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COLUMNA

Tómbola

Miente cual bellaco quien le niegue estos días a Valencia su cualidad de ser un referente en España. Lo es a lo grande y por más de un motivo, ninguno baladí. Ahí está la polvareda provocada por la supuesta predilección con que el poder central obsequia a esta Comunidad con el taimado propósito de acabar con nuestro arraigado victimismo y, de paso, hacerle la cusqui a Barcelona, tal cual ha descrito algún observador. Y después, la aportación intelectual del presidente Eduardo Zaplana al irresuelto problema del régimen autonómico todavía invertebrado, mediante su ya afamado libro, convertido sin duda en best seller a poco que lo hayan adquirido -de leer no hablemos- sus críticos.

Todo un hito mediático que se redondea con la eclosión de comentarios y opiniones a que ha dado lugar la supresión del espacio Tómbola en la programación de Telemadrid. Se descolgó antes de la parrilla de Canal Sur y ahora sólo queda en liza Canal 9, sobre el que se ha volcado la atención del universo televisivo y político de aquí y de acullá. ¿Qué hará TVV con su arquetípico espacio, el más afamado, polémico y rentable? ¿Aguantará en solitario el tipo? Pues sí, claro que sí. Hay razones que abonan esta hipótesis.

En primer lugar, los beneficios económicos que comporta y que acaso resulten irrenunciables a la luz del déficit y endeudamiento que arrastra. Se trata de un argumento de peso, obviamente. Y también de una coartada, pues con este motivo por bandera todo basural tiene acomodo en su programación. Dame pan y llámame necio, argüirán sus gestores, agobiados por los costes, las audiencias y la necesidad de fomentar los ingresos publicitarios.

En segundo lugar, a nadie se le oculta que el dichoso espacio tiene su público, tan abrumador -por su vastedad- como cierto es su derecho a consumir este género de telebasura. Pero ¿cómo encaja y se justifica en un medio de titularidad pública? El partido del Gobierno debería echarle un vistazo a la ley de creación de RTVV y a los cometidos culturales que el legislador le adjudica, de todo punto incompatibles con la porquería que glosamos y que lo sería en cualquiera de las dos lenguas estatutarias. Pero esta ley, cómo negarlo, ha sido siempre papel mojado, aunque nunca haya alcanzado las cotas que Tómbola supera.

Además, y en tanto subsista este programa, no cabe duda de que nuestra televisión autonómica seguirá siendo un referente. Bochornoso, si se quiere, pero en modo alguno anodino. Sus naderías y alcahueterías tienen buen mercado. Sin embargo, ¿cómo se homologa con el vigoroso despliegue cultural que hoy caracteriza a esta Comunidad y del que el Gobierno ha hecho bandera y credencial por esos mundos?

Tengo la impresión de que nada va a cambiar, por más que el PP valenciano se sienta desairado debido a la actitud de sus colegas madrileños, que se han apresurado a celebrar la retirada del programa y sustituirlo por un debate. Aquí, sólo la progresía andante celebraría tal enmienda y, por mor a una perversa lógica, los populares no se avendrán a darle esa satisfacción. Y menos todavía a programar debates, no sea cosa que al personal se le caliente el morro y alborote al vecindario. La prensa rosa así como la información de ese color les ha dado buenos réditos. Todos quietos, pues.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de marzo de 2001