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COLUMNA

Abatidos

Por alguna extraña razón, el Barça viene alternando victorias deslumbrantes con derrotas sangrantes. Su comportamiento es tan desconcertante que desmoraliza a la hinchada, que ya no sabe a quién pedir cuentas. El punto de mira está ahora contra los jugadores, a los que se acusa de desidia, cosa que aceptan en un mal llamado ejercicio de autocrítica. La mayoría coincide en que su actitud fue reprobable, y a partir de ahí que canten misa.

Desde hace un tiempo se tiende a medir a los equipos en función de su comportamiento, una forma de relativizar el juego. A los futbolistas se les mira no por lo que juegan sino por las ganas que tienen de jugar, y al parecer a los azulgrana les dio reparo disputar el partido de Santander. El equipo estuvo desatento y dócil, como acostumbra a suceder ante los rivales menores y con el marcador en contra; perdió estilo, circunstancia que se repite en ausencia de futbolistas de equipo o con personalidad, capaces de cambiar una dinámica derrotista; y echó en falta a los jugadores que se supone desequilibrantes, como Rivaldo, que se abandonan en los malos momentos. A juzgar por la naturaleza de la plantilla, se puede decir consecuentemente que el Barça difícilmente ganará la Liga.

Pero los análisis de un estado de ánimo, siendo ciertos, vienen demasiado bien como recurso para disimular las carencias futbolísticas, y el Barça las tiene. El partido del domingo expresó en este sentido que la mayoría de fichajes de la entidad obedeció a razones ajenas al juego y que la aportación del filial es testimonial, o en caso contrario no se entiende la ausencia de Santamaría y Nano, sustitutos naturales de Simão y Overmars y, sin embargo, suplentes en la Segunda B.

En tanto que aspecto organizativo, el asunto compete ya a Llorenç Serra, en calidad de entrenador y secretario técnico, y también de ex coordinador del fútbol base. El técnico no sólo no supo capitalizar al grupo sino que equivocó el dibujo, pasando a jugar con un rombo descompensado, y además menospreció a Xavi al sustituirle en un intento de simplificar un problema más profundo. Con su proceder, el entrenador generó un nuevo conflicto en el club, provocó la inseguridad del equipo, que jugó sin referentes y fuera de sitio, y fortaleció a los jugadores grandes ante los débiles. A Serra Ferrer le viene bien pues remitirse a los futbolistas y su actitud.

Lo mismo sucede con la directiva. La junta es víctima de las propias noticias que generó ante los malos resultados: se inventó a Capello, que acabó renovando por el Roma; propagó el nombre de Aimar, que ya está en Valencia; y hoy anda con Saviola sí, Saviola no. Más que dirigente, Gaspart siempre ha sido un ejecutivo, de manera que no es extraño que, pasando por ser un club presidencialista, el Barça sea hoy una institución de carácter asambleario presidida por el desgobierno. Gaspart es demasiado conocido para juzgarle sin prejuicios, así que en la derrota se tiende a relacionarle con un tiempo ya pasado. No sólo por lo que fue sino por la gente que le rodea. La directiva tiene un aire a revival y, como tal, tiende a reproducir todos los tics del pasado, entre ellos el odio al Madrid. Llegados a este punto, sólo falta saber cuán esclavo es Gaspart de Núñez y cuánto tardará en echarse en manos de Cruyff de continuar perdiendo. Vuelve el viejo Barça.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de febrero de 2001