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Tribuna:

Rabia contra soberbia

Los violentos acontecimientos que están padeciendo estos días los territorios palestinos ponen de manifiesto de manera sobrecogedora que el statu quo de la ocupación israelí es inmantenible e intolerable. No caigamos en la trampa de pensar que se trata de un episodio más de enfrentamiento entre palestinos e israelíes consecuencia de la expresión incontrolada de elementos radicales de uno y otro bando. En absoluto es un problema de extremistas. Ésa es la pantalla en la que se trata de esconder una realidad mucho más vergonzosa e injusta.Por parte palestina, es la expresión de todo un pueblo ante la provocación humillante de su verdugo (Sharon orquestó la matanza de 2.750 palestinos civiles en Líbano en 1982, cuyo muy reciente aniversario ha pasado totalmente inadvertido mostrando cómo la memoria histórica de los unos ha encontrado bastante menos solidaridad internacional que la de los otros) y ante la pasividad culpable, una vez más, tanto del Gobierno israelí como de sus aliados exteriores ante lo que todos sabían que iba a ser un acto de infamia a un pueblo demasiado dolorido. Tampoco se trata de extremistas israelíes, pues el Likud, que lidera Ariel Sharon, es uno de los dos grandes partidos tradicionales israelíes (y, además, Ehud Barak no sólo no ha condenado su actuación, sino que la ha considerado "normal"), y la brutal e injustificable represión contra ese pueblo palestino injuriado y prácticamente desarmado (la prueba es que ya son 60 los palestinos muertos y 2 los israelíes) está siendo dirigida por el Ejército.

Tampoco se trata de un enfrentamiento entre dos ejércitos, ni siquiera entre un ejército y una guerrilla armada, sino el ataque de un poderosísimo ejército contra una población civil apoyada por algunos policías palestinos. Como tampoco ha habido una apertura de hostilidades entre ambas partes, sino una actuación represivo-militar israelí desmesurada (con varios muertos ya el primer día en la Explanada de las Mezquitas) contra unos palestinos que se manifestaban (si bien incorrectamente porque recurrieron al lanzamiento de piedras) en contra de la provocación de Sharon en un momento de tensión extrema entre las partes por el bloqueo de las conversaciones de paz.

Por ello, el rimbombante y nada inocente término de "cese el fuego" no tiene más sentido que el de buscar equiparar la violencia y las responsabilidades entre ambas partes y, por tanto, "blanquear" la de la parte principal, que es la que tiene al Ejército (con tanques, helicópteros y balas dum dum) en las calles palestinas, donde sus habitantes cuentan básicamente con piedras. El mismo espurio objetivo ha tenido la presentación en algunos medios de comunicación, y desde luego en los americanos, del inolvidable asesinato de ese hijo palestino abrazado a su padre como consecuencia de un "fuego cruzado palestino-israelí", que no es sino una ofensa a la verdad destinada a aminorar, e incluso compartir, la pesada culpabilidad de unos soldados israelíes que eran a los que ese padre suplicó que no disparasen.

Pero estos acontecimientos, además de poner en evidencia a un pueblo palestino al que sólo le queda la rabia como expresión última ante la inacción internacional y el continuo pillaje de una tierra cada día más escasa, han hecho aflorar también otros importantes aspectos del conflicto como la dificultad de Israel a asumir la paz y su propia realidad interna.

La paz se firmó para que los palestinos aceptasen la existencia de Israel y para que los israelíes pusiesen fin a la ocupación militar y aceptasen que también los palestinos existen y tienen su respectivo derecho a un Estado digno y a una capital en Jerusalén (dado que hay una parte de la ciudad de población palestina que fue anexionada unilateralmente y en contra de la legalidad internacional por Israel; y dado que al igual que existe una explanada donde se encuentra el Muro de las Lamentaciones, cuya soberanía judía nadie pone en cuestión, existe también otra explanada donde se encuentran las mezquitas de la Roca y el Aqsa, que existen desde hace más de un milenio bajo soberanía musulmana, a pesar de que anteriormente existiese el Templo de Salomón, destruido hace unos dos mil años).

Por otro lado, es muy significativo que las manifestaciones se hayan extendido al propio Israel en el seno de la llamada comunidad árabe-israelí (formada básicamente por palestinos cuya denominación general de árabes evitó una identidad palestina declarada maldita e inexistente durante mucho tiempo en Israel). Palestinos éstos que lograron permanecer en su tierra cuando el Estado de Israel se creó y que en consecuencia obtuvieron la nacionalidad israelí (con discriminaciones como su prohibición a integrarse en defensa y Ejército y su marginación educativa y sociolaboral) y que en la actualidad son más de un millón de personas que cuentan con escaños en el Parlamento israelí. Por primera vez, las movilizaciones han alcanzado también a esta comunidad israelí, la cual ha recibido la misma respuesta represiva.

Este hecho y las dificultades para interiorizar lo que significa la paz vienen a poner de manifiesto las enormes fracturas internas que existen hoy día en Israel, que la realidad palestino-israelí está mucho más mezclada e intercomunicada de lo que muchos están dispuestos a reconocer y que Israel debe empezar a mirarse hacia dentro y resolver sus problemas de cohesión social y ciudadana, que es la verdadera amenaza que le acecha.

Restaurar las mínimas condiciones de confianza entre palestinos e israelíes es la condición sine qua non para que el proceso de paz pueda recuperarse, y para ello es necesaria una valiente y justa asunción de la responsabilidad. El reconocimiento moral y simbólico por parte de Israel de la tragedia palestina es una de las asignaturas pendientes de esa paz por construir, comenzar por abrir una investigación que depure responsabilidades y causas de la violencia desatada estos días, lejos de humillar a Israel (todos conocemos su superioridad militar, política y económica), le honraría, y para los palestinos sería el desagravio necesario para hacerles recuperar la fe en el proceso de paz e incluso para reconciliarles con un mundo del que se sienten con demasiada frecuencia y desde hace mucho tiempo marginados e incluso excluidos. Es contra este universo mental de sentimientos perversos contra el que el proceso de paz debe también trabajar.

Gema Martín Muñoz es profesora de Sociología del Mundo Árabe e Islámico de la Universidad Autónoma de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de octubre de 2000