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Columna
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A la deriva

Mientras el presidente Aznar no conseguía absolutamente nada durante su triunfal gira por Oriente Medio, el emperador Bush preparaba el bombardeo de Bagdad, un rito ya en la entronización de los presidentes de Estados Unidos desde que lo inaugurara Bush sénior el Pacificador. Tampoco Clinton, a pesar de su larga adolescencia progresista, pudo evitar bombardear Irak alguna vez, pero el joven Bush no quiere que nadie se engañe y nada más debutar ha matado a un montón de iraquíes que estaban en su casa: será un presidente duro y siempre lo será. Las otras grandes potencias, aunque grande ya es un vicio calificatorio, han actuado según sus pautas habituales: el Reino Unido se apunta a los bombardeos porque le regalan la condición de Imperio y las demás aseguran que estudiarán el asunto. Francia, desde luego, con el ceño fruncido. La autonomía militar europea debía urdirla el señor Solana, sobre todo ahora que tiene tiempo a su disposición porque ya no saca a bailar a la ministra de Exteriores de EE UU, pero últimamente le captamos algo disperso, viajando de aquí para allá, entrevistándose con gente casi tan importante como él, sin alegría en el rostro. Solana ya no sonríe tanto como antes y se le está achicando la cara, a manera de momificación en vida como la experimentamos a veces los gordos que tratamos de adelgazar. Pero Solana nunca ha sido gordo y ya parece la momia de Europa unida y jamás vencida.

Mientras Europa contempla cómo Bush II el Risueño machaca un poco más al pueblo iraquí, recuerdo discusiones con un alto profesional del periodismo español a raíz de la guerra del Golfo. Me dijo: 'Lo tengo claro. La guerra del Golfo es necesaria. Defiende cómo vivimos, y condenarla es prueba de mala o falsa conciencia'. Por el lenguaje se adivina que había sido marxista en su todavía cercana juventud, antes de ponerse chaleco y veranear en las costas más solventes. Difícil tanta clara clarividencia cuando hechos repugnantes como el bombardeo de Bagdad y todas sus complicidades sacuden el corazón; y el tráfico de kurdos abandonados en un barco a la deriva cerca de Saint-Tropez nos recuerda que en plena apoteosis del individuo depredador aún quedan pueblos jodidos y bien jodidos. Me parece que para siempre.

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