La resaca de la jornada | FÚTBOL
Columna
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Glorioso Guardiola

A la indiscutible contribución de Guardiola a los últimos diez años del fútbol español, hay que añadir su actuación en Vila-real, decepcionante para muchos, pero grandiosa en realidad. Desde el análisis puro se le puede considerar responsable de dos goles del Villarreal. Dos balones perdidos en una zona crítica, donde los centrocampistas tienen que afinar como cirujanos. Allí, la diferencia entre la vida y la muerte en un partido es un mal pase horizontal, un regate innecesario, un mal control.

Para un jugador tan perfecccionista como Guardiola, un obsesivo de la precisión, los errores debieron convertir su sufrimiento en un tormento. Cualquiera en su lugar quedaría destruido, fulminado por la culpa, en un momento crítico de su carrera, porque hay quienes cuestionan la vigencia de Guardiola como conductor del Barça.

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Lo grandioso de su actuación no está tan relacionado con sus espectaculares pases a Kluivert y Rivaldo en dos de los goles del Barça, como con su capacidad para reponerse al calvario interno. Un gran futbolista no es simplemente uno que juega como los dioses. Con eso no es suficiente. Hay que tener un carácter de hierro, el espíritu competitivo para rebelarte contra la derrota personal y colectiva, la clase de entereza que convierte a un jugador en el líder del equipo. Eso es lo que fue Guardiola en una tarde terrible. De de ahí que su partido sea uno de los más admirables de su larga carrera.

Lo normal en su caso era claudicar, pero el capitán del Barça se negó. Probablemente en ese instante comprendió que estaban en juego demasiadas cosas. Si hubiera cedido al peso de sus errores, el partido frente al Villarreal se habría intepretado como el signo de su decadencia. El fútbol es así de simplista y cruel. Hay momentos que marcan definitivamente la carrera de los mejores jugadores de la historia. Guardiola se vio de frente a uno de esos instantes criminales y se negó a capitular, como tantas veces se ha negado. Como cuando le consideraban demasiado flaco y demasiado lento para jugar en los juveniles del Barça. Como cuando se dijo que ese tipo de medio centro no tenía cabida en el fútbol moderno. Igual que cuando se convirtió en el primer medio centro del mundo al que se le dedicaban marcajes individuales, a pesar de moverse a 50 o 60 metros del área. O cuando sufrió una lesión que estuvo a punto de poner fin a su carrera.

De todos esos desafíos salió ganador este futbolista irrepetible, el mejor medio centro que ha dado el fútbol español, el primero que ha definido exactamente la naturaleza de un puesto esencial en el fútbol, a pesar de los modernos de pacotilla que prefieren desdeñar el juego en el medio campo para no cometer errores como los de Guardiola en El Madrigal. Por fortuna, Guardiola tiene una ventaja sobre casi todos los jugadores. No sólo juega bien, sino que tiene convicciones inalterables. Bastó verle en una gloriosa tarde de perros.

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