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Tribuna:

El eco de Robespierre ANTONI PUIGVERD

El vistoso resbalón de esta famosa presentadora con nombre radionovelesco, Ana Rosa, ha levantado una polvareda de obviedades morales. No hacía falta un escándalo para descubrir que a Quintana la literatura le importa un comino. Más que puro teatro, lo suyo es simple codicia. Un vulgar caso de rebañamiento del plato de la popularidad. La fama televisiva es efímera y esa mujer intentó sacar el mayor provecho de su buena racha. Una de las características de la moral social actualmente dominante es precisamente ésa: las acciones de los individuos que pretenden destacar son muy parecidas a las del jugador de póquer. Uno arriesga todo para llevarse el gato al agua. No por casualidad el verbo apostar se ha convertido en uno de los más repetidos. Todos lo usan: el líder político apuesta, generalmente, por la modernidad; el peluquero o el modista apuestan siempre por las nuevas tendencias; el empresario y el banquero apuestan últimamente por las fusiones o por la creación de grandes proyectos. Todos apuestan: atletas, artistas, líderes o portavoces. Y con un fervor que a nuestros crédulos antepasados les parecería digno de mejor causa. El mundo entero parece haberse convertido en un casino. Dicho de otro modo: el casino y la máquina tragaperras se han convertido en fiel metáfora del presente.La polvareda moral que rodea el caso de Ana Rosa no da para mucho. Más interesante es, en cambio, la cacería propiamente dicha. Ha sido perfecta. La han atrapado con las manos en la masa y con la retirada cortada. No puede avanzar por ninguno de los caminos que le ofrece la encrucijada. Ambos la ponen en evidencia. En uno está el negro, un tipo con retranca (pronto presentará un libro sin capucha: excelente estrategia publicitaria). El otro camino le obliga a reconocer el plagio. Quintana ha sido atrapada por una jauría que ella misma ha alimentado en su programa de moda y cotilleo. Conocía perfectamente la profundidad que pueden alcanzar los colmillos amarillos que estos días le destrozan las medias y los tacones de aguja. En el programa televisivo que ella presenta, Sabor a ti, los de Interviú hicieron su agosto desvelando, en los días de Gran Hermano, el pasado de unas chicas sin nombre que pretendían cambiar el acre olor de un prostíbulo por el perfumado ambiente de un plató televisivo. Ana Rosa también ha usado colmillos. Aunque los suyos, por lo que me cuentan, han pasado por glamourosas sesiones de estética y blanqueo. No me alegro de que la cazadora sea ahora mismo una mujer cazada. Pero es difícil evitar, como primera conclusión de este capítulo de la actualidad, la moraleja: quien siembra vientos recoge tempestades.

Hasta hace poco, la función de pararrayos social había sido ejecutada en exclusiva por los políticos. Cuando las clases medias se sentían inseguras, sobre los políticos se deshaogaban. Hoy en día, naturalmente, este gremio continúa cosechando chanzas y rechazos populares (y no han cesado de ofrecer pretextos a la población más irritada y ofendida: de Roldán a Naseiro pasando por el Departamento de Trabajo). Pero últimamente el urinario social se ha ampliado mucho. Cada vez son más los ricos, los famosos y los triunfadores que funcionan como públicos descompresores de la irritación colectiva. En pocos años hemos pasado de una azucarada prensa rosa a una popular charlatanería ácida, incontinente y cruel. Se preguntan muchos por el éxito de estos programas. El hecho es que la irritación social y la sociedad de la información avanzan por caminos paralelos. Incluso en los años de bonanza ha crecido el enfado de los segmentos menos afortunados. Están quejosos e incómodos todos los que sienten en el cogote el frío que arrastran los tremendos cambios sociales y económicos de nuestro tiempo: los agricultores emparedados entre Bruselas y el Magreb, la clase obrera prejubilada de los barrios periféricos, los matrimonios treintañeros con su par de hijos y la dura hipoteca del adosado, los universitarios precarizados, los jóvenes de los barrios sin más cultura que el fútbol y sin más compañía que la ofrecida por las casas cerveceras. A lo largo de estos años de euforia, mientras una cierta España crecía, se modernizaba y se amaneraba con el europeísmo, la gastronomía y la Bolsa, el resto de la sociedad ha ido desarrollando una ideología del resentimiento: con el trazo muy grueso y una estética cutre y vociferante. Esta ideología, jaleada y promovida por el periodismo de jauría, ha crecido con la inestimable ayuda de la insensibilidad tecnocrática de gobiernos e instituciones, los cuales, por lo demás, han abandonado la cultura popular a la suerte del mercado. El éxito de la maledicencia rosa responde a un clima social que los políticos de izquierda todavía no han descubierto, pero que el mercado ha sabido oler con gran celeridad. Puesto que no es posible la felicidad, se ofrece al menos la posibilidad de chinchar a los que parecen poseerla. En la gran plaza pública de la televisión, se celebran diarias sesiones de guillotina virtual. Una vez más, la basura convertida en oro. Perdidas todas las esperanzas de cambio social, jubiladas las utopías, deshinchados los grandes consuelos religiosos, éticos y políticos, hay que tragarse el paisaje que queda: sobre la anónima agrupación de gentes sin perfil, brillan los astros del éxito, la fortuna y la fama. Los anónimos ocupan gregariamente los grandes espacios comerciales, vociferan en los estadios o pasan largas horas contemplando, ora anhelantes, ora asqueados, el brillante destello de los astros, sucedáneos de los dioses antiguos. Triunfan, pero provocan dentera. Cuanto más intenso es su fulgor, más arbitrario e injusto parece. Los pobres de antaño quemaban iglesias, guillotinaban a los reyes, vociferaban en el circo de los leones. Ahora desean fervientemente que rueden en el plató algunas cabezas. Triunfar, ganar la apuesta, es la única verdad de nuestro tiempo. Y sobre el resentimiento que producen los que ganan, sobre la arbitrariedad y la nimiedad de los que triunfan, se reencarnan los ecos de Robespierre. Ésta es la función de la sangre virtual que gotea por las suntuosas sandalias que calza Ana Rosa Quintana: aliviar, en los tiempos del éxito, la cólera que fermenta al otro lado del televisor.

Antoni Puigverd es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de octubre de 2000