los 'depósitos patrimoniales de la Iglesia'. Una especie de banca diocesana, que se ofrece como servicio para toda clase de 'personas jurídicas públicas eclesiásticas', con devengo de intereses y demás letra pequeña habitual en estos casos. Magistral verónica. De momento, no es obligatorio depositar en ese presunto servicio las cuentas de las hermandades. Pero todo se andará, Dios mediante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de abril de 2001