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Sydney 2000 LA OTRA MIRADA - ALONSO CAPARRÓS

La tecnología manda

¿Puede el ser humano correr más rápido, saltar más alto o ser más preciso en sus movimientos? O, mejor dicho, ¿cuentan hombres y mujeres con un techo infranqueable en sus posibilidades físicas? Los expertos aseguran que así es. Sin embargo, macroeventos, espectáculos deportivos de dimensión planetaria, como los Juegos Olímpicos de Sydney, se empeñan, por fortuna, en demostrar una y otra vez que ese techo no acaba nunca de llegar.El afán de superación de los atletas, unido a su tenaz entrenamiento, hacen posible que continuamente los récords que antes parecían inalcanzables queden anclados ahora en las amarillentas páginas de los anales de la historia del deporte. Sin embargo, y con todo, el ser humano sigue siendo limitado en sus capacidades y a nadie se le escapa que la famosa Espada del mejor ciclista español de todos los tiempos, Miguel Indurain, tuvo que ver en la facilidad de pedaleo que maravilló a todo el mundo o que las famosas, ligerísimas y doradas zapatillas de Maurice Greene han colaborado para que el oro en los 100 metros lisos se apoye ahora en su esternón. La tecnología manda en nuestra sociedad. En el deporte, también.

La preparación física de los deportistas depende ya en buena medida de un ordenador. En Sydney, sin ir más lejos, se han dado a conocer al gran público los denominados trajes hidroaerodinámicos de los nadadores, que llegan a imitar la piel de los propios tiburones, o esas maravillosas bollas de las corcheras que dividen la piscina olímpica en ocho calles. Éstas, gracias a la mágica composición química, cierran el paso a las molestas olas y dan alas a los nadadores. Ambos ingenios tecnológicos han aportado su grano de arena para que se batan una decena de récords en esta disciplina. Y no son los únicos. Los ya famosos monos con capucha de los velocistas, que les alivian del freno del aire, les hacen correr entre vaselina por la pista. La jabalina, las raquetas de tenis, la pértiga, las botas y las camisetas de los futbolistas o los propios estadios, por citar otros ejemplos, han sufrido también con el paso del tiempo fuertes transformaciones que han hecho a hombres y mujeres potenciar sus capacidades naturales. Sin olvidar otras ayudas en forma de sustancias químicas, en muchos casos prohibidas.

¿Hasta qué punto estos récords, aupados por el ingenio humano, desvirtúan el espíritu olímpico o deportivo? ¿Es lícito que la tecnología aplicada al deporte coopere con el hombre para superarse a sí mismo? ¿Se está convirtiendo el deporte en un espectáculo, perdiendo sus raíces? ¿Cuál es el límite? El debate está servido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de octubre de 2000