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Tribuna:

Cismas y venganzas

La VI Asamblea Federal de Izquierda Unida (IU) sacó a la luz las actuales divisiones internas de una coalición nacida para situar en la órbita del PCE a un abigarrado conjunto de satélites: desde los socialistas expulsados del PSOE que encontraron refugio en el Pasoc hasta los pecios del naufragio ultrarradical, pasando por otros grupos que trataron de asumir la representación de los movimientos pacifista, feminista y ecologista. La iniciativa no hizo sino repetir la pauta tradicional de los frentes político-electorales de izquierda, plurales hacia el exterior pero controlados férreamente por los comunistas desde el interior. A nadie puede extrañar, por consiguiente, que los tres únicos aspirantes a ocupar el cargo de coordinador de la coalición fuesen dirigentes comunistas. Las luchas por el poder dentro del PCE fueron proyectadas en la VI Asamblea sobre un escenario utilizado habitualmente por sus portavoces para difundir consignas y condenas mediante técnicas de ventriloquía; la derrota del secretario general, Francisco Frutos, que obtuvo el 39 % de los votos de los delegados frente al 42% de Gaspar Llamazares (secretario general de los comunistas asturianos) y Ángeles Maestro (representante de la corriente fundamentalista), constituyó, sin embargo, una sorpresa. Las comparaciones entre la VI Asamblea de IU y el 35º Congreso del PSOE son artificiosas: mientras los delegados socialistas eligieron -primero- al nuevo secretario general por mayoría simple y -después- a una Ejecutiva homogénea con una desahogada mayoría absoluta, Llamazares se encuentra actualmente en minoría dentro del Comité Político y deberá aguardar a que este órgano -por ahora demediado- sea completado por las federaciones territoriales y designe luego a la presidencia federal y a su comisión ejecutiva. La disfuncionalidad de ese barroco organigrama afecta a su estabilidad: aunque como coordinador de IU Llamazares esté jerárquicamente por encima de Frutos, como militante del PCE dependerá de su rival, que continuará siendo secretario general de la organización hasta diciembre de 2001. Las situaciones de bicefalia, difíciles de sobrellevar aun siendo voluntarias, resultan inviables cuando esa división del trabajo viene impuesta. Los problemas pueden enconarse cuando le toque el turno a la renovación de los dirigentes del grupo parlamentario de IU, presidido ahora por Frutos con Felipe Alcaraz como portavoz. Y todavía quedará por designar al candidato -o candidata- a la presidencia del Gobierno para los siguientes comicios

El nudo pluricausal de la áspera pelea librada entre Llamazares, Frutos y Maestro resulta casi inextricable: las polémicas doctrinarias de sabor bizantino, las discusiones en torno al programa político y las discrepancias sobre el funcionamiento interno de la coalición o las alianzas externas con los socialistas caminan del brazo de las ambiciones y las fobias personales. Los planteamientos de Ángeles Maestro estuvieron quizá guiados básicamente por los prejuicios ideológicos. Las controversias en torno al papel hegemónico del PCE dentro de la coalición también debieron de influir sobre el desenlace de la VI Asamblea: los apoyos prestados a Llamazares por delegados del Pasoc, Tercera Vía y Espacio Alternativo significan seguramente una apuesta por la opción menos dogmática y pata negra de la terna comunista.

Los factores personales no son explicaciones alternativas sino complementarias de otras conjeturas más objetivables. La retorcida estrategia seguida por Anguita respondió al deseo de ajustar cuentas con Frutos: su incorporación a la lista de Llamazares en un destacado segundo puesto no sólo rompió las reiteradas promesas de neutralidad del coordinador saliente sino también las reglas de juego limpio. El plato de la venganza suele servirse frío: herido en su narcisismo, Anguita pasó la factura del rencor a quien había ocupado su lugar como candidato a presidente del Gobierno. Fabricado por los medios de comunicación conservadores con el propósito de arrebatar votos al PSOE desde su izquierda y abandonado después por sus creadores como un jugete roto, Anguita tal vez albergue todavía la ensoñación de seguir reinando -después de dimitir- como poder detrás del trono de Llamazares; temporal o definitiva, su despedida oratoria estuvo a la altura de la inimitable combinación de megalomanía ( "el político mas atacado después de Suárez"), zafiedad ("rojo por la leche que mamé") y cursilería ("la izquierda sin IU es la cueva de Platón") que ha marcado su trayectoria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de noviembre de 2000