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COLUMNA

Oposición útil

Muy satisfechos se han mostrado los dirigentes del PSOE en la última reunión de su comité federal por haber culminado el cambio tranquilo. Consiste el asunto, por un lado, en la renovación sin traumas de los organismos de dirección; por otro, en lo que han dado en llamar nueva forma de hacer política, caracterizada por el ejercicio de una oposición útil. Renovar hacia dentro y ser útiles hacia fuera constituyen las dos patas sobre las que se ha echado a andar ese cambio tranquilo que la sociedad española -siempre según los documentos del PSOE- ha valorado muy positivamente: los ciudadanos y [las] ciudadanas consideran que vamos por buen camino, aprueban nuestra labor de oposición'.

No hay duda respecto de lo primero. Tan enquistadas estaban las posiciones dentro del PSOE, tan agrias las relaciones entre sus facciones, que la prejubilación del anterior grupo dirigente no ha suscitado más que una sensación de alivio. Ha sido una operación ejecutada, además, con guante de seda: de pronto han desaparecido, esto es todo. Y nadie los echa de menos, aunque de vez en cuando vuelvan a atronar con sus palabras o a protagonizar operaciones de corto aliento. Sabe bien la anterior dirección que sería un suicidio colectivo poner chinas en los zapatos de la actual, aunque, en fin, el futuro no está escrito y las tendencias suicidas no son exclusivas del escorpión a lomos de la rana.

Que esas tendencias no afloren va a depender en buena medida del resultado que logre la segunda línea de acción, la definida como oposición útil. Los socialistas avisan: esa oposición no consiste en ir a la zaga del Gobierno, sino en formular propuestas constructivas que ayuden a mejorar las políticas del Gobierno en cuestiones de Estado. Se sabe bien cuáles son esas cuestiones: terrorismo, justicia, inmigración, vacas locas, travases de agua, fínanciación de las comunidades autónomas. Naturalmente, la búsqueda de pactos excluye el ejercicio de una oposición frontal o, por decirlo en términos parlamentarios, impide presentar enmiendas a la totalidad: la acritud, por lo mismo, se disuelve en cortesía, y el insulto, en buenos modales. El Gobierno, desarmado, protesta de que los socialistas sonrían tanto.

De acuerdo con los primeros balances, a esa política atribuyen hasta hoy sus autores réditos positivos: la oposición socialmente útil ha sido acogida con calor por la ciudadanía, dice la resolución del comité federal. Escrita en enero, sus redactores no podían prever que, en febrero, el calor daría paso a un incipiente desconcierto: la oposición útil a la Ley de Extranjería y al Plan Hidrológico ha tropezado con fuertes resistencias no precisamente en el Gobierno del Estado, sino en varios gobiernos socialistas de comunidades autónornas. Es ésta una eventualidad no considerada en la estrategia de cambio tranquilo y que de pronto ha venido a poner en evidencia uno de los legados más problemáticos del periodo anterior: que mientras la ejecutiva se debilitaba en el centro, los barones reforzaban su poder en la periferia.

Si esta nueva realidad -fruto también de la consolidada estructura federalizante del Estado- afectara sólo a cuestiones internas, cabría el disimulo. Pero el rechazo de Aragón al Plan Hidrológico y el rifirrafe, edificante como todos los suyos, entre Maragall y Rodríguez Ibarra a propósito del trueque de agua del Ebro por estaciones del AVE pone de manifiesto que algunas cuestiones de Estado devienen, al cabo, disputas de comunidad autónoma. La función vertebradora de España que el PSOE reclamó para sí tenía sentido cuando las autonomías estaban en pañales. Ahora, con las comunidades muy crecidas, el PSOE tendrá que negociar de puertas adentro posiciones comunes, sordas a los cantos de sirena gubernamentales, antes de presentar de puertas afuera sus constructivas propuestas. De otro modo, lo útil de la oposición lo será sobre todo para el Gobierno, capaz de atraer a su guarida a quienes hayan decidido navegar por propia cuenta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de febrero de 2001